Reporte policial: Caso: Concierto en la Universidad de Caldwell. Fecha: 3 de mayo de 1920.

Testigo nº 1: Profesor John Lerman.

Nunca pensé que me vería escribiendo sobre una noche como ésta; pero aquí estoy.

Escribiré los hechos a medida que los fui presenciando.  

 

“Perdónenme, agentes, pues soy hombre de letras y tal vez me detenga en describir con precisión algunos momentos o en señalar detalles que ahora mismo se presentan nítidos en mi memoria. Solo así podré dar mi testimonio de manera clara y, tal vez, incluso, llegar a convencerme yo mismo de que los acontecimientos de esta noche fueron reales.”

Comenzaré con la invitación al concierto.

En la Universidad de Caldwell damos gran importancia al mundo de las artes y creemos, fielmente, que los alumnos tienen un potencial que deben mostrar al mundo. Son libres de organizar, junto a los profesores, tareas, como charlas, conciertos, obras teatrales y demás actividades culturales que llenan de regocijo tanto a dichos alumnos como a los profesores de la modesta universidad. Por tanto, como en cualquier otra ocasión, no me sorprendí cuando me llegó la invitación al concierto de primavera, organizado por la, si se me permite añadir, brillantísima alumna Mel Stevens.

Mel ha sido alumna mía en diversas ocasiones en el pasado. Es una muchacha activa, amante de la Historia y de su Música. La joven da conciertos de piano que hacen a uno imaginarse en manos del mismo Amadeus Mozart. Sin embargo, esta vez se encargaría de dirigir a un par de compañeros.

¡Mel Stevens a la batuta! No podía perderme algo así.

La tarde del tres de mayo, ustedes son testigos, ha sido una tarde de lluvia. Aún puedo escuchar los pasos apurados de los invitados contra el suelo de piedra. Todos caminábamos encerrados en el pequeño universo propio que se crea en cada cabeza al abrir un paraguas.

Cuando entré en el  cálido salón de actuaciones, ya muchas personas habían tomado asiento. Otros se saludaban con apretones de manos. Me fijé, sobre todo, en las primeras filas de butacas, ocupadas por mis colegas profesores. Barton, el profesor de filología inglesa, gran amigo mío, me indicó de lejos que había un sitio para mí. A su lado, distinguí a otros muchos compañeros, entre ellos a Mary White, profesora de matemáticas, la única mujer docente de la facultad; a Alexey Kozlov, un hombre fornido y grande, profesor de arqueología que, según había oído, había vuelto recientemente de un viaje a Nueva Zelanda; y a Nicolson, profesor de geología.

Decidí acercarme. Caminé por el pasillo, abarrotado de alumnos que de vez en cuando gritaban mi nombre para que me acercara a saludar. Me estrechaban la mano y me preguntaban por el libro que estoy leyendo en este momento; les gusta que les recomiende autores, ¿saben?

Mientras tanto, no pude evitar fijarme en el salón. Las cortinas rojas estaban echadas sobre las ventanas para tapar la luz del exterior (no debían de saber que llovía tanto que uno apenas podía distinguir dónde estaba su nariz). Había sólo cuatro asientos preparados en el escenario, alumbrados con tres pobres focos amarillentos. Los músicos aún no habían llegado, a excepción de Mel, que charlaba alegremente con varios condiscípulos.

Al llegar a la primera fila, donde me tenían un asiento reservado, saludé a mis colegas. Me senté entre mi amigo Barton y el profesor Kozlov.

Citaré las conversaciones que puedo recordar, dado que al ver que aquello no comenzaba, decidí preguntar a mi vecino de asiento por su viaje a Nueva Zelanda.

-¡Profesor Kozlov! -dije, apretando su peluda mano.

-¡Profesorr Lerrman! -saludó él,  con su característica pronunciación fuerte.

 -¿Nueva Zelanda?

-¡Maravilloso! Sabemos tan poco de ese país. Tantas excavaciones, tanta riqueza. Descubrí piezas muy singulares de tesoros maoríes, profesorr Lerrman. Muy singulares. Puede verlas, si visita mi estudio-.

Sus ojos azules echaban chispas de una emoción que no habría podido  distinguirse de ningún otro modo, dado que no movió ni un músculo de su cuerpo. Permaneció sentado, con ambas manos posadas sobre su gran barriga. No habló más y no necesité que hablara más, pues, lamentablemente, mi atención se había alejado hasta la mujer que acababa de entrar por la puerta del salón.

Tragué saliva y me ajusté las gafas en el puente de la nariz, una manía que delataba mi nerviosismo. Recorrí las facciones de su rostro con lentitud, desde la lejanía, como el espía que observa tras un periódico recortado. Una suave ondulación de cabello amarillo caía sobre su rostro. Sus ojos azules parecían dos pequeños botones sobre un rostro relleno y unos labios carnosos que lo resaltaban. Había engordado desde la última vez que la vi.

“Siento detenerme en este episodio, agentes; sé que tal vez no sea relevante. Pero me encuentro sonriendo como un bobo cuando recuerdo la manera en que me levanté y caminé hacia Sondra Sharpe. La señorita Sharpe y yo fuimos… íntimos amigos. Fue en mi época dorada; dorada como el cabello sobre sus hombros. ¡Qué dulce mirada!”

-¡Sondra Sharpe! -dije cuando llegué hasta la puerta, donde ella se mantenía en pie con una libreta y una pluma en las manos.

-¡John! -su voz sonó nostálgica y dulce, como solo puede sonar la voz de una mujer que ya no es quien solía ser. Sondra Sharpe y yo nos separamos tras acabar el primer año de universidad. Ambos éramos amantes de Lord Byron y de Dickens, pero detestábamos a Shakespeare. Ella decidió marchar a Londres a estudiar periodismo; yo repetí un año de carrera, lo perdí intentando curar con aguja e hilo mi corazón roto.

-No sabía que había vuelto a Caldwell Ville. Arkansas debe ser muy distinto de Londres.”

Me deleitó con una amplia sonrisa e ignoró mi última frase.

-Volví ayer. Nunca es tarde para dar un paseo por el lugar donde creciste. Estoy escribiendo un artículo sobre Caldwell Ville.

Había algo en su tono que hacía que quisiera coger sus manos entre las mías y no soltarlas. ¿Era, acaso, tristeza?

-Viviste la guerra de cerca. Leí algunos de tus artículos.

-No, John. Como muchas mujeres, fui enfermera voluntaria. Los soldados heridos me contaban cómo era estar en el frente y yo me dedicaba a escribir, eso es todo.

Ella evitaba mirarme a los ojos. No quería hablar de aquello, supuse.

Charlamos un poco más, le conté con todo mi orgullo que yo era profesor de la universidad. Ella volvió a sonreír, pero no la pude sacar muchas palabras más. De todas maneras, el concierto iba a comenzar. La ofrecí sentarse a mi lado, pero prefirió reportar el concierto desde la entrada.

Cuando volví a mi asiento, apenas pude fijarme en los músicos o en Mel Stevens, dado que mi corazón latía frenético, intentando encontrar las palabras adecuadas para invitar a Sondra a retomar una relación abandonada tiempo atrás. Sin embargo, mis pensamientos se desparramaron por el suelo en el momento en que la música comenzó a sonar y, sólo entonces, lancé una mirada al escenario. Los cuatro músicos tocaban instrumentos de apariencia medieval. Arpas, laúdes, y una especie de flauta con doble salida. Pero la combinación de dichos instrumentos… era fría.

“Agentes, de verdad, no sé cómo describir la música que se escuchaba en aquella sala, pero sí que era horripilante. Los instrumentos no parecían coordinarse, sino que cada uno tocaba a su manera. Más tarde, mi buen amigo Barton me diría que parecía el sonido de engranajes oxidados. Noté que Mary White, muy religiosa ella, comenzaba a acariciar el rosario que llevaba en la muñeca. Me giré para ver los rostros de los invitados al concierto; todos parecían extrañados. Mi querida Sondra, de pie en la puerta, observaba con el ceño fruncido el escenario.”

Creí escuchar un suspiro de alivio común cuando llegó el primer descanso; la gente comenzó tímidamente a aplaudir. No dudé en subir al escenario, mientras la gente comenzaba a murmurar. Los músicos descansaban.

-¡Mel!

-¡Profesor Lerman! -me saludó mi alumna encantada.

-¿Qué le está pareciendo el concierto?”

-¡Bien! ¡Bien! -repetí, no queriendo herir sus sentimientos.

-¿De dónde has sacado las partituras, querida?

Observé por el rabillo del ojo que Sondra Sharpe se había acercado y escribía con su pluma las palabras de la conversación. La ignoré y seguí hablando con mi alumna.

-He intentado analizar la época, pero no he conseguido diferenciar nada; es, probablemente, original. Medio pregunté.

-¡Oh, profesor Lerman, no! Es un concierto que me ayudó a organizar el profesor Kozlov, del departamento de arqueología. Es música de culturas antiguas, creo que es celta.

-Entiendo -musité.

Aquello no podía ser celta. Bajé del escenario y crucé la mirada con Sondra, mientras me subía las gafas con un dedo. Ella también parecía sorprendida; de hecho, cuando pasé por su lado me susurró: “He visitado zonas de cultura celta en Reino Unido y puedo garantizarte que esto no lo es.”

Me quedé paralizado, mientras la veía volver a apoyarse en la pared del pasillo. Volví a mi asiento y la música volvió a sonar, de manera más estridente que la vez anterior.

¡Agh!, me acuerdo que exclamé, poniendo ambas manos en mis sienes y cerrando los ojos. La música era diabólica, lo prometo. Junten ustedes todos los sonidos más desagradables del mundo y digan que es música. Cuando abrí los ojos, sentí que el escenario se inclinaba hacia los lados. Todo se veía doble. Fue entonces cuando distinguí a Mary levantarse y tambalearse, dirigiéndose hacia la puerta y murmurando cosas ininteligibles.

Detrás de mí se comenzaron a escuchar gritos asustados. Me giré, y vi que un joven estudiante había perdido el conocimiento y, con los ojos en blanco, recitaba unos versos en un idioma desconocido. El resto de los alumnos gritaban asustados y se alejaban, siguiendo a Mary hacia la puerta y tapándose los oídos.

¡Ssshh!, oí que chistaba el profesor Kozlov; sus ojos abiertos y brillantes atentos al  escenario. ¿Es que acaso no le afectaba aquella música endemoniada?

“Tenemos que hacer que paren”, le dije, apretando los dientes. Cada vez me encontraba más mareado, al tiempo que escuchaba nuevas voces de alumnos que se unían a los cánticos.

Pero el profesor no pareció escucharme; seguía maravillado con la música. Por lo tanto, decidí levantarme y subir de nuevo al escenario. No me podía creer que Mel y los músicos no estuvieran escuchando el revuelo que se había montado a sus espaldas.

Vi cómo Mary y los estudiantes intentaban abrir la puerta del salón en vano, pues no cedía. Vi cómo Sondra, con su cuaderno en mano, descorría las cortinas y pugnaba con las ventanas. Gritó, mientras se echaba hacia atrás. Unos tentáculos negros aparecieron a través de los cristales y fueron a parar, retorciéndose, al recinto donde nos encontrábamos.

¡Dios mío!, me dije, corriendo hacia Mel.

-¡Mel! ¡Parad de tocar! ¡Mel! ¡Parad esta locura! -pero mi alumna seguía dirigiendo, batuta en ristre.

-¿Mel? -sus ojos estaban en blanco y su boca ligeramente abierta. Sacudí sus hombros para despertarla, pero la muchacha seguía dirigiendo, como si no tuviera el control de su cuerpo. Observé a los músicos: les ocurría lo mismo. Habían perdido el control.

Para entonces, todos los invitados gritaban asustados (los que no habían perdido el conocimiento) e intentaban huir, sin éxito.

“Perdón”, susurré, y la abofeteé. Pero la muchacha seguía tocando, leyendo las extrañas partituras sobre el atril. Me agaché para coger un libro de una pila que había sobre el escenario y golpeé con él a la muchacha en la cabeza. La música se clavaba en mi cerebro y cada vez me sentía más mareado; tenía que hacer algo antes de perder el conocimiento yo también. La muchacha comenzó a sangrar, un intenso hilo rojo bajaba por su frente, pero en ningún momento dejó de dirigir.

Me agaché y grité cuando escuché un disparo. Un alumno se había levantado y disparaba con una pistola a los tentáculos de la ventana, pero éstos seguían creciendo y amenazaban con llenar la sala. Otros jóvenes se unieron a mí y se subieron al escenario. ¡Imagínense mi desesperanza al ver que quitaban los instrumentos de las manos de los músicos y… la música seguía sonando! Ellos seguían tocando, en aquel estado de trance, tocando en el aire y… ¡la música seguía sonando!

“No puede ser”, me dije. Por mucho que intentábamos golpear, sujetar a los músicos, éstos seguían tocando y aquella macabra música seguía sonando, llenando las cabezas de todos los presentes y ahogando nuestros gritos desesperados.

Solo quedaba una opción. Me acerqué corriendo al alumno de la pistola, que volvía a disparar a los tentáculos viscosos y le golpeé, le cogí del brazo y apunté con el arma al centro de la espalda de Mel Stevens.

“Lo siento”, sollocé de nuevo.

La vista me bailaba.

La música paró.

Mel y los músicos cayeron con todo su peso al suelo. Tras el ruido producido por sus cuerpos al desplomarse, el salón quedó en silencio.

“Pero… yo no disparé, agentes. Ni el muchacho, dueño de la pistola. No me dio tiempo. Entonces me fijé mejor en el escenario. Allí subida, agentes, estaba Sondra Sharpe, con las partituras en las manos. Las había roto por la mitad. ¡Cómo no se me pudo haber ocurrido antes! Su pecho subía y bajaba por la excitación. Lanzó los pedazos de papel al suelo.”

Los alumnos en trance recobraron la conciencia y, extrañados, comenzaron a aplaudir.

La puerta, por fin, se abrió y, en la ventana, por donde antes habían aparecido los tentáculos, ahora sólo se distinguía el agua de la lluvia cayendo en los jardines de la universidad. Me acerqué corriendo a Sondra, mientras los alumnos, movidos por el instinto de supervivencia, salían despavoridos.

-¿Estás bien? -la ayudé a levantarse. Ella asintió y señaló a Mel, que poco a poco recobraba la conciencia. Distinguí que, en efecto, era Mel de nuevo y no un ente extraño.

-¡Mel!

-¿Qué ha pasado, profesor?

-¿De dónde sacaste esas partituras?

 “¡John!”, distinguí la voz de Sondra. El profesor Kozlov había recogido los pedazos de partituras del suelo y, aprovechando la confusión del momento, había salido corriendo, empujando a todo el que se interponía en su paso. Salí corriendo detrás de él. ¿Qué otra cosa podía hacer? Noté pasos detrás de mí. Sondra me seguía. Salimos por la puerta y nos guiamos por la estela que iba dejando en su huida: un ruido y un olor difíciles de identificar. Grité su nombre, pero él no paró. Noté el frío de la lluvia en mi cabello, pisé dos charcos, pero no frené. Sin embargo, mis gafas sí estaban mojadas y apenas podía distinguir por dónde huía la silueta de aquel hombretón. Solo sabía que estaba cerca. Su olor lo delataba.

Escuché la puerta de un automóvil abrirse. Por fin conseguí alcanzarlo. Cogí al profesor de arqueología por la muñeca antes de que lograra meterse en el coche, pero…

“¡John!”, gritó Sondra, parando en seco a escasos metros de donde nos encontrábamos. Kozlov me apuntaba entre los ojos con una pistola. El arqueólogo rompió el silencio, que hasta entonces solo ocupaba el sonido la lluvia contra el suelo.

-¡Descubrí una nueva civilización en Nueva Zelanda! –dijo y prosiguió.

-No fui solo a buscar piezas maoríes. Tuve oportunidad de conocer una civilización subterránea, que vivía en cuevas y nunca se relacionó con otros hombres. Varias pinturas y libros encontrados explicaban cómo vivían y se relacionaban entre sus miembros, la manera en que cazaban o, algo curioso, cómo castigaban a sus presos. En el rito, convocaban a un ser de las tinieblas. Las partituras que tan bien ha interpretado nuestra brillante Mel, están sacadas de unas tablas que recogí y que, al no saber de música, no pude interpretar entonces. Pero ahora ya sé y todos me recordarán               -añadió, pronunciando fuerte cada erre.

-Alguien podría haber muerto, Kozlov, es peligroso.

-Es Historia, señor Lerman. Y alguien debe investigarla igual que Darwin experimentó para plantear su teoría de la evolución. Seré reconocido mundialmente por este descubrimiento. Ahora, si me disculpa, debo marchar.

Cerré los ojos y asentí, sabiendo que, si me resistía, me volaría la cabeza y, probablemente, la de Sondra Sharpe, que observaba con el cabello pegado a su rostro y mirada asustada.

El hombre se subió al automóvil, aun apuntándonos con la pistola. Después, arrancó y se dirigió a la salida. Escuchamos el ruido de los neumáticos chirriar en el asfalto irregular. Intenté fijarme en la matrícula, pero la densa capa de agua que no cesaba de caer sobre nosotros me impidió distinguirla.

Pronto me di cuenta de que no sería necesario retenerla. Antes de que el auto de Kozlov desapareciera por la curva que pone límite al recinto de la universidad, Sondra había sacado la pistola que portaba el alumno que había tratado de salvarnos de los tentáculos y al que yo había golpeado injustamente, y con una destreza implacable disparó tres veces. Tres veces, tres balas que salieron del cañón del arma con un objetivo claro; aunque sólo una de ellas, la primera, lo alcanzó rompiendo la luna trasera. Las otras dos la siguieron, sin causar mayor daño.

Me aproximé al coche y, supe de inmediato que Alexey Kozlov estaba muerto. El coche se detuvo contra un árbol. Kozlov había intentado abrir la puerta y, aunque no pudo huir, dejó el resquicio suficiente para que el asfalto se tiñera de rojo. El agua limpiaba los cristales y formaba pequeños regueros de sangre. La luna delantera estaba intacta; lo que indicaba que la bala se había alojado en el cuerpo del arqueólogo. Me quedé observando el agua rebotar en el cristal y, por un momento, sólo lo que dura un instante,  creí entrever cómo una sombra negra con tentáculos se alejaba entre los árboles.

Observé a la mujer que un día se escapó de mi vida y supe que, en efecto, era una persona distinta. Había aprendido a leer la locura en el rostro de los hombres y a luchar contra ella. Me acerqué, posando la mano en el cañón y desviándolo hacia el suelo. La abracé, sabiendo que la perdería de nuevo.

“Así nos encontraron, agentes. Lo demás ya lo saben.”

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