“¿Vivimos realmente en la tierra?

No para siempre en la tierra, sólo por poco tiempo aquí… Simplemente soñando.

Todo es un sueño.

¿Hay algo estable y que dure?

¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos?

¿En el más allá encontraremos Muerte o Vida?

¿Hay algo que permanezca?

En la tierra sólo

La dulce canción, la hermosa flor.”

Las culturas mesoamericanas, al igual que las clásicas europeas, recogían canciones destinadas a rememorar mitos, exaltaciones del ardor guerrero de los jóvenes, el sentimiento de reverencia hacia su propio pueblo y reflexiones sobre el acontecer de los días.

Así se refleja en este breve canto mexica para indicarnos el vaivén de la permanencia en este planeta y su posible continuidad.

Este deambular era el propio y contenía un origen mítico vinculado al Dios de la guerra, Huitzilopochtli, que se disfrazaba de colibrí cuando precisaba dar consejos. Uno de ellos era que migraran hacia el Sur y  moraran en el lugar señalado por un águila posada sobre un nopal y devorando a una serpiente. Cumplieron el mandato divino y fundaron la ciudad de Tenochtitlán y sus habitantes se llamaron tenochcas. Construyeron un gran templo a su dios y le sacrificaban víctimas humanas. El dios les otorgó muchas victorias sobre todos los pueblos colindantes a  los que sometieron. Reconociendo los dones de dios no cesaron en ofrecerles más víctimas. Y así sucedió y creció su grandeza hasta el reinado de Motecuhzoma; pero llegó, por donde sale el sol, Oriente, otro dios también belicoso de la mano de Hernán Cortés. Ambas divinidades enfrentaron sus magias. Ganó el dios Oriental y se adueñó de las riquezas, tierras y gentes mexicas, a la vez que estableció su ley, su religión y su orden. El nuevo espacio, pasados los siglos, se denominará México.

Y sobre  este territorio continuará la memoria, conformada secular y colectivamente, bien grabada como castigo por la desobediencia a uno de los dioses, bien como premio por el acato al otro hasta alcanzar la  presencia que ahora se dispone.

La historia, biografía colectiva, es implacable e irreversible. Sucede en un continuo presente que pronto e, inapelablemente, se convierte en pasado. Ya no se puede evitar y sí comprender, para elegir sobre los retos u opciones futuras.

En 2019 se cumplen quinientos años de la llegada de un conquistador español, Hernán Cortés, a la tierra firme de un continente, a un espacio frondoso y, culturalmente, rico de culturas mesoamericanas. Funda, pues es voluntad la de quedarse, la ciudad de     Villa Rica, la actual Veracruz, establece contactos con los diversos pueblos que atisba, sometidos duramente por el pueblo mexica-azteca. Y la casaca de guerrero ambicioso y temerario lleva los mandatos de dominio dados por sus dos grandes jefes: el terrenal, el emperador Carlos I y el celestial, otorgado por bula papal.

Conquistar tierras para su rey y  personas para su dios más el logro de riquezas y honores personales eran los objetivos interiorizados y diluidos entre escasos escrúpulos y siempre que se ordenaran en pro de los fines asumidos.

El encuentro sucedido en 1519, realmente, fue un desencuentro. El descubrimiento, se itera, un encubrimiento. No sólo un dios dominó sobre otro, sino que, como en toda conquista, una cultura domina, encubre y destierra la otra. Toda acción de conquista es de dominio de un pueblo sobre otro. El dominante impone principios y no duda en beneficiarse hasta la instigación y el aniquilamiento si preciso fuera. Así han ejecutado la conquista los pueblos aunando poderes humanos que se refuerzan con los divinos propios; de este modo lo desarrollaron los aztecas sobre los pueblos colindantes hasta lograr un profundo odio por lo que no dudaron en ponerse a disposición de los nuevos invasores.

Hernán Cortés nos llega al siglo XXI como un personaje cargado de leyendas y enigmas. Aventurero y ambicioso, inmoral y lascivo, traidor y taimado, demagogo y desobediente, corporalmente bien formado o muy defectuoso….servicial conquistador y valiente, perspicaz y estratega, gran cristiano y leal servidor de su rey, etc… Sobre los grandes personajes la leyenda cae en “blanca” o en “negra”, más también ésta se vuelve inapelable e irreversible. Queda la memoria, pero es frágil. Queda la investigación histórica que debiera empeñarse en situar y ofrecer lo más exactamente posible el pasado. Y queda la reflexión.

La reflexión ante cualquier efeméride debe ser de aprendizaje y dando entrada a las fuerzas emotivas e intelectuales del ser humano. Sí, también las emotivas, pues si al decir de los textos veterotamentarios la memoria se halla en el corazón, han de afluir las razones cordiales; no en vano, los verbos recordar y acordar llevan la sílaba o término latino cor, que significa corazón, más también las fuerzas racionales, las razones devenidas del ego cogito o cartesianas -de Descartes- y que permitan el destierro definitivo del ego conquiror o de las razones “cortesianas” -de Cortés.

Si las razones compasivas y cordiales más las racionales se anudan es posible desterrar a las dominadoras  causantes de tantos daños a la humanidad. Daños que se incrementan cuando interfieren las razones divinas y en afán de dominio aniquilador ya que los ídolos siempre necesitan a sus víctimas, sin ellas no pueden vivir;  y de sus víctimas necesitan lo mejor, su sangre, es decir, la libertad. Cuantiosos serían los ejemplos a recuperar y exponer. Cuantiosas son las manifestaciones que se reiteran actualmente. La historia es implacable y el ángel exterminador de la historia acude presto cada vez que le es permitido siembra sal sobre los campos inestables del género humano.

Sean las efemérides un motivo para invocar unas razones y desterrar a otras. Sea y sirva para izar la hojarasca de la perversión, de los malos entendidos y buscar el diálogo, pues no somos responsables de lo sucedido hace quinientos años. Y todos, si bien unos más que otros, sea por acción o por inhibición, lo somos de lo que ocurra hoy y en cualquier lugar de este pequeño Planeta que, tontamente, gira. Debemos transformar el encubrimiento, pues, en encuentro en diálogo iluminador, ya que, aunque no sepamos a dónde vamos,  debemos seguir navegando, pero que sea con bitácora transparente y humanizada.  Pues, “¿En el más allá encontraremos Muerte o Vida?/ ¿Algo que permanezca?/ En la tierra solo/ la dulce canción, la hermosa  flor”.

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