“Como si estuvieras en la parada del autobús esperando a la muerte”.

Con este título presenté mi primer trabajo −mis credenciales, se podría decir− para el primer número de la revista LEER, cuya andadura empezaría en mayo de 1985, en la antesala de la Feria del Libro de Madrid.

Entonces −como diría Steve Mcqueen− me pareció una buena idea e, insuflado de la literatura del escritor americano, además,  una metáfora bastante aquilatada del relato de una vida desparramada entre la realidad y ya un buen número de libros.

Todavía Bukowski no era muy conocido en nuestro país. Yo compraba sus libros en la libreria El Aventurero, pegada a la Plaza Mayor, dentro de la colección Contraseñas de la editorial Anaprama. Lo cierto es que iba buscando Moravagine de Blaise Cendrars, libro que habla leído en una edición prestada por un amigo poeta. AI no encontrarlo, hasta mucho más tarde no salió una edición del libro, en Alfaguara, sucedieron dos cosas: el retraso en la devolución del libro prestado (creo que nunca lo hice, devolverlo me refiero) y la compra de la obra traducida al castellano de Charles Bukowski.

Gracias a Moravagine pude escribir sobre Bukowski y presumir de un título que pensaba todo un hallazgo. El resultado fue que el director de la revista −avezado periodista−, tras elogiar el contenido del artículo,  tachó el título y lo sustituy6 por uno más directo y efectivo: “Bukowski, borracho, millonario y genial’’.

No hubo frustración, sino enseñanza; la primera real en un territorio desnivelado del lado de lo literario. Tenía razón mi, en lo sucesivo, buen amigo, Heriberto Quesada, los hallazgos −y, a todas luces, Bukowski lo era, aunque por poco no fui yo el primero en escribir sobre el autor que me había tenido ocupado las últimas semanas: a buen seguro, para mí era un gran hallazgo− tienen que llegar al lector del modo más directo posible. No hay que ocultar la intención con ocurrencias felices, por más literarias que nos parezcan o incluso ingeniosas. Se corre el riesgo de perder el impacto y el interés. Desde aquel día me acostumbré a añadir a la perspectiva literaria un claro tamiz periodístico, basado en fa información y el servicio al lector como premisa.

Tamo es así que, releyendo el articulo más tarde −hace cinco años con motivo de la celebración de los 30 años de la revista−, releyéndolo ahora, he llegado a la conclusión de que le quedaba bien el título sobrepuesto del director: pero, en todo caso, sin olvidarse de la metáfora para interpretar una obra literaria o, si cabe, una vida literaria. Porque la vida de Bukowski, celebrada en la vida novelada de su alter ego, Henry Chinaski, fue una vida literaria convertida en obra literaria.

La literatura con frecuencia exagera la realidad, o la reduce hasta tal punto que da la sensación de que todo es fantasía o mentira, fabulación, precisamente, para llegar a la altura de esa realidad, situándose a su nivel de dureza.

Bukowski tuvo el acierto (su destino estaba escrito en las camas mugrientas de los antros donde tenía que pernoctar, en los autobuses sin más destino que la muerte o la degradación, en el sexo, en los trabajos esporádicos y mal pagados, en los caballos que corren en hipódromos de falsas esperanzas, en las pisadas del caminante que no quiere dar marcha atrás, no puede dar marcha atrás, en las resacas) de incrustarse en la du- reza de esa realidad y exagerarla para hacerla soportable o, al menos, hacérsela llevadera a su personaje, Henry Chinaski.

Las anécdotas de su vida, sus múltiples oficios, el alcohol, las carreras de caballos, las apuestas, la lucha por colocar un relato, el propio relato; se convierten en la metáfora de su vida. Henry Chinaski experimenta esa vida al máximo, regocijándose en la miseria, la continua borrachera, fas mujeres sin espectativas. Bukowski vive y escribe desde la metáfora propiciada por su talento literario, escribe, bebe e imagina mundos en los que el mundo es el que es. se hace millonario y se sienta a esperar a la muerte, quizá en la parada del autobús, quizá en una pensión de mala muerte, follando y bebiendo, nunca en un hotel de lujo. Chinaski actúa, es el protagonista del reportaje en blanco y negro. Bukowski observa: el mundo pesa demasiado como para dejar de beber. Su dipsomanía no deja de ser una metáfora, por más que la realidad se empeñe en demostrar lo contrario.

A veces sueño que no han transcurrido estos 35 años y que me dirijo a la librería El Aventurero para reencontrarme con Bukowski y me doy de bruces con Factotum, el libro que me abrió puertas insospechadas en el terreno literario desde la negación del artificio en aras de la claridad de la palabra; pero a medio camino me doy la vuelta porque a estas alturas ya sé que Bukowski es único y adictivo y que, si no quieres convertirte en un adicto o un epígono, debes disfrutar de él en pequeñas dosis y dejarlo descansar o se corre verdadero peligro.

Así pues, hago votos para no tener que leerlo hasta dentro de 35 años.

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