Rómpete corazón. Cristina López Barrio.
Planeta. Precio: 20,90 €.

¿Por qué ya no nos sorprende Cristina López Barrio?

Rómpete corazón es mucho más que un ejercicio literario de precisión.

Cristina López Barrio quedó finalista del premio Planeta en 2017 con Niebla en Tánger, novela de la que hablé en su momento con la suficiente efusividad como para abrir esta última con controlada incertidumbre. No era la del Planeta la primera incursión narrativa de la autora madrileña, pero a mi parecer venía  a corroborar que profundidad y sencillez no tienen por qué ser contrapuestas (como otros autores ya han demostrado) y que el estilo asequible y directo a veces esconde cargas de profundidad sólo detectables cuando ya han derribado nuestras defensas.

Se suele decir que la infancia es el paraíso, al cual se acude en cualquier tiempo cuando las zozobras se abren paso y siembran la vida de maleza. Pero todo paraíso tiene muy cerca al infierno y a los guardianes de éste y, a veces, en lugar del paraíso como refugio, lo que viene a rescatarnos es el infierno o, lo que es peor, el horrible guardián del infierno, a veces disfrazado con la máscara de la cercanía y la pasión, a veces disimulado entre las sombras de la memoria y la memoria, siempre guarda algún secreto que hay que desvelar para iniciar la búsqueda o la huida que acompaña a cualquier argumento que se precie de ser contado. La materia narrativa está compuesta de luces y de sombras, por más que el estilo y la intención sean de una claridad meridiana.

En el caso de la protagonista de esta historia que se bifurca en muchas historias que buscan la esencia de ese laberinto grabado con sangre al pie del mismo infierno, son varios los secretos y múltiples los acertijos que los propios personajes, con su voz, van revelando a través de saltos en el tiempo, hacía atrás y hacia delante, alrededor de sucesos terribles que, poco a poco, empiezan a iluminar el pasado con las tinieblas del presente.

La infancia, decía, es el paraíso acosado por la presencia del infierno; el maltrato y la humillación convierte a las princesas en criaturas desgraciadas, la memoria es implacable con las víctimas de acoso, sobre todo si viene de parte del progenitor, del rey del castillo convertido en guardián del infierno. El crimen se convierte en una posibilidad cuando los mecanismos de la imaginación han perdido fuelle, la realidad es demasiado viscosa como para no hundirse en ella si se la quiere atravesar. La existencia es un túnel largo y oscuro, siniestro y, por lo tanto, apto para la aventura y la pasión y para el desengaño y para la inhumación de emociones extremas y para la muerte. La sangre del mal no deja de brotar nunca. El guardián del infierno se renueva en cada capítulo, en cada narración de cada personaje, en cada bifurcación del tiempo, en cada galería del túnel que conduce a la vieja mina de los amores y los desengaños.

En un momento de la novela, uno de los personajes, creo que Ricardo, segundo esposo de Blanca, la princesa guardiana de la leyenda blanca, dice: “Sin ti yo sólo sería una máscara”. Ilustrativa reflexión que podría extenderse al resto de los personajes: sin la guardiana de la leyenda blanca, el torreón del castillo devorado por el fuego de la pasión y la ignominia, sin su valor a expensas de las contradicciones, todos serían máscaras. Máscaras tratando de que la persistencia de una maldición imaginaria, pero consecuente con una realidad que se cuece en los actos efectivos, en los hechos donde el mal actúa a su capricho, acabe con la posibilidad de redención durante un regreso, aunque esporádico, a la infancia, el paraíso de donde surgen las leyendas: las blancas y las crueles, negras como tizones del infierno.

Acabo, asegurando que esta novela tiene todos los ingredientes para hacernos muy agradable su lectura; así como para descubrir secretos ocultos que quizá, pensándolo bien o no pensándolo en absoluto, nos atañen a todos. No os dejéis engañar por la sencillez. Se debe a 1que a Cristina López Barrio no le gusta ser pesada. Y muy bien que hace.

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