No nos es ajena la relación de Delibes con la NATURALEZA; pero no está de más recordar una de las facetas más apasionantes del escritor.

Hoy, 12 de marzo, se cumplen diez años de la muerte del autor de Los santos inocentes, un escritor de campo que intuyó muchos de los problemas que ya nos acosan.

Si hace unas semanas estábamos en disposición de afirmar que el 2020 sería el año de Galdós; ahora estamos en la misma disposición de afirmarlo respecto a otro autor fundamental de la literatura española, Miguel Delibes, autor de obras tan destacadas como El camino, Las ratas, Cinco horas con Mario o El hereje.

El escritor vallisoletano nació el 17 de octubre de 1920 y murió el 12 de marzo de 2010; con lo cual coinciden dos aniversarios claves para la vida de cualquiera. Si ese cualquiera es Miguel Delibes, miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1975 y conocido y reconocido en todo el mundo por su labor literaria y periodística, preocupado siempre por el mundo en que vivió, consciente de hacia dónde íbamos, para nuestra memoria cobra doble importancia.

No le fue fácil a Delibes despojarse de la aureola que quisieron dibujarle de escritor de campo, quizá porque nunca quiso borrar dicha aureola sino reforzarla y expresarse a través de ella. Tampoco le hizo falta acudir a la ciencia ficción para predecir muchos de los problemas que tendríamos en nuestra relación con la naturaleza: el cambio climático, la desertización del campo, la aglomeración en las ciudades con su repercusión en la capa de ozono, la España deshabitada…

De su relación con la naturaleza tenemos constancia y no sólo por sus libros donde siempre está presente: una relación que podría tildarse de amor y, como tal, apasionada en muchas ocasiones; tanto como su defensa. Delibes vivía en la naturaleza, aunque tuviera que soportar los desaires de la ciudad; inculcó ese amor y respeto a sus hijos, hasta el punto de que entre ellos hay biólogos y antropólogos y desde la Fundación que lleva su nombre y donde están varios de ellos se cuida especialmente este tema.

Es fácil de entender en un escritor que ve en el campo la libertad y siente en la tierra la esencia de lo que se es: la verdad de la mirada que no se esconde. La verdad en las ciudades está enterrada entre adoquines, ruidosos silenciadores de coches, progreso a una escala inhumana, polución. El campo es siempre virgen porque su virginidad se renueva en cada estación, cada año, en cada batalla contra las inclemencias del tiempo y la bondad o racanería de la cosecha: la supervivencia, tamizada también por el progreso, que llega a todas partes.

Porque la verdad de lo que se es no se queda en la superficie de lo que se ve: en los pueblos deshabitados, los cambios del clima, la deshumanización del trabajo, la transformación en la fisonomía del paisaje. La verdad, la esencia, aquello que te arrebata y tira de ti, por más lejos que te encuentres, está también debajo de la tierra, en el germen de cualquier crecimiento. Un todavía buen amigo siempre me decía: “Cuanto más fuertes y profundas sean la raíces, más crece y más lejos llega el árbol”. Cuando lo decía, yo pensaba en lo fuertes y profundas que debían de ser las raíces de los loureiros para que llegasen tan alto y casi tocasen el cielo, aunque muchas veces es el propio cielo el que baja a saludarlos; en una tierra, Galicia, distanciada de los campos de Castilla, pero, igualmente, referencia inexcusable y de fuerte raigambre. Ambos nacimos en un pueblo –él en uno campesino de Castilla; yo en uno minero de la montaña de León, tanto da, los paisajes son extrañamente parecidos−, ambos crecimos con la naturaleza enredada en nuestras piernas, los charcos de lluvia y nieve y el vaho de la helada y ambos entendimos a Delibes.

A Delibes le gustaban la caza y la pesca y eso no le apartaba de la esencia que perseguía en la naturaleza. Ahora que todo se cuestiona y se debate y que, incluso, se ha puesto la punta de lanza en la caza; quizá el propio Delibes sería cuestionado por su afición. Me permito decir que se erraría de pleno. La caza y la pesca, con matices, son una parte de esa pasión por la Naturaleza y su gestión depende de la propia naturaleza de las personas que se dedican a ella. No soy cazador ni pescador, pero crecí entre ellos y no he visto mayor respeto por los animales y la naturaleza que la de los auténticos cazadores y pescadores. Además, la naturaleza necesita también de un equilibrio cinegético, y eso lo sabía muy bien el escritor.

Quiero terminar con algo que el propio Delibes reconoció en su momento y que puede ilustrar lo dicho. Delibes reconoció que había abandonado la caza mayor por la forma en que le miraban los ojos de los animales que presentían la muerte. Mi amiga Esneda me confirmó que era verdad: no se puede matar a quien te mira así.

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