Muro fantasma. Sarah Moss. Sexto Piso. Precio: 16,50 €.
Muro fantasma. Sarah Moss.
Sexto Piso. Precio: 16,50 €.

Hará como una década que di, creo recordar que, guiado por el título, con una novela, Tierra fría, su estreno literario como supe después, de la escocesa Sarah Moss, nacida en Glasgow, criada en Manchester, licenciada por Oxford y profesora en Kent y Warwick.  Ahora ha llegado a mis manos, tanto tiempo después, la que creo que es su segunda narración vertida a nuestro idioma, Muro fantasma, igual de inquietante y turbadora, también con la arqueología y lo aterrador de la especie humana como trasfondo argumental, si bien aquélla limitaba con la ciencia-ficción y, en cierta medida, pues aparecía un virus asesino tipo covid con un poder anticipatorio sorprendente, con lo apocalíptico.

El título alude en esta ocasión, en contraposición al férreo y simbólico muro de Adriano, a una especie de empalizada que coronaban calaveras de antepasados con la que algunas tribus britanas de la Edad del Hierro trataban de defenderse, mágicamente, digamos, de los romanos. Y la historia toma como base, supongo, los hallazgos y posteriores estudios, a partir de mediados del siglo pasado, sobre todo en las turberas de Dinamarca, de la gente de las ciénagas, cadáveres convertidos en momias, previamente ejecutados, generalmente mediante torturas, antes de ser depositados entre la turba, donde se conservaron casi intactos.

De ahí la escena de obertura de la novela, tremebunda, que recuerda vivamente al hombre de Tollund analizado por el arqueólogo Glob, asfixiado con una soga, que aún tenía alrededor del cuello cuando se encontró. Asistimos, desde un narrador externo, objetivo —el resto del libro, unitario, apretado, sin división en capítulos, lineal con contadas e imprescindibles analepsis, se desarrolla en primera persona— a un ritual sádico en las ciénagas, al atardecer, entre serbales y abedules, con apariencia de ahorcamiento o de estrangulamiento, una agonía lenta, a modo de ofrenda a los pantanos, a los que se entregaban tanto «objetos sacrificados» como personas vivas.

Este impromptu violento, desligado en principio del argumento en sí, gravita, no se sabe si como eco del pasado o como funesta premonición, sobre la lectura, trepidante, de la narración, que nos llega a través de la protagonista Silvie, hipocorístico de Sulevia, nombre de una diosa britana de los manantiales y los lagos en Northumbria, antigua región sobre la que ahora ensayan, en un campamento veraniego, una vuelta a la vida prehistórica la narradora, junto a sus padres, un profesor de universidad y tres de sus alumnos.

El instigador de la «arqueología experimental», del juego de supervivencia a la intemperie mediante recolección de bayas, pesca y caza, a la manera de los antepasados de la Edad del Hierro, que se toma muy en serio, para tener «una vivencia auténtica», es el padre autobusero, mandón, intransigente, un gallito frustrado por estar todo el santo día pegado al volante siendo su ilusión una vida salvaje al aire libre, maltratador a mayores, a quien su hija, aterrorizada por su violencia opresora, define como «un fanfarrón dado a la brutalidad».

No menos importancia adquiere, pese a quedar en segundo plano por su actitud y diluirse su papel según avanza la acción, quizá justamente por eso, la madre, sumisa y abnegada, casi podría decirse que sometida por el ensañamiento continuado de su marido, laboriosa en extremo, discreta, que cree con firmeza que en una sociedad donde sólo cuenta la ley del más fuerte no merece la pena tratar de imponer tus criterios a los demás, sino resignarse, sin presentar batalla, a los designios de los otros, por injustos o absurdos que sean: «No hay que quejarse, no se puede evitar, no se gana nada montando un pollo». Bajo su apariencia medrosa, ha decidido refugiarse en sí misma y darse al prójimo en vez de luchar contra las imposiciones del memo de su marido.

En realidad, la novela son dos. Una de formación, en la que la narradora protagonista —al borde de la mayoría de edad no sabe si seguir estudios o ponerse a buscar trabajo— comparte con los jóvenes del campamento experiencias iniciáticas, lo mismo en la orilla del mar que junto a la caja registradora de un supermercado. Y otra con tintes de terror en la que el lector se sumerge en la trama, muy bien trabada, con fruición y buena dosis de suspense por conocer el destino que le espera a la joven Silvie, si el conflicto latente se quedará en una triste representación o bien se desencadenará la furia sin freno del progenitor y sus aliados masculinos del grupo. Ella piensa, y con razón, que al bestia de su padre, le encantaría «debilitarla y estacarla» en el pantano, así que no se sabe si la más que probable reconstrucción del ritual de sacrificio ofrecido a las ciénagas se limitará a la mera teatralización o la usarán sin piedad como chivo expiatorio.

Con la denuncia durísima del machismo imperante en las sociedades occidentales como telón de fondo, Moss enfrenta lo instintivo de la condición humana y su tendencia al abuso del poder, reflejado en lo atávico, primigenio y ancestral, esto es, la barbarie de la especie, con la civilización, aun en sus peores manifestaciones: la amiga y protectora de la hija oprimida, harta de las gachas de centeno y de la recolección de arándanos, ciruelas silvestres agraces, berros y raíces de lampazos, dice que «preferiría vivir en la oscuridad de una guerra nuclear con helado, patatas fritas de bolsa y crema suavizante que en una pureza primitiva con cereales medio molidos y entrañas de conejo».

La crítica anglosajona ha relacionado esta novela corta, que más que leerse se devora, con la literatura de Shirley Jackson y William Golding. A mi escaso entender tiene más relación con el terror psicológico de la autora del escalofriante cuento «La lotería» que con la terrible parábola de El señor de las moscas. Por mi parte, los paisajes fangosos, otra de las claves de la novela, me han llevado gozosamente a rememorar vagamente algunos poemas espléndidos de la literatura inglesa, de Seamus Heaney, por caso.

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