Una bella edición ilustrada por Andrea Reyes nos muestra la decantación De Christian Bobin hacia la sencillez: una declaración literaria.

La fidelidad a la tierra natal, un arraigo por añadidura en lo pequeño, en lo menudo, en lo que, en medio del tráfago diario, nos pasa desapercibido.  

La primera frase de Prisionero en la cuna de Christian Bobin, en esta edición acompañado con hermosas ilustraciones de Andrea Reyes, no puede ser más significativa —en realidad, dada la decantación extrema de sus textos hacia la sencillez última que nos cabe vislumbrar, acaso lo sean todas en sus libros—, es una declaración literaria, bajo una apariencia meramente espacial, en toda regla: «He vivido siempre en dos ciudades: Le Creusot y la ciudad que hay encima, entre las nubes». Por una parte, la fidelidad a la tierra natal, un arraigo por añadidura en lo pequeño, en lo menudo, en lo que, en medio del tráfago diario, nos pasa desapercibido. Por otra, ese vivir de la atención poética, permanentemente en las nubes, en un estado de escritura ceñido de continuo al lirismo de lo elemental, lo decisivo frente al estrépito del mundo, sin ninguna pretensión que nos impida «ver más allá de nosotros mismos» para así poder descubrir «el enigmático brillo de los días sin argumento» y los «regalos de lo invisible», la belleza infinita, y verdadera, de «la vida pobre de cada día».  

 

Prisionero en la cuna. Christian Bobin. Encuentro. Precio: 14 €.
Prisionero en la cuna. Christian Bobin.
Encuentro. Precio: 14 €.

En uno de los paseos de Robert Walser con su ejemplar editor Carl Seelig por los alrededores del sanatorio de Herisau, el peculiar escritor suizo le aseveró, si no recuerdo mal, pues cito de memoria, que «cuanto menor es el radio de acción de un escritor mayor es su longitud de onda». Tal vez por eso Bobin —a mayores anota que «cuando no hay nada que ver, los ojos se empiezan a abrir y las visiones se multiplican»— persevera en su escritura desde «un rincón perdido de Le Creusot», al parecer, en palabras del prologuista Jesús Montiel, en concreto «en el bosque de Saint Fernin, en un antiguo aprisco al que se accede por una senda de tierra», en medio de la naturaleza. De hecho, de entrada, se centra en la idiosincrasia de este municipio francés de «alma metálica», a donde nadie sueña con irse a vivir, lo que basta, a juicio del solitario Bobin, «para otorgarle a esta ciudad el sacramento de la belleza más indiscutible», pese a su entraña «plomiza», gestada bajo el martillo pilón de la industria del acero, si bien, al tiempo, es «una fortaleza de poesía» ya que «la ciudad de la que hablo no está en los mapas, solamente en lo invisible, donde yo vivo».

En la escena inicial comparecen como emisarios de la evocación jubilosa de su niñez, el leitmotiv del libro, con el eco del resplandor azul de las hortensias y el trino monocorde de un mirlo detenido en el tiempo, tres ángeles reservados a quienes el autor reconoce al instante: el «de las horas muertas», el «del corazón vacío» y el «del cielo pobre». Se sientan a su mesa y ya están a la nuestra para que gocemos juntos los manjares exquisitos, naturales, a fuer de simples y abajados, del territorio Bobin: los «palacios de luz y las catedrales de aire» que nos traen estas criaturas celestiales, así como «el sentido a la fugacidad de los días, ovillado en un abrigo de rudeza en el que he ido descubriendo poco a poco el forro de gracia», por usar otra expresión del autor. A partir de ahí, desde el refugio seguro de la lectura, con «los ojos puestos en el cielo», conserva y nos muestra su mirada candorosa, de chiquillo, sobre la realidad, incluso y sobre todo «en el corazón del aburrimiento, allí donde ya nada es aburrido», recluido en su habitación un tanto a lo Dickinson, cuyo descubrimiento gozoso refleja en una entrada: «me confirmó que no hace falta recorrer el mundo para vivir la vida con más intensidad».

Por lo demás, es el Bobin habitual, tan absorbente en su lectura como indefinible en las maneras, tan vibrante desde lo inadvertido, tan auténticamente poético sin sublimar ni impostar nunca, tan agradecido y revelador de lo mínimo —una nube panzuda, cinco dientes de león, las flores caídas de las acacias, el ala arrancada de una tórtola, una pintura romántica, la pureza de la escarcha, el piar de un gorrión, el perfume de un jacinto, las florecillas de las cunetas, una brisa leve, un copo de nieve, una mariposa…—, el mismo que descubriera hace años en Autorretrato con radiador y desde entonces he procurado seguir en la medida de lo posible, considerando la naturaleza de sus traducciones al español, en sellos de escasa difusión, acorde con su propia originalidad apartada de la literatura en boga.

El traductor, y firmante del sucinto prefacio, no puede ser más adecuado, pues el citado Montiel, como deja caer entre líneas, vendría a ser el Bobin español. O al menos aspirante a serlo, pues tal intención anima los breves libros, lleva dos, que ha empezado a publicar en Pre-textos. No sabemos si al cabo lo conseguirá, desde luego aunque el intento es muy loable, de momento, a mi escaso entender, a tenor de Sucederá la flor, el primero y único que he leído, creo que no, la afirmación vital con origen en la enfermedad de su hijo tiene un aire bobiniano, sí, pero es muy difícil reproducir ese clima, el toque Bobin, esa rara aleación tan pura que cuenta con un puñado de seguidores dispersos, pero acérrimos, aun estando su prolífica producción, decenas de narraciones fragmentarias cortas, poco traducida en español, gracias a editoriales con un empeño de muchísimo mérito, y completamente desparramada, como decíamos: Resucitar también en Encuentro, Un simple vestido de fiesta en Ardora, Las ruinas del cielo y Negro claro en Sibirana, Elogio de la nada en Presencia, La más que viva en Canto y Cuento, Geai en Pre-textos, El bajísimo o La presencia pura en El Gallo de Oro, entre los que conozco. Son libros muy recomendables para todos aquellos que «tienen una vida sencilla y muy hermosa, pero que terminan dudándolo porque únicamente se les propone lo espectacular». En verdad Bobin, mediante la igualación de lo cotidiano con lo eterno, nos la devuelve intacta en sus escritos, «como todo lo que nos causa alegría antes de perderse para siempre».

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