Armisticio (2008-2018). Ben Clark
Editorial Sloper. Precio: 12 €

En esta recopilación propia de versos escritos entre 2008 y 2018, los poemas están barajados y ubicados sin tabiques.

Estamos ante un poemario más que notable.

El nuevo poemario de Ben Clark, el que sucede a La policía celeste, que se alzó con el premio Loewe de 2017, es una antología como un río que se nutre de tres afluentes: los libros Memoría (2009), La mezcla confusa (2011) y una selección de los poemas que el autor ibicenco había ido publicando en revistas, fanzines, libros colectivos y redes sociales, de las que es usuario activo. Ha habido una poda y revisión, presentándolos sin las fronteras que delimitaban su origen, con un orden distinto que logra conformar un nuevo libro. Un orden, pese a no presentar secciones, pues los poemas se ofrecen de corrido, en el que resulta evidente el trabajo de composición del poeta para darle una nueva estructura, una sólida arquitectura interior, dotándolo de un sentido que sostenga este trabajo de reforma y puesta de largo.

El pedigrí literario de nuestro autor lo ha definido con mucha precisión Gonzalo Gragera: «A la generación posterior a los clanes, a la guerra de tribus, de la experiencia neorromántica y del hermetismo novísimo, pertenece Ben Clark, quien toma de esa corriente de Gil de Biedma, de José Hierro y de Ángel González su estilo, su escuela, aquella que un poeta de los años barrocos ya definió: la del verso claro y la del borrador oscuro». La cita de Lope de Vega se ve corroborada por el autor de Los hijos de los hijos de la ira cuando ahora escribe, a modo de poética: «un poema sencillo de entender / y difícil (difícil) de escribir». Nos habla de Juan Gelman y nos habla de él. En sus composiciones, de principios y finales rotundos, hay mucha más complejidad de la que parece a primera vista, están concebidas de una manera integral, son una unidad en la que ninguna parte es prescindible. Más allá de las citas explícitas que acompañan algunos poemas, aquí y allá se detectan referencias veladas a versos de otros maestros alternativos, como el propio Gelman, Claudio Rodríguez o Rubén Darío. El único riesgo que, en unos pocos textos, a nuestro entender, no es capaz de sortear, es el de la atracción por los relumbres del oropel de la inteligencia, sobre todo en algunos poemas breves, como por ejemplo en «TAE», que corren el riesgo de quedar en mero chiste. Son la excepción que confirma la regla, pues estamos ante un poemario más que notable, en el cual —como él mismo afirmase en una entrevista— «los poemas son cápsulas de tiempo y emoción, espacios a veces muy pequeños donde quedan encerradas cosas que, de otro modo, hubieran desaparecido».

En esta recopilación propia de versos escritos entre 2008 y 2018, los poemas están barajados y ubicados sin tabiques pero tienen una disposición nítida que resulta muy efectiva para la lectura como conjunto.

Comienza Armisticio, por decirlo con uno de sus versos, con una «oda a la juventud recién cortada»: el primer tramo trata sobre la infancia y adolescencia. Los niños de verdad parecen hombres viejos, un espectáculo circense es parangón de la vida, repleta también de promesas innombrables que al final quedan en nada: en el vacío de un descampado donde una vez estuvo la carpa bajo la que actuaron domadores y payasos, leones y funambulistas. «Omenage a Eric», el amigo que fue joven hasta el fin, perdido y encontrado y al fin perdido para siempre «y ya solo nos queda en este poema», supone el descubrimiento de la muerte, que en el paraíso salvaje de la infancia consistía en matar lagartos con tirachinas, hasta que un día se descubre la mirada de las víctimas y uno deja de ser el que era para siempre. Fin de esa juventud «que prometía ser más y que aquí acaba».

La literatura es la protagonista principal del siguiente bloque de poemas, en el que se resalta el valor y también las contradicciones de la palabra.  «Leemos/ para olvidar, / para ser veloces, / para que no / nos puedan definir las coordenadas», pensaba el niño al que no le gustaba demasiado la geografía, que más tarde llegará a tener a la poesía como un «lamentable» ejercicio contra el miedo, tan inútil como una estatua de glorieta, pero humano, «y en ser humanos somos los mejores / por mucho que le pese a la robótica». Quién pudiera vivir fuera de los libros, se lamenta o celebra Ben Clark, igual que todos los letraheridos. Se incluye aquí uno de sus poemas más célebres, puesto que se viralizó en redes sociales, titulado originalmente «El fin último de la (mala) literatura», y que ahora aparece como «El poema viral».

La última estancia que percibimos en este libro de nueva construcción se ocupa temáticamente de la adultez biográfica, con algunos homenajes y un buen puñado de poemas amorosos. Textos de afirmación vital y que ven llegar e irse a la alegría, que exhiben la aspiración, si no a la felicidad, al menos a alcanzar la categoría de ser humano. Se compara la poesía a una de esas enfermedades del olvido, oponiéndose a ambas palabras: «papel sobre papel y papel». Es la edad de las pérdidas, la de lo inesperado que canta y emprende el vuelo para nunca regresar, la que nos muestra ya sin afeites «cuánta muerte se esconde en la belleza». Se cierra así, con la implícita asunción del ser adulto, el libro. El niño y el joven han depuesto las armas. El hombre ha pactado con la existencia.

 

Omenage a los poetas II

Los he visto en invierno, marcando con sus lápices
las farolas que llegan siempre tarde.

Hoy han escrito tanto
que la vida de cada uno no basta
para leer lo escrito en este día.

Los estoy viendo ahora descender
entre humo y risas roncas hacia el río:
sobre todas las cosas admiran la corriente,
su forma de escapar, su transparencia.

Nunca hablan de sus obras ni de sus miedos íntimos;
hablan de porno y sexo sin preguntas,
de beber, de aquel sueño juvenil
que cada uno apagó para poder
estar allí sentados en la orilla.

CON

Con el amor precoz de los veranos
que guardo bajo llave en las escápulas,
con una honestidad imperturbable
y extraterrestre, siempre,
con todos los tesoros que no tengo
y con el canto dulce de la orilla,
con el pulso constante de las rocas
y con lo que no rima y con las cosas
que suenan demasiado y los silencios
que a veces sobrecogen,
y con una esperanza maternal
y con la piel y el pelo y con los ojos
de todos los pintores que han vivido.
Con la pura verdad y las mentiras,
con todo lo que quise ser un día
y con esto que soy hoy, te he querido.

Ben Clark

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *