Los siglos XIX y XX se han prodigado con la presencia de las palabras de las mujeres en todos los órdenes.

Si en siglos precedentes esta presencia numéricamente era anecdótica, en los recientes es reiterada, si bien sobre ellas aún cunde y persiste cierta invisibilidad.

En las últimas décadas bajo denominaciones como “las modernas”, “las sinsombrero”, etc., se ofrecen estudios con el fin de habilitar voces ocultas o postergadas tras nombres generacionales masculinos; caso ejemplar es la Generación del 27 que convocó a numerosas creadoras que han pervivido, a pesar de sus méritos, tras nombres masculinos relevantes.

Recientemente se ha habilitado una intensa tendencia de recuperación de estas voces silenciadas y su exposición causa grata sorpresa al reconocer la potencialidad de las mismas, a la vez que se hace justicia literaria, se ausentan prejuicios y corrigen aseveraciones tergiversadas. Un ejemplo de este afloramiento -si bien en su época la presencia, en este caso, de su voz era manifiesta- y para atraer hacia una nueva lectura, a fin de reconocer valores y eliminar suspicacias, es la reciente monografía sobre la figura de Concha Espina (1869-1955). Y esta respuesta llegada de la mano de Mercedes G. Rojo, escritora leonesa que brega por romper velos y ocultaciones sobre la figura de la creadora cántabra.

Mercedes G. Rojo, poeta y agitadora cultural incansable atiende en clara apuesta -así lo ha demostrados en varios momentos- la figura y obra de Concha Espina, creadora periclitada y versátil, reconocida en vida e ignorada en las aulas y los manuales, sobre la que la historia se ensombrece. Es conocida la paradigmática y prototípica novela La efigie maragata, un agria y real denuncia sobre la real situación de la mujer campesina, a la vez que no se explica el olvido de El metal de los muertos, considerada la primera novela social de nuestra literatura, en la que la narradora logra describir y denunciar la dramática situación de los mineros bajo la bota de una multinacional, los apernadores y la complicidad de gobernantes; la autora logra un clima sangrante cargado de hambre y de tedio, de injusticia social. A Concha Espina se la ha situado en espacios conservadores, mas estos se cuestionan si liberados de prejuicios se leen estas dos novelas, por ejemplo, en las que el mundo rural o el minero, espacios de desheredados, con tanto vigor y denuncia expone. De este modo, la cántabra requiere nueva lectura, una llamada de atención; tal es la pretensión, y estimo que lo logra, de Mercedes G. Rojo; para ello logra reunir y comprometer a un significado colectivo mujeres, 27, que desde sus ámbitos muestran sus creaciones sobre Espina y el afán de dar respuesta a una insolente pregunta: “¿Sería, su pecado, ser mujer?”, razón te tanta ocultación, que se hace la coordinadora de la monografía, Mercedes G. Rojo.

La ocultación aún se ofrece peor que el silencio, pues posee carga ideológica locuaz y que cuando desciende sobre creadoras se suele mostrar pertinaz, mas es superable; esta tarea es la que pretende la coordinadora y la complicidad de Artistas de León al rescate de Concha Espina. 2018-2020. Dos años de homenaje recorriendo nuestra geografía, editado por la editorial leonesa Lobo Sapiens, Mercedes G. Rojo (Coord.). Resulta incomprensible pero no difícil de explicar tanta denegación sobre quien recibió premios relevantes, por ejemplo, el Fastenrath de 1915, momento en el que la Real Academia la premia, pero no la admite, por la Efigie maragata. Nos hallamos ante una creadora que recibió reconocimientos en vida para, finalmente, terminar en un rincón de la historia de la literatura, su ausencia en las aulas, en las referencias e investigaciones; pero esta bonanza lograda en vida no justifica de acuerdo con su obra a comprender el peso del olvido. Estas son las razones que inducen a Mercedes a alzaprimar, en un justo homenaje, a la autora de novelas relevantes de la literatura hispana contemporánea entre las que sobresalen La esfinge maragata y El metal del corazón, y, de igual modo, a rescatar los valores de contenido y literarios el que encierran.

Esta constancia por parte de la coordinadora, pues, queda justificada por los valores que acumula y ofrece la narradora y contra el injustificado olvido. Poetas, pintoras, escultoras, creadoras todas, en número de 27, alzan la voz para recibir el rocío de realidad que induce la obra de Espina, para viajar al interior de la misma y adentrarse en las entrañas de la realidad, aunque ésta se ofrezca desagradable y prototipicamente prejuiciosa, caso de la mujer campesina o para denunciar el submundo minero de Riotinto, espacios cargados de necesidad, de miseria y repetidos por la Península ibérica.

Las modas escriturarias pudieran cambiar, pero los temas sociales que se exponen perviven y todo creador sensible está obligado a patentizarlos y denunciarlos, de este modo, y es el caso de Concha Espina, las creaciones narrativas se ofrecen como documento social e histórico;  así, sorteando el contexto lingüístico, estilístico  de otra época, la situaciones descritas por Espina siguen presentes y la coordinadora, Mercedes, las escenifica poniéndole voz a la cántabra en Concha Espina: la invisibilidad de una escritora.

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