La flexibilidad es la capacidad de hacer movimientos amplios. 

Para mejorarla no es imprescindible trabajar con dolor, pero sí tener mucha paciencia y constancia.

En la adolescencia muchos alumnos vienen en pleno proceso de crecimiento, que, a menudo, es disarmónico. Primero crecen las extremidades y luego el tronco. Los músculos se adaptan como pueden al alargamiento de los huesos. El más largo del cuerpo, el fémur, a veces crece tan deprisa que los isquiotibiales (músculos de la parte posterior del muslo) se quedan cortos y tiran del tronco hacia atrás. Como a nadie nos gusta ir por la vida mirando a las nubes, los chavales fuerzan la postura del cuello para compensar y ver el mundo de frente. Por eso a veces lucen una ligera chepa, bastante habitual en esa edad. Sentados en el suelo, algunos son incapaces de componer un ángulo recto con el tronco y las piernas. Son como tablas. Ya están en la edad de apreciar en qué consiste la flexibilidad y lo importante que es trabajarla.

Vienen a clase de Educación Física deseosos de jugar y de moverse y por eso les cuesta comprender que hay otras facetas en las que pueden mejorar su salud. Solo necesitan aprender unos cuantos estiramientos, los que afectan a las zonas en que son más rígidos. Y adoptar un sistema de trabajo muy sencillo. En los primeros días, pinto un monigote en la pizarra en doble versión, de frente y de espaldas, y voy señalando desde los tobillos a la cabeza las zonas musculares más importantes, cada una con su nombre. Y a cada una le adjudico un estiramiento. Siempre propongo una versión que se ejecuta en el suelo. Tienen que probarlos todos. Luego les propongo elegir cuáles les cuestan más, porque esas son las zonas en las que son más rígidos, las que habrán de trabajar durante el curso.

Se trata de sentir la rigidez, no de mirar a los otros e intentar imitarlos. Porque cada cual tiene sus propias rigideces y el primer paso es conocerlas, conocerse. Por eso trabajan con los ojos cerrados. El segundo paso es saber cómo ir mejorando día a día, con mucha constancia. Pero sin dolor. Desde los años 70 del siglo pasado, el norteamericano Bob Anderson nos enseñó que la mejor manera de trabajar la flexibilidad uno mismo es con posturas estáticas. Hasta entonces se utilizaba un sistema de rebotes que era más contraproducente que eficaz, porque los músculos se protegen del dolor para no romperse y con el rebote solo se consigue que se retraigan.

Anderson compuso su sistema con posturas de yoga que occidentalizó para sus fines. Yo las devuelvo ligeramente al yoga porque les pido a los alumnos que seleccionen entre cinco y siete posturas y que las ejecuten con los ojos cerrados y sintiendo lo que hacen, sintiendo la rigidez, la sensación de que se acercan al límite, pero uno o dos centímetros antes de sentir dolor. El sistema es de cuatro pasos: primero colocarse en la postura, segundo cerrar los ojos para concentrarse, tercero buscar la tensión y cuarto mantenerla durante al menos treinta segundos, bajando otro poco si la tensión se relaja o desaparece.

Así cada clase durante todas las clases del curso. Cinco minutos, los primeros cinco minutos. Todos en círculo, aportando al grupo su silencio y su concentración. El trabajo de flexibilidad es el más paciente de todos los trabajos físicos, pero puede resultar gratificante si uno lo adopta como un rito. Bastan esos cinco minutos diarios. Hay que perseverar con la constancia del agua que desgasta la piedra. Todos los días, sintiendo lo que hacen. Les mido los resultados, pero no los tengo en cuenta en la nota porque, al contrario que otras capacidades físicas como la resistencia, el desarrollo de la flexibilidad depende de demasiados factores: la temperatura, el cansancio, las tensiones cotidianas, hasta la hora del día.

Por cierto, hay mil criterios sobre cuándo conviene estirar. Yo me mantengo fiel a la propuesta del fisioterapeuta francés Philippe E. Souchard porque he comprobado que funciona. Souchard dice que los músculos de la cadena estática se estiran mejor y los efectos son más duraderos cuando se trabajan en frío, es decir antes de haber hecho cualquier tipo de carrera o ejercicio. Por eso es lo primero que hacemos en cada clase. Empezamos el calentamiento con esos cinco minutos de estiramiento en círculo que, como los chavales están concentrados (o deberían estarlo), sirven también de trabajo mental, a modo de cortinilla que separa nuestra clase de las clases o las actividades anteriores.

Hay días que los alumnos saben que después no vamos a hacer un trabajo físico puro, que nos toca la unidad didáctica, teatro o la de hablar en público. «¿Por qué tenemos que estirar, si no vamos a sudar?», pregunta siempre alguno, no falla. «Entre otras cosas porque el estiramiento no lo haces solo para lo que viene después, lo haces para mantener tus movimientos cuando seas viejo», le respondo. Y frunce el ceño. La vejez le queda tan lejana que le resulta inimaginable.

«Si te pido que te muevas como un viejo, ¿cómo lo harías?». Si el chaval o la chavala tienen desparpajo, empiezan a desplazarse con pasitos cortos, con la espalda encorvada, ayudándose de un garrote imaginario, incluso abriendo las manos temblorosas con dificultad. Si no lo caricaturiza él, lo interpreto yo para que lo visualicen. Luego les pregunto: «¿Qué es lo que le pasa?» Abren mucho los ojos, no aciertan a contestar, de modo que contesto yo por ellos: «Que han perdido casi toda la amplitud de sus movimientos, la han perdido hasta tal punto que a duras penas conservan un poco de autonomía».

Entonces aprovecho para explicarles que nacemos con el 100% de la flexibilidad, es decir de la amplitud de nuestros movimientos, y que la vamos perdiendo a lo largo de la vida. «Cuando porcentualmente más se pierde, por cierto, es a vuestra edad». Pero luego, los músculos contienen cada vez menos agua y se van volviendo más rígidos y surgen problemas en las articulaciones, de tal manera que, si no se trabaja la flexibilidad, el deterioro es progresivo. «La buena noticia es que, trabajándola como hemos aprendido, podemos mantenerla muchos años, toda la vida, como quien dice».

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