Los recuentos de monte y río –de vida− conforman un discurso sostenido durante años que Delibes nunca juzgó menor.

El hombres es el pescador que escribe, y nos deja sus impresiones de un territorio venturoso pero sobre el que ya se anuncian las primeras sombras.

No es mucho atrevimiento decir que hay media docena de libros de Delibes que le han importado menos a la crítica literaria que a un determinado grupo social de lectores que ven en esas páginas una prolongación de sus pasiones deportivas más vitales: la caza y la pesca. De entre este grupo de títulos me atrevo a calcular que Mis amigas las truchas, siquiera porque en España ha habido históricamente mayor número de cazadores que de pescadores, se alza con el pírrico mérito de ser el libro de Miguel Delibes más intensamente leído por un menor número de personas.

Pero lo cierto es que estos recuentos de monte y río –por no decir de vida–, conforman un discurso sostenido durante años que él nunca juzgó menor, ni en el compromiso con la literatura que se escoge libremente, ni en la deuda con la tierra que le inspiraba esa doble afición por cazar y pescar. De manera que los diarios de campo de Delibes, aparte de ofrecer un raro testimonio de sensibilidad medioambiental en nuestras letras, constituyen acaso la fuente más sincera para inferir los fundamentos éticos de sus fábulas. Y ya saben cómo resumía él la ciencia de novelar: «un hombre, un paisaje, una pasión». Si el fondo fue siempre un desvelo relevante en la obra del novelista, la forma no fue nunca una elección banal. En la medida en que las memorias de Delibes caña en mano junto al río, o sobre el horizonte de Castilla con la escopeta al hombro se nos exponen a modo de diario, podemos ver en ellas un empeño de sinceridad y una deliberada confidencia de aspectos esenciales en la personalidad de su autor.

Las páginas de caza y pesca escritas por Delibes son buena muestra de su vínculo constante con el mundo rural y de su compromiso cotidiano con una realidad que decidió en muy alta medida su formación como hombre y como novelista. «Soy un cazador que escribe» –y no al revés–, solía disculparse. Debemos entender, pues, que la deuda con esa pasión es tal que contamina su escritura. Y aún dejó dicho, con una generosidad a la que cabe atribuirle más gratitud que modestia impostada, que había aprendido lengua española conversando con la gente que encontraba en sus excursiones con la caña y la escopeta. Es decir, que sin salir de pesca o sin haber cazado como lo hizo, la obra de Delibes no sería la misma ni siquiera formalmente. «Los hombres de mi pasta –y termino estas alegaciones sobre la necesidad de leer consecuentemente sus diarios campestres con una cita de Mis amigas las truchas–, necesitamos refugiarnos en el monte o en el río al menos una vez por semana para conservar eso que llaman equilibrio vital».

El «block de notas de un pescador de ribera», que es el subtítulo orientador del diario que Delibes dedicó a referir sus salidas al río entre los años 1972 y 1976, ofrece mucho más de lo que evoca su amistoso título con los peces. El paso de los años le ha conferido hasta un valor etnográfico a estas páginas, una deriva involuntaria pero quizá común a toda la obra de Delibes, al menos a todos sus escritos comprometidos con una determinada forma de estar en el mundo. El progreso, una palabra a la que el novelista dedicó muchos párrafos llenos de sabia reserva, ha convertido en materia meramente pintoresca, por no decir digna de interpretación museística, la España rural que reflejan las anotaciones campestres del escritor. Las riberas leonesas, palentinas y del norte de Burgos viven hoy horas menos felices que las recordadas por Delibes a la vuelta de cada excursión tras las truchas. Pero si el paisaje del río y sus aledaños –no digamos ya su prodigalidad en peces– se ha resentido en las décadas que nos separan de la escritura del diario, la pasión y el hombre que se perciben en estas notas siguen intactos.

El hombre, naturalmente, es el pescador que escribe y nos deja sus impresiones de un territorio venturoso pero sobre el que ya se anuncian las primeras sombras graves: la transformación del mundo natural en un terreno cada vez más domesticado, un país donde los parajes difíciles de alcanzar van haciéndose escasos, donde la condición salvaje de las truchas irá cediendo ante la demanda de peces repoblados para todos, y, sobre todo, la constatación de que un orden antiguo se acaba y con él ciertos hábitos: desde la sencillez del trato con los ribereños hasta la integridad de los pueblos serranos, libres todavía de la erosiva homogeneización del turismo que vendría después. Todas estas inquietudes se perciben en el diario y son un signo que amenaza el consuelo de hallar ese equilibrio vital reclamado por el escritor en sus salidas semanales. No hay impostura ni fabulación en estos temores; hay recuento de truchas y lances, de aparejos y técnicas, de jornadas memorables y de días sin huella, pero todo acaba siendo menos decisivo que las observaciones del pescador sobre su entorno. Y al amparo de esa mirada crítica se erige la pasión que completa la poética invocada por el novelista frente al papel.

En Mis amigas las truchas la pasión alcanza al respeto con que se cuenta la humanidad de un puñado de hombres reales convertidos por el arte del narrador en figuras que parecen míticas sobre el territorio que ocupan: Paulino el del Omaña, Patricio el guarda de Santa Marina, Pastorín el de Benavides, Samuel el de Garaño… Y junto a sus nombres, la declaración de sus gestos, sus afanes, su manera de expresarse. En ese compromiso por retratar fielmente a los hombres del río es cuando Delibes, de forma discreta y magistral, va cediendo la caña para alzarse con la pluma hasta ser lo que él, modestamente, negaba: un escritor que pesca –y no al revés–. Su cambio de enseres le permite cumplir con la pasión que alimenta el oficio del narrador, esa deuda que bien saldada logra que los hombres alcancen en nuestra memoria la condición de personajes legendarios. Para quienes somos sus lectores, la versión de Paulino el del Omaña recreada por Delibes un 14 de mayo de 1975, acaba prevaleciendo sobre el recuerdo real de aquel hombre que recibía a su mentor «un sí es no es destemplado e irónico» y que «con sus patillas de hacha y su bigote bien poblado» ejercía de guarda en el coto de El Castillo.

La devoción por el paisaje y los hombres que lo habitan deriva en otra actitud que tiene también su grado de apasionamiento en este diario. Mis amigas las truchas es un admirable recuento de palabras que reviven para dejar memoria de las pérdidas que ya se anuncian. Para Delibes la destrucción de la naturaleza conllevaba una amputación espiritual para el hombre. «La pérdida de la vinculación al paisaje implica también una pérdida de lenguaje», advirtió. Por eso sus diarios, como el resto de su prosa, procuran el rescate de un mundo amenazado. Y lo hacen como mejor corresponde a quien elige la escritura por oficio y por denuncia: dejando noticia de la lengua que necesita una redención para existir. El empeño es tanto formal como ético. De la lectura de Mis amigas las truchas saldrá mejor hablado el pescador, y cualquier lector sensible podrá percatarse de que un río es algo más que una sucesión de pozos y corrientes. La virtud verbal de Delibes nos saca de la ignorancia y les devuelve a las aguas que corren todos sus atributos. Así sabemos que los ríos ofrecen vaderas para ser salvados y se apresuran en rabiones, se adelgazan en raseras y se serenan en cadozos, se adormecen en tabladas, sueñan entre hileros, meditan en un restaño, se desbordan en ejarbes, se precipitan por escorrentías y se hacen música sobre el cascajar, a punto de separarse en esteros que acabarán resolviéndose en una chorrera tumultuosa donde el agua se vuelve espuma antes de entregarse mansamente en un tojo de la orilla.

«Decididamente para saber de esto hay que nacer junto al río», reconoce Delibes en una página de sus notas de ribera. «Esto» era pescar alguna trucha los días en que el río parecía remiso a ofrecer sus frutos a cualquiera que no fuese Paulino o Pastorín. Por suerte para nosotros, las truchas cuentan menos que las palabras en estas memorias escritas para honrar la amistad del novelista con los peces. Pero son un legado que resuena con tristeza creciente cada vez que uno vuelve a leerlas. Las palabras que Delibes supo preservar en las páginas de su diario de pesca son ahora testimonio de una inédita desolación que las hace más imprescindibles: la de los campos vacíos y las riberas mudas de hombres capaces de despertar novelas que son vidas en los oídos del pescador.

(Una primera versión de este texto se publicó en la sección Rinconete del CVC.)

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