Tenía muy mal carácter, siempre contestaba mal y los monosílabos eran su mejor respuesta.  Desde que sucedió lo indescriptible nunca volvió a ser él mismo. Nadie supo leer entre líneas las causas de su estado de ánimo. Aceptó la soledad amarga como la mejor defensa de su integridad.

Quiso olvidar quién era, aunque no lo consiguió, y comenzó a avanzar por el camino que se trazó con la única ilusión de llegar rápidamente al final. Los pequeños atisbos de luminosidad que iba encontrando los combatía cerrando los ojos con intensidad. Decidió mantener sus pupilas dilatadas e inertes para siempre.

Habían pasado nueve años desde que sucedió lo indescriptible, y con una memoria envidiable repasaba mentalmente todas las imágenes con la nitidez del momento. Era su única y triste riqueza y no la quería olvidar. No había palabras, solo aromas, destellos y niebla. Una niebla seca que se impregnaba en los poros de la piel al mismo tiempo que se iba desvaneciendo la maravillosa música que siempre le había acompañado. Los dedos enérgicos que construían acordes vigorosos que nacían in crescendo, ahora eran apéndices blandos y viscosos que se deformaban al entrar en contacto con cualquier materia.

A veces al soñar con su vida anterior, se dejaba llevar por los recuerdos felices y se sorprendía con el esbozo de algo parecido a una sonrisa que se frenaba en seco. El dolor por la inactividad en las comisuras de sus labios le recordaba la cruda realidad. Desde que sucedió lo indescriptible su rictus es inamovible. Ni siquiera se estremece con la música que tantas alegrías le dio. No busca nada, se mantiene recto e inexpresivo, sus movimientos rutinarios hacen de su vida un mecanismo autómata que nadie comprende.

Seco y acartonado camina por la vida sin reconocerla. Vive en una nube en la que no se distingue el frío del calor, no existen los colores. Sus sentidos quedaron en aquel lugar, y nunca quiso ir a recuperarlos, prefirió dejarlos al lado de lo que más quería. A consecuencia de su letargo, pocas veces piensa que desde que sucedió lo indescriptible es culpable de su destino, y cuando lo hace no se perdona haber arrastrado con él a todos sus seres queridos.

Aunque no se le nota, espera con ansiedad el reencuentro en el más allá.

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