La última copa. Daniel Schreiber.  Libros del Asteroide. Precio: 17,95 €.
La última copa. Daniel Schreiber.
Libros del Asteroide. Precio: 17,95 €.

Daniel Schreiber parte de su experiencia personal con la bebida., en la que luego se centra por completo. Cuenta su caso, como Lázaro de Tormes.

El escritor alemán se autopsicoanaliza, bucea, casi urga hoza en sus extravíos destructivos, cuando entró en la “resbaladiza espiral de la dependencia”.

Extraño y harto curioso esta especie de ensayo de Daniel Schreiber, periodista alemán que tuvo cierta repercusión mediática hace años por su biografía de Susan Sontag: Intelectualidad y glamour. Igual puede recomendarse para hacer más llevaderas sesiones de terapia de Alcohólicos Anónimos, organización que encomia una y otra vez, o servir de alivio en introspecciones psicoanalíticas, que como revulsivo para un congreso sobre los atracones verbales cortados en verso de Charles Bukowski, versión Chinaski. Diríase que La última copa está a medio camino entre la confesión de plano, concienzuda, a tumba abierta, con algo de expiación, y el testimonio didáctico, con mucho de aviso para navegantes. Aparte de que bien puede usarse como guía para quienes quieren en su fuero interno abandonar la bebida y no se atreven a dar el paso.

De buenas a primeras, para enredar aún más de entrada las expectativas del lector, Schreiber se declara aficionado al prive desde muy joven, cuando vivía, en su gozosa veintena, en Park Slope, «un pintoresco barrio residencial de Brooklyn», y no sabemos si va a rebozar su estudio de auto-ficción, o bien la revelación inicial va a ser sólo un trampolín para el análisis del asunto: «Siempre es más fácil recordar una historia de amor que su final. Todavía me acuerdo con total exactitud de lo que sentía en la época en que el alcohol formaba parte esencial de mi vida».

Sabemos, por tanto, que partimos de su experiencia personal, en la que luego se centra por completo. Va a contar su caso, digamos, como Lázaro de Tormes. No elude, por el camino, describir el placer que, desde los ritos iniciáticos, proporciona la bebida, ni cómo alimenta las fantasías del ego, esa sensación de equilibrio y relajación, el «velo de olvido», incluso como amortiguador de las desavenencias sentimentales o de los problemas de convivencia en pareja. Al principio, hasta que el consumo excesivo te aboca a la alternativa de «seguir bebiendo y matarse o dejar de beber y sobrevivir». Luego, las distintas fases que atraviesa el bebedor: la alternancia de momentos eufóricos con bajonazos rastreros, resacosos, cada vez más frecuentes.

Schreiber se autopsicoanaliza, bucea, casi hurga, hoza en sus extravíos destructivos, cuando entró en la «resbaladiza espiral de la dependencia» hasta llegar a la adicción, en expresión suya, cuando abdicó del yo y estuvo muerto por dentro, y lo hace desde el malestar de quien se ha salvado sin sufrir consecuencias o secuelas irreversibles. Reflexiona sobre las maneras de vencer el autoengaño y la vergüenza propia hasta sincerarse consigo mismo como paso primero e imprescindible. Advierte sobre los remordimientos, las recaídas, los cambios bruscos de estados de ánimo, sobre todo en medio del síndrome de abstinencia, y considera que no pueden superarse sin ayuda externa, de grupos de apoyo. Y para consolidar la sobriedad y el recuerdo constante de que «la vida es un regalo» que no conviene desperdiciar, receta un cóctel de yoga, meditación jogging, psicoanálisis y Alcohólicos Anónimos.

De paso, examina las diversas variables sociológicas y las teorías médicas y psiquiátricas en torno al alcoholismo, extrapolable, con algunas salvedades, como el estigma comunitario, al tabaquismo, desde la influencia del genotipo hasta la consideración bien como síntoma de un trastorno de personalidad previo, bien como enfermedad, opción por la que sin duda se decanta el autor, razonándolo con rigor y al detalle. Desde luego no puede negarse el valor que le echa para aceptar los demonios personales y exhibirlos en letras de molde por lo menudo.

Para apuntalar su testimonio, puntualmente, como argumento por ejemplificación utiliza casos cercanos, repasa las confesiones adictivas de celebrities en el mundillo del espectáculo, en los reality-shows, o acude, mediante citas tremebundas, a John Cheever, David Foster Wallace o Gilles Deleuze, expertos en estas lides, o colateralmente a otros grandes escritores como Joan Didion, la citada Susan Sontag en relación con el cáncer, o Siri Hustvedt a cuenta de sus trastornos nerviosos, por las concomitancias neurológicas. La aparición de La última copa, ha coincidido casi, ya que hemos venido a lo literario puro en su tortuosa y a veces fructífera relación con la bebida, con la publicación en español de las andanzas alcohólicas por Oriente y Occidente del soberbio narrador británico John Osborne y de un ensayo de la escritora norteamericana Leslie Jamison, que recurrió antes para abordar este espinoso asunto a la autoficción novelada en la escalofriante El armario de la ginebra. Buena ocasión para cotejar distintas visiones y puntos de vista sobre este problema que Schreiber ha sacado del armario por considerarlo tabú en Alemania, pero que lo es en cualquier sitio.

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