Consuelo de la filosofía. Boecio, Acantilado, Precio: 14 €.
Consuelo de la filosofía. Boecio
Acantilado, Precio: 14 €.

Boecio ataca la infamia, las apariencias, la ignorancia, la avaricia, la injusticia, la incompetencia, la corrupción, el olvido de sí, la maldad, en suma.

Desde la cárcel, a la espera de su ejecución, Boecio se enfrenta a su propia filosofía, a la veleidad de la fortuna, propone preguntas y obtiene algunas respuestas.

Tengo para mí, seguramente de manera errónea, que la filosofía está obligada a suscitar preguntas, pero puede desentenderse de brindar respuestas, tarea en principio reservada a la religión y a la poesía, si bien la frontera entre ambos cometidos suele ser muy permeable, sin contar con que, a mi juicio, quien se pregunta, aunque no la tenga y sepa que nunca podrá alcanzarla, está ya en la respuesta. Hay libros, desde luego, que rebasan mi intuición, en los que la filosofía procura sacarnos del atolladero vital en vez de atribularnos con interrogantes existenciales y ese es el caso paradigmático de Boecio, autor nacido hacia 480, cuando Odoacro, rey de los hérulos, liquidó nominalmente el imperio romano de Occidente, una época de la historia que presenta evidentes similitudes con la actual.

Además, librándose de entrada de la poesía —llama a las musas, perniciosas como sirenas, prostitutas teatrales, incapaces de aliviar el sufrimiento humano, antes bien las acusa de acrecentarlo con su «dulce veneno», de inocular la enfermedad de los afectos, sin su antídoto de razonamiento— mediante un poema elegíaco en la línea de Tristia de Ovidio, Boecio, en la cárcel, en espera de su ejecución, se enfrenta en Consuelo de la filosofía a su dicha perdida, mientras desgrana motivos como la infiel e inconstante, arbitraria Fortuna, la tiranía, la tristeza unida al dolor, lo inestable de nuestra condición o la angustia mortal, para converger, tras su aparición previa en paralelo, con rostro venerable y mirada clarividente, rebosante de energía vital, en una exaltación epifánica de la Filosofía, guía inspiradora y «maestra de todas las virtudes», antes de embarcarse en un diálogo platónico con ella, en realidad monólogo interior con desdoblamiento, para que disipe las nubes de su aflicción, termine con los lamentos y le procure, nos procure, remedios, gracias a la sabiduría, el alimento espiritual salvífico del hombre, tan olvidado en estos tiempos de preponderancia del espectáculo banal y frívolo.

En este testamento filosófico mezcla de prosa y verso, con aire panteísta, Boecio, el último de los romanos y el primero de los medievales, denuesta, aunque aplica algunas y las sigue en un apartado del libro, las enseñanzas de estoicos y epicúreos, se inclina claramente por las doctrinas académicas y peripatéticas, por la lógica, hasta desembocar en una escolástica un tanto farragosa, en su perorata contra la infamia, las apariencias, la ignorancia, la avaricia, la injusticia, la incompetencia, la corrupción, el olvido de sí, la maldad, en suma; a favor de la ecuanimidad, la paciencia, la generosidad, el amor, la honestidad, la agudeza, la bondad, la admiración, lo ejemplar o el bien en su amplio sentido, que prevalece y triunfa sobre el mal, un castigo en sí mismo. Una lección, una consolatio filosófica de la enfermedad de la existencia y del mundo que bajo ningún concepto deberíamos echar en saco roto.

Para Boecio, y cuánta razón le asiste, no valen un ardite los cargos, los honores, las riquezas, la gloria o la fama, le gustaría volver a la Edad de Oro, como a don Quijote once siglos después, pero ante la imposibilidad manifiesta nos invita a recobrar la serenidad, a sosegarnos en la escucha de la Filosofía, capaz de resolver antinomias y discordias para encauzarnos hacia la verdadera felicidad, que es la virtuosa y la del justo medio. Su definición de filosofía: «es el amor a la sabiduría, que es aquel pensamiento vivo, causa de todas las cosas, que subsiste en sí mismo y solo necesita de sí mismo para subsistir. Al iluminar el pensamiento del hombre, la Sabiduría lo ilumina y lo atrae hacia sí por el amor» es imbatible. Consciente de nuestra fragilidad e insignificancia, lo que nos hace estar en manos del destino y la divina providencia, receta como corolario, pese a la libertad de elección de la voluntad, la necesidad de Dios, el pensamiento puro, principio de todo y plenitud suma, perfecta.

Los clásicos nunca pierden vigencia, conviene revisitarlos para entender el tiempo que vivimos, por eso siempre son bien recibidas nuevas traducciones, como la que nos ocupa, máxime si se debe a un latinista de pro como Eduardo Gil Bera, por eso en estos tiempos de autopistas digitales para nativos y de turbocapitalismo desbocado, me ha entrado, releyendo a Boecio, hasta cierta nostalgia del trívium medieval (Retórica, Gramática y Dialéctica) que tan bien domina este pensador en su escrito, por contraste con el galopante analfabetismo funcional de la muchachada de la Eso y del Bachillerato, incapaz de expresar con un mínimo de coherencia y cohesión textual cualquier pensamiento, de haberlo.

Afirma el ensayista, poeta y cardenal portugués José Tolentino Mendonça en El pequeño camino de las grandes preguntas que «tal vez ninguna otra pregunta nos encuentre con las manos tan vacías como el sufrimiento» y apostilla más adelante que «hay un momento —el del dolor extremo, el del sufrimiento incurable, el del luto lavado por copiosas lágrimas— en que nada nos consuela». Pues bien, para paliar, en la medida de lo posible −tal como consiguió, que sepamos, con Dante tras la muerte de su idealizada Beatrice Portinari−, el desamparo en que nos sume esta certeza escribió Boecio, aunque cuando responde a una pregunta surge otra y así sucesivamente, sus consolaciones hace unos quince siglos. Parece que fue ayer.

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