No podría realizar peor elección la recién nacida EPICURO que encomendar al abajo firmante un informe sobre la cultura en el mundo rural de nuestro país (acoto que el encargo se refiere a los pueblos de León y más en concreto al territorio de “las cabeceras de los ríos”, del que tengo más cumplidas noticias).

Este avezado cronista nunca escribiría algo sobre lo que no conoce en profundidad. Digo que la elección de mi persona quizás resulta equivocada, pues mis esfuerzos por dinamizar la vida cultural en los pueblos del norte de León (que comenzó hace 37 años en el alto Torío con la primera Semana Cultural de Cármenes, pionera en la provincia) han tropezado siempre con un muro de indiferencia, cuando no de rechazo, lo que produce en el cronista una invencible melancolía, una creciente decepción que lo cura de la ingenuidad. En realidad, la cultura, como afirma Juan Carlos Mestre de la poesía, ´ha caído en desgracia´, pues no figura entre los intereses y, mucho menos, las prioridades de la gente. Ocurre, incluso, que no queda gente a quien culturizar, pues la feroz despoblación del mundo rural hace que los pueblos sean incapaces de emprender algo, como pedía Ortega. Así lo relaté en mi reciente libro Super flumina, que acaba de salir de la imprenta, ante la aquiescencia de algunos y el silencio clamoroso de los Poderes. Ejerciendo ocasionalmente de sociólogo, denuncié las miserias de la despoblación y el rosario de pérdidas que la acompañan. Siempre es pretencioso aventurar generalizaciones. Esa desfachatez la practican sin rubor ´políticos, intelectuales y demás morralla´, como dijo el recordado Angelillo, nuestro Sabino Ordás local. Por ello, huyendo de diagnósticos universales, solo me referiré al territorio que conozco. Se ubica entre los ríos de la montaña central leonesa, encabezados por la antigua Hermandad de Los Argüellos, cuyas corrientes se deslizan desde los farallones de caliza de la raya cantábrica hasta las arboledas de la ribera, en alfoz de León. Esa acotación geográfica tan exigua agrupa, sin embargo, una quincena de municipios con casi dos centenares de pueblos y es plenamente representativa de un mundo rural en fase de extinción.

¿De qué cultura hablamos?
Ésta sería la primera pregunta, tan pertinente como necesaria, dada la tergiversación a que someten al lenguaje muchos hablantes. En mi reiterada actividad de dinamizador cultural, llenando huecos donde no alcanza el Instituto Leonés de Cultura, he constatado sobradamente que para muchos la cultura es solo un epígono del entretenimiento; algo con lo que hay que contar al menos una vez al año, pero sin abusar, no sea que se convierta en costumbre indigesta. Incluso se reconoce que algún acto cultural está bien visto, aunque solo atañe a una minoría de la menguada población y exclusivamente durante los veranos, cuando regresan a los pueblos los indígenas aventados por la diáspora. Entonces se programan algunas actividades, semi financiadas desde la Diputación Provincial, que bordean la cultura e incluso presumen de ella. Véanse algunos ejemplos de los sucedáneos más habituales: la barbacoa comunal o la borregada, el corro de lucha, la carrera ciclista, la partida de bolos, el encuentro de solteros contra casados, la orquesta en gran formato de luces y decibelios con música enlatada, mayormente en inglés: este es el universo cultural para muchos cargos municipales. Al tiempo que un cuarteto de cuerda interpreta la Chacona de Bach, un pelotón de bañistas se solaza en el río con gran algarabía; los adolescentes se intercambian whats Apps mientras el Coro El León de Oro interpreta a T. L. de Victoria; el alcalde preside una aluche o una carrera ciclista, cuando los escritores de su municipio hablan a las paredes del Salón de Cultura, bautizado así para que la Junta subvencione la rehabilitación de la derruida escuela o la antigua casa del médico. El político municipal, en cuanto pisa moqueta, busca quienes le escriban eslóganes tan pegadizos y vacuos como la ´economía sostenible´ o la ´alianza de civilizaciones´, mientras asiste impávido a la clausura de las escuelas, las minas, la agricultura, la ganadería, los molinos, las fraguas, los caleros, el Concejo Abierto, la Hacendera, el Filandero y hasta los bares de regiones enteras por cuyo desarrollo debería velar, y de las que, finamente, han desaparecido las personas. Y, por supuesto, no están ni se les espera en los escasos actos culturales de su propio Ayuntamiento.

Una cultura vacacional. Disparando por elevación
Digo, por tanto, y sé de qué hablo, que si alguien se empeña en disertar sobre la cultura rural incurre en un buenismo desproporcionado. Se trata, apenas, de una flor diminuta que despunta en el desierto, una ocasional puesta en escena tan aislada como extemporánea. Pues la cultura – díganlo los especialistas – no es un acto puntual para completar el programa de fiestas de un municipio, sino un modelo de vida, una disposición para el enriquecimiento espiritual de cada día, el bagaje de muchos años de formación y cultivo de la sensibilidad, que no atiende a ciclos vacacionales. En mi modesta aportación para superar este diagnóstico, a contrapié de las inquietudes municipales y, apenas tolerada, como mal necesario por el Partido dominante, he determinado disparar por elevación, proponiendo a los escasos interesados una batería de manifestaciones del más alto nivel cultural, a las que en general no están habituados. En contraposición a las delirantes ¿músicas? de las Televisiones, cuya labor deformadora es innegable, vengo llevando por los pueblos del norte de León (riberas del Curueño, Torío y Bernesga) un muestrario de la música culta, los instrumentos orquestales, solistas y coros polifónicos, en función de la modestia económica disponible: conciertos comentados de las etapas barroca, clásica, romántica y contemporánea; las Variaciones Goldberg, de J. S. Bach; el Stabat Mater, de Pergolesi; las Cantigas de Alfonso X el Sabio; los Cancioneros medievales y del Renacimiento; la Música Sefardí; las Canciones Españolas de Federico García Lorca para La Argentinita y otros momentos descollantes de música y belleza. El desarrollo literario local es objeto de atención prioritaria, con la presentación de obras literarias, recitales de poesía, recuperación de la oralidad y apoyo a las revistas literarias o etnográficas que resisten los embates de la despoblación. Es también un trabajo recurrente la recuperación del folklore autóctono, mediante la recogida, transcripción, ejecución y grabación de las tonadas de ronda y baile propias de cada territorio. El teatro, a pesar de su pésima representación por los actuales cómicos de la legua, es un objetivo nunca olvidado. Todo este programa cualitativo choca, como he dicho, con la superficialidad del tiempo presente. Se convierte en minúscula chispa que ilumina un momento fugaz en la precaria vida comunal de los pueblos, donde equivale a una telonera contraprogramación de las actividades veraniegas. En el invierno ya inminente se confabulan nieve y soledad.

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