Extravagante jerarquía (1968-2017). Antonio Carvajal.
Fundación Jorge Guillén. Precio: 62 €.

Antonio Carvajal ha realizado la disposición de los poemas, permitiéndose las licencias que le han parecido más oportunas.

Bajo el brillante envoltorio métrico formal de sus versos, hay un poeta contemplativo y sensual, que ha escrito algunos de los de los poemas amorosos más intensos.

En 1983, el poeta granadino Antonio Carvajal reunió en un volumen editado en Hiperión, bajo el título de Extravagante jerarquía, los seis poemarios que hasta 1981 había dado a la imprenta. Cuando en el 88 apareció De un capricho celeste, la contraportada informaba de una segunda parte que incluiría los libros de poemas posteriores a aquella fecha. Nunca apareció y ahora, unas décadas después, se retoma bajo el mismo epígrafe lo que ya no es una adenda al volumen aparecido en Hiperión, sino otra edición, ampliada, conteniendo la mayoría de su producción poética entre 1968 y 2017.

No se trata de unas obras completas, porque Carvajal continúa en activo y además tan solo incluye los libros que, tras la antología del tiempo, sigue considerando «suyos», sino de unos «collected poems», como los llaman los ingleses, es decir, una recopilación propia. Dos volúmenes cuidadosamente editados (tapa dura con encuadernación símil tela, estampado, guardas, cabezada y marcapáginas) por la vallisoletana Fundación Jorge Guillén que ocupan, respectivamente, 776 y 720 páginas, precedidos por unas pertinentes notas del poeta y estudioso José Luis López Bretones. Una edición de lujo en estos tiempos y en cualesquiera otros, prácticamente solo al alcance de instituciones por su alto coste, pero también maquetada con la elegancia y sencillez que la poesía pide, que son gratis y, sin embargo, brillan por su ausencia en tantas colecciones.

Desde Tigres en el jardín (1968), publicado hace más de medio siglo, hasta El fuego en mi poder (2015, pero ampliado en 2017), esta nueva Extravagante jerarquía       —agudeza cuya producción nos eleva de hombres a ángeles, según Gracián— incluye una veintena de libros. Es una edición revisada, no crítica: sin aparato de notas al pie comentando versos concretos ni un análisis minucioso de su poética. Incluso se han eliminado, por deseo del autor, prólogos, epílogos y notas que acompañaban en algunos casos a las primeras ediciones. Una presentación limpia de la poesía, sin más, que cede todo su protagonismo a la palabra poética, sin intermediación ni condicionantes: directa a la percepción del lector. Otras antologías que se han hecho de su producción, nos dice López Bretones haberle oído al poeta, respondían a planes trazados por otros. Aquí Antonio Carvajal ha realizado la disposición, permitiéndose las licencias que le han parecido más oportunas: se incluyen cambios y variantes de posición de ciertas composiciones, se funden secciones que se publicaron como plaquettes en los libros que cronológicamente les correspondería, se añaden versos nuevos… En esta revalidación de su propia obra, Antonio Carvajal considera algunos de sus títulos como libros abiertos, como lo fueron Cántico, de Jorge Guillén, o, más próximos a nosotros, Europa de Julio Martínez Mesanza y Museo de cera de José María Álvarez. Así ocurre que Con palabra heredada cambia incluso su estructura, por señalar un ejemplo.

No vamos a descubrir en una reseña las bondades de un poeta que desde su primera aparición ante los lectores se singularizó de una forma muy nítida. En tiempo del auge de la poesía novísima, Carvajal apostó por unos rasgos formales que a algunos les hicieron hablar de neoclasicismo, perfección barroca —fue profesor de métrica en la universidad de Granada— y cierta intención arcaizante. A partir de su segundo libro, Serenata y navaja, se hizo evidente que, manteniendo el esplendor verbal, su estro no estaba alimentado por un aliento epigonal sino por el reto de proyectar una mirada contemporánea a la tradición, también a la popular. Lo resume muy bien López Bretones cuando conjuga acervo y renovación, dictamina «emulatio» y no «imitatio», o nos habla de «diálogo con la tradición para reinventarla desde dentro». Sin olvidar, por supuesto, la dimensión ética que es parte esencial de una poesía que se ha denominado «conviviente», en su celebración de la amistad, el coloquio con las obras ajenas, sean literarias, artísticas o musicales, y el homenaje o glosa, que al fin y al cabo son formas de exaltar el tiempo de uno y la existencia de todos.

Bajo el brillante envoltorio métrico y formal de sus versos, bajo el peso de haber sido calificado como «il miglior fabbro» de entre los vates contemporáneos, hay un poeta contemplativo y sensual, que ha escrito algunos de los poemas amorosos más intensos de nuestra época. Un poeta que, más allá de la fidelidad al repertorio, es siempre fiel a su voz. 

MADRIGAL DE LOS SUEÑOS

Si no hubiera probado
los frutos de tu huerto,
si tus brazos no fueran
dos álamos flexibles para mecer mi cuerpo,

si no hubiera mi boca
recibido tus besos
ni hubieras recogido
mis minutos finales de suspiro y sosiego,

si yo tuviera sólo
las llamas del deseo
y no la brasa pura,
que tanto las aviva, del placer y el recuerdo,

tal vez no me doliera
estar ahora tan lejos
de ti, con sed de fruta,
con la fiebre en el alma y esperando tu oreo.

No me abandones nunca,
único amor que tengo,
porque no sé estar solo
y el gozo necesito de tu vida en mis sueños.

 

SILLARES PARA UN CASTILLO 

Susurra el monte, el cielo calla, se alza
reciamente la piedra sobre el curvo
perfil. Se alza con brío y con aristas
duras, erectas, dividiendo luces,
pregonando linajes, la codicia
en las armas, la vanidad segura,
sellado el porvenir, las altas torres
al viento un desafío: este castillo. 

Antonio Carvajal

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