El covid-19 le robó a Delibes la conmemoración del décimo aniversario de su muerte. Esperemos que nos deje celebrar el centenario de su nacimiento como se merece.

Este ilustrativo y sentido artículo de Fermín Herrero se suma a los que ya han salido en Epicuro sobre el escritor amante de la naturaleza y a los que se publicarán durante el mes próximo.

Nadie ha retratado y a mayores dignificado, además con un castellano tan neto, cernido, limpio de polvo y granzas, Castilla, lo castellano y a los castellanos como Miguel Delibes y, a mi juicio, en ningún libro de forma tan acabada y espléndida como en Viejas historias de Castilla la Vieja, su narración a la que más veces he vuelto, si descontamos El camino y Las ratas a las que regreso cada año, y siempre con aprovechamiento, por motivos laborales.

Cuando me tocó leer estas dos últimas como estudiante, allá por los albores de la democracia, era natural que me encandilasen, porque Delibes daba voz, relato dirían ahora los más puestos, a una civilización campesina en la que muchos nos habíamos criado y crecido. Cómo no identificarme con aquel rapaz al que apodaban el Mochuelo por su manera, como la del autor, de encanarse mirando el mundo, asombrado y asustadizo, atento, concienzudo e insaciable, si aún recuerdo, al cabo de más de cuarenta años, la noche anterior de mi marcha a Soria en La Exclusiva para seguir los estudios e intentar «ser algo en la vida». O a aquel otro Nini, si es como si se me representase el cetrino, enjuto, casi apergaminado, sillero que cada verano volvía con su bicicleta y se asentaba dos jornadas o así a la ribera del riachuelo del pueblo para pillar con sus cepos ratas de agua que se minchaba de inmediato a la brasa como si fueran un manjar suculento mientras lo espiaba entre admirado y aterrado corriente abajo, trasteando para coger a mano aquellos cangrejos que luego me comía como si tal cosa, sin saber que con el tiempo iba a añorar también su sabor, semejante al mejor caviar.

Que sigan interesándome y que cada curso descubra algún aspecto que me había pasado desapercibido, como corresponde a los clásicos, no deja de maravillarme. Bien es cierto que para quienes somos pueblerinos y tuvimos la fortuna y la dicha de gozar de una niñez al aire libre y a campo abierto, la obra de Delibes ambientada en el agro castellano es literalmente, en el sentido del manido dictum rilkeano, nuestra patria. No obstante, ya adolescente e interno en la capital, como le sucede al Isidoro, el del «anhelo exclusivamente contemplativo», en el libro que nos ocupa, «me avergonzaba ser de pueblo» y se me hacía una desgracia. No fue sino con Diario de un cazador, el primer libro suyo que compré por gusto, a través de la voz del conserje Lorenzo, que me estremeció hasta conmoverme, cuando me percaté de que allí estaba el castellano, que no español, oído de muchacho y olvidado hoy en día hasta por los propios agricultores y ganaderos, sometidos a un habla estándar paupérrima, mi otra, mi verdadera patria a la larga.

Ese regustillo embriagador, que permanece en mí cada vez que lo releo, se confirmó en plenitud con Viejas historias de Castilla la Vieja, como decía seguramente mi narración delibesiana preferida por su gracia y precisión únicas a la hora de plasmar el castellano de verdad, ya desaparecido y en vías de hacerlo por aquel entonces. Con doble mérito, pues Delibes era un urbanita, un sportman del cogollito de Valladolid, que en sus vacaciones y, sobre todo, en sus incontables partidas de caza, supo captar con un oído prodigioso la lengua que viene de Berceo, los Arciprestes, Jorge Manrique y los místicos, para ofrecérnosla intacta en su prosa, cuya cadencia siempre me emociona sobremanera.

En cierto modo adelantándose en el tiempo a la moda de los libros de relatos hilvanados por un nexo común, aquí espacial, con una técnica similar a la empleada en El camino, aunque sin el trasfondo de novela iniciática o de formación, Viejas historias de Castilla la Vieja, que Delibes catalogó siempre como novela corta, adopta la forma circular de narración enmarcada, lo que era allí la última noche de Daniel antes de tener que irse a la ciudad y la rememoración de su existencia aldeana hasta entonces es en este caso la emigración casi elidida, primero al País Vasco y luego se supone que a Panamá, y el regreso del mentado Isidoro. En las dos novelas la peripecia personal se utiliza como trasfondo narrativo para ensartar y engarzar, hasta cuajar una voz colectiva diseminada en cuarenta personajes, sucedidos, estampas y escenas de la vida en un pueblo castellano como cuentas de perlas que van revelando una realidad durísima, la del campo en la interminable posguerra, aún sin adelantos ni mecanización, sumido en una pobreza ancestral, invariable, como todo, a lo largo de los siglos: cuando el protagonista vuelve a casa al cabo de los años no sólo se encuentra en las mismas circunstancias, esperando el coche de línea que lo lleve a la capital, a Aniano el Cosario, sino que comprueba con estupor que mientras que el mundo se ha transformado de manera acelerada, allí el paso del tiempo sólo ha afectado a los hombres, porque el paisaje y las labores campesinas permanecen inmutables.

Entre medias, las viejas historias rememoradas, «poemas en prosa», según Francisco Umbral, reflejan, documentan, diríase que testimonian, y con qué precisión, la manera de ser castellana, desde lo más puro en la semántica y articulación de su lenguaje, y el carácter de sus gentes, pues creo que la visión general delibesiana de Castilla, desnoventayochizada, muchos años después expuesta en el ensayo de encargo Castilla, lo castellano y los castellanos, especie de autoantología comentada, «caprichosa y desordenada» y al tiempo absolutamente visionaria ya que, aparte de describir a la perfección la Castilla de su época, anuncia por completo la actual, se conforma ya en este libro.

Así el sentimiento de la naturaleza unamuniano volcado en un paisaje de paramera rasa y sin defensas que suele encabezar cada capítulo, como de Tierra de Campos, fotografiado por Masats para la segunda edición; en la primera, bajo el título de Castilla, lo que apunta a la esencialidad última que representa, iba acompañada de grabados de Jaume Pla. O, en cuanto al paisanaje, el individualismo, la filosofía labriega de la desgracia por su apego al terruño y su dependencia del cielo y los azarosos avatares meteorológicos, la laboriosidad, su recelo y desconfianza no exentos de señorío y hospitalidad, la austeridad, el fatalismo, que rescató y perfiló como nadie con ese estilo quebrado, de cuchillada, al decir de su compañero de fatigas en El Norte de Castilla José Jiménez Lozano.

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