Estamos sentando demasiado tiempo al homo sapiens que todavía somos.

La Organización Mundial de la Salud nos aconseja hacer ejercicio aeróbico un mínimo de 150 minutos semanales.

Hay un colega de Matemáticas en el instituto que, cuando surge el tema, o aunque no surja, siempre me repite que «correr es de cobardes». Mi colega enuncia su frase como si pronunciara un conjuro. Supongo que para exorcizar cierta mala conciencia que le queda por no hacer ejercicio y fumar y esas cosas. Pero yo nunca le he dicho lo que tiene que hacer y lo que no. Puede que vea en mí, el profe de gimnasia, al sacerdote de la salud, el más indicado para encajarle el chiste liberador.

Pero yo solo cumplo durante las clases la obligación moral de inclinar a mis alumnos hacia el ejercicio físico. Fuera de ellas, me convierto en un colega normal, que no va por ahí haciendo apología de los contenidos de su asignatura, como no van los de Química o los de Latín, soltando fórmulas y latinajos. Al menos los colegas normales.  Sería insoportable.

En clase sí, en clase les insisto a los chavales en que la máquina de hacer las cosas que es nuestro cuerpo necesita lubricar sus articulaciones y sus músculos y sus neuronas moviéndose. En las últimas décadas, hemos incorporado a nuestras vidas cotidianas toda suerte de artilugios que hacen por nosotros el trabajo sucio, el trabajo sucio de moverse. Sin embargo, nuestro cuerpo no evoluciona tan deprisa. Seguimos teniendo el mismo con el que hace unos cuantos miles de años nos desplazábamos por la sabana africana buscando animales muertos para alimentarnos.

Plantar a uno de aquellos antepasados nuestros en una silla durante unas cuantas horas al día sería lo mismo que condenarlo primero a la locura y luego a la muerte. Es justo lo que estamos haciendo con nuestros escolares, con nuestros niños y adolescentes, con nosotros mismos. Por cierto, sin ninguna piedad. Y aunque nuestros cerebros hayan sabido adaptarse a las pantallas multitarea, nuestros cuerpos apenas han cambiado. De algún modo seguimos teniendo cuerpo de homo sapiens.

¿Qué hacer entonces? Los gimnasios están llenos de aparatos y de maneras ingeniosas y amenas de sudar la gota gorda. Mis alumnos me proponen a veces que nos acerquemos a una piscina municipal que está a veinte minutos andando del instituto a echar unas brazadas. «¿Y por qué no a remar?», les respondo. Tampoco tenemos bicicletas para todos y el instituto no tiene dinero para comprarlas. Se puede hacer, claro, algún día, un especial. Pero de lo que se trata es de mover el cuerpo a menudo.

Foto: Arek Adeoye

«¿Cuánto de a menudo?». Bueno, la Organización Mundial de la Salud publicó en 2010 sus Recomendaciones mundiales sobre la actividad física para la salud  en las que asegura que nuestros chicos y chicas de 5 a 17 años tendrían que hacer, como mínimo, una hora de ejercicio físico diario, sobre todo de tipo aeróbico. En cuanto a los adultos, los que tenemos entre 18 y 65 años, deberíamos hacer al menos 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico combinado con ejercicio vigoroso.

«¿Qué significa aeróbico?» Para aclararnos, se refiere a un tipo de ejercicio en el que las pulsaciones doblen por lo menos las de reposo y que podamos mantener un tiempo largo, al menos diez minutos, sin tener que parar. Lo ideal es practicarlo en tandas de entre veinte y cuarenta minutos. Nadar encaja, desde luego. Y también remar. Y montar en bici. Y bailar. Hay bastantes actividades con las que uno suda y no se mata. La más sencilla de todas, la más barata, es correr. Basta con calzarse unas zapatillas y salir tirando. Aunque se puede ganar una medalla olímpica descalzo, como hizo Abebe Bikila, que se las quitó porque le apretaban y aun así nadie pudo darle alcance.

Quien ha probado a correr con regularidad, una media de tres veces por semana, sabe que, pasado un periodo de adaptación, resulta placentero. Hace muchos años que oí hablar del nirvana del correr y puedo decir que existe porque lo he experimentado. Como en otras actividades humanas, llega un momento en que fluyes y se te olvida que estás corriendo y estás como conectado al mundo a través de una nube. Y la sensación de bienestar se prolonga después, una vez que te has duchado y la sangre corre por tus arterias cargada de oxígeno fresco y endorfinas.

Del ejercicio vigoroso, hablaremos en otra ocasión.

«¿Puedo correr con los auriculares?». Estaba esperando esa pregunta. «Es que oyendo música me canso menos». Todos los años mis nuevos alumnos me asaetean con esta pregunta. La respuesta ideal sería: «Corre como quieras». Sin embargo, yo siempre les pido que no usen auriculares. Los exhorto a que aprendan a escucharse en el presente, a oír su respiración y la de los otros, el ritmo de sus pisadas, a veces incluso el pulso alborotado, a sentir el aire frío o cálido en la cara, el frufrú de la brisa en los árboles, donde cantan algunos pájaros, que aprendan a mirar hacia afuera y ver, por fin, lo que los rodea. «Pero es que el otro profe sí que deja», insisten los inconformistas. «Vale, pero vosotros habéis tenido la suerte de tener un profesor desenchufado».

Los auriculares no dejan de ser otro artilugio. ¿Por qué hay que evitar la sensación de cansarse? Puede ser tan adictiva y placentera como cualquier otra. Pero negar los auriculares es solo una manía personal. Lo importante es ejercitarse escuchando la música o el viento, en medio del paisaje o sobre la cinta de un gimnasio. Cada cual como pueda o como más le guste.

Sí, querido colega de Matemáticas: aunque no te lo creas, correr es de humanos. Te lo digo ahora, aquí por escrito, porque me da corte decírtelo a la cara. Será porque me ha convertido en cobarde el haber corrido demasiadas veces durante demasiados años.

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