Vinum laetificat cor hominis” (Eclesiastés)

Del verbo latino colo (infinitivo: colere) provienen los vocablos españoles cultura y agricultura. La cultura es el abrigo protector con el que el hombre, -el heterodoxo de la creación nacido prematuro-, ha de protegerse, pues nace incompleto y precisa defenderse de la intemperie, de la menesterosidad en la que nace. Es el rey mendigo de la creación.

Solo el hombre crea cultura; un logro que secularmente habilita, hereda y trasmite para llenar los vacíos esenciales y que ha de ir cumplimentando para deambular por este pequeño planeta. Los llamados seres inferiores, los brutos, nacen protegidos por la mecánica biológica y salutífera de la genética, bajo el dominio de los genes. A los llamados seres superiores o divinidades  la totalidad  los envuelve y se hallan ausentes de vacíos, pues si estos existieran perderían tal don, dejarían de ser dioses. El espacio intermedio lo habita el ser humano, un ser que ha de habilitar mecanismos necesarios para cumplimentar la escasez y limitaciones que aportan los genes, es decir, ha de crear memes culturales. Ha de crear cultura. El ser humano, pues, está condenado a cultivar y a compensar sus carencias, sus vacíos. Desde los inicios de la especie humana ha de conjugar el verbo colo. El ser humano se convierte en un cocreador, puesto que es social. Y esta creación que colectivamente  habilita nunca es ex nihilo, desde la nada, pues recibiendo un barro cultural heredado, ha de avanzar en constante desarrollo y trasmisión.

De las diversas manifestaciones culturales una sobresaliente y determinante es la agricultura. Actividad cultural primaria y que va más allá de la etimología; por lo tanto, cultura y agricultura liban esencias antropológicas filogenéticamente recibidas y ontogenéticamente manifestadas. Y fruto de la actividad agrícola, tras 80 siglos de historia y fuerte vinculación con la cultura occidental, se presencia y vincula, también filoontogenéticamente, con el vino.

Museo Vivanco
Museo Vivanco. Foto: Epicuro

A esta realidad antropológica se abisma “la familia Vivanco”, tras cuatro generaciones.En sus orígenes, tras la humilde  producción y comercialización del vino arranca en el empeño Pedro Vivanco González, el bisabuelo. El compromiso lo continúan Santiago Vivanco y Felisa Paracuellos, los abuelos. Y el impulso definitivo lo obra Pedro Vivanco Paracuellos, el padre. El futuro y la continuación corresponden a Rafael y Santiago Vivanco, los hijos. De este modo, se presencia una dinastía, “la dinastía Vivanco”, que humildemente, -sí, de modo humilde y valga aquí, también, el origen etimológico de la palabra humilde, de humus (lat.: tierra). De este modo, la familia Vivanco siente la vinculación del ser humano con la tierra, del vino con la vida, y mantienen la necesidad de una convivencia de siglos. Una convivencia afirmada en nuestra  cultura occidental y en el modo de ser hispano. Con esta tensión dual, hacia abajo: la tierra y hacia arriba: el vino, la  bebida de dioses y de seres humanos, Rafael y Santiago se enraízan en las entrañas de la tierra y se presencian en los hogares, sabedores de que lo que no es tradición es poesía; es decir, es cultura y experiencia, es memoria.

La familia Vivanco, pues, integra en torno al vino a la agricultura y a la cultura en la doble dimensión que el verbo de origen concede y sin afán de definir o de separar ambos términos, pues solo se puede definir lo que no tiene historia(Nietzsche) y separar lo que no tiene vida. Y en este caso hay vida y vino.

En más de 300 hectáreas propias se diseminan variedades de uva. De esta pluralidad mana una marca con personalidad que se identifica en: “Bodegas Vivanco”. Y esta identidad se refuerza, desde 1998, con la creación del Museo Cultura del Vino y, en el 2001, con la Fundación homónima destinada a difundir en lo que creen, la unidad del ser humano y el vino, de la agricultura y la cultura. En esta unión se cumple lo soñado por Pablo Neruda: “vino encaracolado/y suspendido/(…) /nunca has cabido en una copa/en un canto, en el hombre”. No se trata de que vaya más allá de la humana dimensión, pues proviene del entorno cultivado por el hombre y se adentra en la silueta humana, en su dintorno. Y ambos, vino y persona, inician la polifonía que conllevan los viajes de la vida.

Museo Vivanco
Museo Vivanco. Foto: Epicuro

Así pues cultura y vino, creaturas humanas, se concitan en un espacio, Bodega-Fundación Vivanco, en Briones (La Rioja), y dan cuenta de la brega de una familia que además de los esfuerzos en vinicultura ofrecen una colección mono-bibliográfica de 9000 títulos, así como documentos archivísticos, fotográficos y literarios específicos. Un corpus documental al que se debe agregar numerosas piezas artísticas, escultóricas o pictóricas, así como otras de carácter etnográfico y etnológico. Una instalación museística de 4000 metros cuadrados, diseminados en 6 salas, da cuenta del compromiso aquí expresado. El objetivo es mostrar la unión entre la cultura y el vino con su mentor, el ser humano. Una unión que supera los 80 siglos y que es una justificación civilizadora que ha contribuido al proceso de la humanización y a la continua juvenilización cultural. El vino es creación y comunicación, es humanismo. El conjunto museísticodocumental se complementa con un jardín botánico monográfico de 222 variedades de cepas, expresión de universalidad, del carácter poliédrico y polifónico que subyace en la relación cultura-vino.

El compromiso de la familia Vivanco, pues, es con el ser humano. Y este compromiso se ha reconocido en numerosas ocasiones en el ámbito nacional e internacional. De este reconocimiento se destaca la condecoración como “El mejor proyecto etnoturístico internacional” en el 2004 y en el 2007 la UNESCO lo declara como el mejor museo de la cultura del vino a nivel mundial.

Durero, Miró, Picasso, Ribera, Mantenga, etc., escancian barricas a sabiendas de que “el vino es inseparable de la vida” (J.P.), de que el vino emanado de la tierra ha venido a los brazos de la raza humana para mejorarla (A. Cunqueiro). Estos y otros creadores refieren que el vino brota mineral izado de la tierra, que embrida sus raíces en el barro y se ramifica aéreo mientras recibe las dádivas del rocío y las llagas del sol para manifestarse al amparo de la tradición y de los sueños.

Tanta riqueza acumulada es la que tensiona el quehacer y empeño de la familia Vivanco para, entre creaciones y exposiciones, dar apoyo a la investigación mediante convenios con entidades educativas (universidades de Valladolid y La Rioja)  a través de el “Aula Pedro Vivanco”; así como el desarrollo de colaboraciones con medios relevantes de difusión o el sostenimiento de convocatorias literarias, exposiciones itinerantes y el apoyo a investigaciones arqueológicas. La intensa actividad de la institución “Bodega-Fundación Vivanco” genera la convocatoria de miles de visitantes anuales que se concitan en el lugar buscando un relato antropológico, la vinculación cultura-vino, suficiente para declarar este eutopos como el primer destino turístico de La Rioja. Un destino atractivo por su singularidad  que una vez  alcanzado por el viajero a este sólo le resta susurrar: “que corra el vino hasta hacernos sabios” (C.Marzal).

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *