La creación nace desde el placer y desde el dolor.

La entrega de las pasiones al servicio de lo común puede conducirnos a descubrimientos inesperados.

Por más que avance lo urgente, por más que sintamos la presión de aquello que nos dijeron vida, escribir un libro, construir una máquina o sembrar trigo: en el fondo, son signos de bondad. Son entregas que la persona hace de sus bondades internas, es creación que más tarde estará al servicio.

La existencia es bondadosa por naturaleza, el impulso de expresar aquello que es contenido es un acto de verdad. Tal vez, deberíamos abrir del todo esa puerta por muy inmaterial que nos resulte al inicio, entender que aquella felicidad tan analizada por Epicuro depende, en gran medida, de la posibilidad de ser nosotros mismos y de poder crear desde esa condición, porque para que pueda tener lugar la creación, antes se ha de ser.

Si nos entregamos libres a cuanto acontece en nosotros, estaremos siendo, seremos presencia; y si esto sucede, viviremos creando. Esta idea se convierte hoy en una de las principales razones para despertar a la llama interna, a la creación que nace desde el placer y desde el dolor, de aquellos dos condicionantes de la felicidad que ya señalaba el filósofo.

Según las circunstancias que nos habiten en esencia, posicionados en uno o en otro, la creación, bondadosa, nos irá pidiendo ser expresada desde lo observado o vivido. Si lo hace desde el placer, será probable que emerja de una mayor serenidad, y si por el contrario el acto de creación viene de un dolor que no podemos evitar, gemirá con dolor de parto, sirviendo igualmente, para llegar a ese estado sereno que tanto buscamos: el de sentirnos en comunión externa con aquello que ya llevamos dentro.

Porque esto es vivir, sentir por igual el placer y el dolor, darnos verdaderos desde ello, hacerlo desde lo esencial de la persona hasta lo planetario que nos une. Se trataría, por tanto, de conocer los sistemas que necesitamos mejorar, de dejar ir a cuanto ya no nos sirve institucionalmente y de dar cabida a una nueva vida de experimento. Comprender en nuestro presente que formamos parte de un laboratorio superior, para mejorar nuestro paso en el mundo como seres creadores que siempre fuimos. La creatividad nunca fue tan necesaria de expresar.

Hemos de subirnos a los hombros de gigantes para ver más allá, admirar a los dioses y comprender que la causa es más importante de piel hacia fuera, y que ayudando en esta, solucionaremos tal vez, aquellos huecos vacíos de piel hacia dentro. Porque no hemos de olvidar que la entrega de las pasiones al servicio de lo común puede conducirnos a descubrimientos inesperados e inalcanzables de otro modo.

Resulta extremoso nuestro deber de volver al punto en el que desconectamos con lo humano que nos sigue pidiendo ser cada día. Hemos de retornar para encontrarlo en nosotros, ver qué creencias han podido hacerlo invisible, soplarles lo ambiguo y dejar que la vida nos apasione de nuevo. Igual que es nuestra obligación no ensuciar los lienzos de las sociedades jóvenes y de quienes son dueños de cuanto entusiasmo contiene su pecho, debemos de empujarlo a salir. Quien se busca, no tiene más tarea que conectar con cuanto ya es. Porque de otro modo, seguiremos viendo grises donde nos dijeron cielo azul.

Maurice Blanchot, formula bastante bien el secreto que perseguimos cuando afirma que no hay en el mundo ninguna de las diferencias, a las que hemos hecho tanto caso, sino que todo es uno. Entonces, se trata de dejar libre a la mirada, de  ver a la razón como intuición y viceversa. Somos razón apasionada, necesidades del ser creador; porque para crear hay que dar paso a la naturaleza, saber esperar, posicionarnos en la calma comprensiva que asume que todo termina por darse.

Volvamos entonces desde ello a dar el protagonismo que merece a lo que la propia vida nos regaló como un don insustituible y que la sociedad contemporánea olvida con demasiada facilidad: la paciencia. Ser paciente implica ser generoso, entregar bondad creativa mientras vemos la conciencia de la cercanía del otro. “La mayor felicidad se deriva del completo dominio de las propias facultades” afirmaba Bertrand Russell, es decir, de llegar a ser uno mismo, del autoconocimiento y de hacer desde esa condición.

No podemos seguir frenando a nuestro ser, a la creación que ello significa. Observadores, hemos de saber que si obviamos al ser creador que somos, estamos frenando las bondades que hemos traído para el mundo. ¿Por qué hacernos eso? Afortunadamente, ya todo está sucediendo, porque todo sucede un poco antes de suceder, como afirmaba Ramón Gaya.

El ser, intuitivo y despierto en la necesidad darse, y desde su estado de espera, está creando lo siguiente: nuevos modelos institucionales, vivas pasiones, otras formas de vivir y una remodelada ciudadanía, todo se está dando.

Seamos pacientes, amemos esta virtud que, sabia, nos reconduce hacia el vigor de ser en todo momento. Volvamos a recuperar la esperanza mediante la creación, aquella que, bondadosa, se entrega a cada instante sin cesar.

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