Activismo frente a un orden pasivo: el sueño futurista de un escritor moderno, europeo y universal.

Una historia real (Misericordia) y dos cuentos fantásticos (Celín y La Novela en el Tranvía).

Pasado

Misericordia (1897) es una novela que se desarrolló en una ciudad imperial; una ciudad que, a pesar de haber estado bajo el poder y control omnímodos de la Monarquía conservadora de la Restauración, se encontraba ya al borde de la quiebra. Y Celín (1887), cuento fantástico, se desarrolla, por contra, en una ciudad moderna, es decir, una ciudad en pleno proceso de transformación. Ambas ciudades son Madrid, aunque en el cuento no se presente al descubierto, sino bajo la capa de un sueño que la hace llamarse Turris. Ciertamente, se trata de dos espacios urbanos (dos realidades) contrapuestos, por no decir que uno “emerge” de otro (Turris de Madrid), independientemente de que Misericordia fuese escrita antes de que publicara el cuento. Esto es porque el Madrid de la novela es el de una ciudad decimonónica, sujeta al antiguo orden y estructura clasistas e inamovibles de la sociedad de la época.

Más que decir que los edificios, las plazas, los monumentos, las iglesias, las calles, etc., se encuentran en un sitio fijos, son las personas las que, como autómatas conducidos por un imán poderoso, vuelven cada día a su lugar, y repiten enceguecidos sus costumbres, morales, laborales, lúdicas, económicas, dependiendo, por supuesto, de su condición social, religiosa, sexual o política.

Desde el principio se ve que “tiene la parroquia de San Sebastián […] dos caras […]: con una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel” (Benito Pérez Galdós, Misericordia, Cátedra, Madrid, 1993, pp. 61-62). La Iglesia, presentada como institución que procura egoístamente su bien prometiendo paraísos ultraterrenales (no siempre espirituales, antes bien fiscales y sin el cuidado de sobrepasar la propia geografía nacional), si las personas se acogen a su credo, no cambia de lugar. La Iglesia se orienta alegremente todos los días hacia los dos espacios opuestos de la sociedad; edificio sólido regentado por almas que aún lo son más, es decir, resistentes al cambio de su propia y vacía materia espiritual. Y a las personas que rodean el feliz templo, les separa el portón (y esto es lo que ahora interesa) de quienes entran diariamente; pero ambos ocupan sus respectivos puestos, por fuera y por dentro, cual si de las estrellas del cielo se tratara. Benina, por ejemplo, una vez se atrevió a pedir limosna pensando en que sería la única, “pero no podía por menos de llegar y permanecer allí hasta la muerte por ley social, económica” (IX, 119). Don Carlos Moreno Trujillo, el capitalista devoto y tributario de Dios, da muestra de la “rutinaria costumbre”, pues “entraba siempre por la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin que hubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en los treinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de la Plazuela del Ángel” (II, 70). Más adelante se lee: “despacito recorría todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasión se alteraba” (ibid). Y también se advierte el empobrecimiento progresivo y estancamiento de don Frasquito Ponte, al que “la miseria le apartó de sus antiguas amistades y relaciones. Y así como su cuerpo se momificaba, su pensamiento se iba quedando fósil” (XVII, 163).

 Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Eposición
Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Exposición «Benito Pérez Galdós. La Verdad Humana» (Madrid. Centenario).

Son evidentes ejemplos del estatismo propio de una ciudad terroríficamente real de finales del siglo XIX, donde los sueños e invenciones creadas pueden servir para evadirse y, lo peor, sin llegar a ninguna clase de acción que cambie el estado naturalmente impuesto, bien porque la fe en un mundo mejor de personajes como Nina (Benina), consiste en el solo esperar, “aunque no había visto ningún milagro esperaba verlo algún día”, bien porque esa fe se basa en la elaboración de conjuros y fórmulas supersticiosas −como pretende el ciego Almudena−, para que el Rey de baixo terra escuche sus demandas (XII, 137).

Pero, también, la realidad en la que se espera que tales sueños se cumplan, sería insuficiente, como se observa en la egoísta esperanza de doña Paca en un sortilegio, a través del cual se pregunta si no sería posible que “todo eso que en el mundo está de más en tantas manos avarientas, viniese a las nuestras que nada poseen” (XIX, 183). El quietismo de los que habitan esta ciudad apabullante fortalece sus arraigados cimientos. La protesta arbitraria en corrillos casuales, no organizados; la crítica, que se agota mordida en los labios, la libertad de expresión, constreñida a lo solamente expresivo de una mueca disimulada, dirigida apenas hacia el polvo del asfalto.

La invención por parte de Benina de la existencia de un cura llamado don Romualdo, de cuya casa dice ser asistenta para justificar ante su señora el dinero conseguido mediante la caridad pública, es una ilusión que termina haciéndose realidad en beneficio de la familia de doña Paca; mas, para Benina, tal realidad constituirá todo un infortunio porque ella no sólo ya no es útil para la familia, sino que, para colmo, pretenden meterla en el asilo de la Misericordia. A pesar de que Benina es rechazada, preferirá seguir pidiendo limosna y no trabajar.

Sólo será el pueblo trabajador, es decir, el que ha adquirido conciencia de clase, el que emprenda la labor desintegradora del sistema reivindicando sus derechos, es decir, alterando el orden establecido por el despotismo de los patronos, de los empresarios. En Misericordia leemos que “los artistas piden las ocho horas” (XV, 153), lo que viene a convertir Madrid en una ciudad en pos del cambio, pero sin el cambio, porque las cadenas que aún sujetan la estructura de la ciudad no han terminado de oxidarse. El activismo que se insinúa aún no hace temblar ni desfigurar el cuerpo orgánico de la ciudad.

 

Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Eposición
Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Exposición «Benito Pérez Galdós. La Verdad Humana» (Madrid. Centenario).

Pasado y Presente

Por el contrario, la ciudad de Turris que se presenta en Celín, es una ciudad, como se dijo, en transición, convulsa, agitada, revuelta. La vieja fotografía que congelaba la imagen de la urbe y de sus habitantes, es ahora un filme de elementos en movimiento, con un discurso y una narrativa propios, sin criterio unívoco, con un fin alternativo. En realidad, se trata de una ciudad movible, producto formidable de un sueño fantástico, de una alegoría perfecta. En efecto, aparece descontrolada, turbia, el orden de los factores materiales, sociales y morales varía, no se sujeta a consigna alguna. Tal descontrol resulta ser paralelo a la crisis moral y emocional que atraviesa la joven y futura esposa del marqués de Polvoranca, Diana, por motivo de la muerte de su amado que, dentro del cuento inverosímil, se constituye en símbolo de la extinción del antiguo orden, de la vieja normalidad que inútilmente pretende subsistir, mas es polvo que se lleva el viento. ¿Por qué? Pues porque es a partir de esa muerte cuando la hija del marqués de Pioz, la mencionada Diana, experimenta una serie de aventuras alucinantes que llevarán a despegarse de la idea de que es en mejor vida (se quiere suicidar) y no en ésta, donde existe la posibilidad de que la “humana existencia” deje de ser “una esclavitud cuyas cadenas son la grosería y la animalidad” (“Celín”, en BPG, Cuentos fantásticos, Cátedra, Madrid, II, p. 239). Para alcanzar semejante pensamiento habrá de llegar a una serie de estadios que, en progresión ascendente, terminen logrando el desquite de tales cadenas. Si en Misericordia no se llega a semejante consumación porque se trata de una sociedad anacrónica y estática, donde cabe la fatal decisión de acabar con la propia vida creyendo que no hay salida, es ahora en Celín donde se advierte que el final, sucesor de un largo sueño, es el Porvenir, labrado y amasado, conquistado, adquirido por derecho. Es el futuro anunciado desde que Diana se lanza a la calle para matarse; es “el despertar en la vida inmortal y luminosa” (II, 241). El suicidio no se produce, pero el sueño, que agiganta su ánimo y esperanza, pretende materializarse haciéndose real.

En Misericordia, por otra parte, edificios como la parroquia de San Sebastián, permanecen inamovibles, así como los bancos y las tiendas, a donde se dirigen con una orientación pasmosa los acaudalados transeúntes. Además, la Guardia Civil no tiene problemas a la hora de pescar a los mendigos que se instalan pertinaces a pedir limosna en las calles muy bien situadas dentro del espacio urbano. Aceptan el plan pergeñado por el sistema, pues ir esposado al calabozo o conducido al hospicio por las figuras del Orden, dada la condición de vago, incapacitado, inadaptado, o “maleante”, podría garantizar un mendrugo de mohoso pan que llevarse a la boca. Si la fraternidad y la lucha por la conquista de derechos sociales para los más vulnerables tardan tanto en conformar una resistencia común con la cual satisfacer el estómago del pueblo entero, al menos en nombre de la caridad cristiana, muchos aceptarán la satisfacción fugaz de su solo estómago. Para llegar de un Madrid a otro habrán de pasar muchas cosas que atraviesen la conciencia de los personajes desposeídos de Galdós.

Mientras tanto, todo está en su sitio y, aún más, si los mendigos son llevados al hospicio por ciertas fuerzas de aquello que entonces llamaban (y aún hoy llaman) Seguridad. En cambio, en Celín lo único que puede ser conducido hacia un fin preciso es la voluntad de “la sin par damisela” del cuento, quien, de ser “una señorita muy bien vestida”, pasa a perder su elegante atuendo y a pensar en lo “tonta que es la gente ilustrada”, pues “Allá, en Turris, usamos tanto faralá inútil, tanto trapo que sofoca, además de desfigurar el cuerpo…” (VI, 265). El encontrarse con un personaje tan inverosímil como Celín (niño pobre que se transforma asombrosamente en un bello y robusto adolescente) durante la travesía por la ignota Turris, va a propiciar un cambio de mentalidad en la joven (cfr. Alan E. Smith, Los cuentos inverosímiles de Galdós en el contexto de su obra, Anthropos, Barcelona, 1992, p. 95).

Pero en esa transformación radical, confluyen otros elementos indispensables que, de no existir, impedirían una feliz resolución. Se trata del estado de cosas que se encuentra en esta ciudad futurista, progresista. Aquí no hay iglesia cuyas puertas miren al barrio pobre porque “los barrios del Norte se trasladan inopinadamente al Sur” (III, 242). Esto es porque “la ciudad de Turris se mueve” (íbid); y no hay quien encuentre por sí solo una calle o un edificio concretos, pues se desplazan y cambian de lugar: la Plaza de Toros, la cárcel, las dependencias de la Guardia Civil, la Dirección de Infantería, el convento de Padres Capuchinos Agonizantes, etc. A pesar de que el centro de la ciudad, el centro de Poder, se resista al movimiento, el narrador nos presenta una Turris cuyos edificios representativos de las rígidas estructuras del sistema, se tambalean, así como las calles y recodos donde se sitúan los “cuadrilleros del Orden público” que, aun estando “plantados en las esquinas, como estatuas” (III, 244), son transportados por las aceras movibles. Y ya no son los obreros los que simplemente protestan como pasaba en Misericordia, pues ahora son “las fábricas monstruosas con altísimas chimeneas” las que pasan también “como escuadrón que marcha al combate con los fusiles al hombro” (íbid). La protesta se ha trocado en revolución efectiva contra las condiciones a que les someten los patronos.

No está de más la referencia que hace de los ríos de ambas ciudades en cada caso, pues en el Madrid de Misericordia, el Manzanares, se dice, es rodeado por Benina en dirección al “arrabal llamado de las Cambroneras”, que se encuentra a su izquierda y a cuyas aguas van a desembocar las de “alcantarilla” que están “negras de tinta” (Misericordia, XXVII, pp. 225 y 228). En Turris, por el contrario, el río Alcana varía de curso y no hay quien lo ubique en la ciudad, aunque allí va a parar un “sinnúmero de arenas de oro” (Celín, III, 247) que los turriotas explotan. Las líquidas arterias del noble elemento, las que proporcionan vida natural a la ciudad, escogen su propio curso sin atenerse a ningún viejo parámetro o caudal que satisfaga sólo a unos, y no a otros.

 

Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Eposición
Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Exposición «Benito Pérez Galdós. La Verdad Humana» (Madrid. Centenario).

Si a todos estos cambios físicos y formales, estructurales, de un dinamismo claramente simbólico, producidos en la ciudad de Turris y no en el Madrid de Misericordia, le sumamos la transformación mental y moral de Diana durante su contacto con Celín (mentalidad que don Carlos Moreno o don Frasquito Ponte no tienen), advertimos que todo lo que está pasando viene dado no sólo por un sueño que justifican los asombrosos acontecimientos narrados, sino también por la sutil intuición del novelista de que la destrucción de ciertos valores de la moral burguesa, caduca y estática, acomodada en su cosmografía urbana e institucional (próxima siempre a su radio de acción y de control y, aún más, sedada en el muelle social del conformismo y la inacción), estaba a punto de producirse. El desmoronamiento de su obscena normalidad está a punto de suceder. Éste, además, no podía llevarse a cabo sólo a través de una revolución o alteración sustancial del orden social, sino a través del Amor como máximo motor que transforma la voluntad del hombre. En Misericordia hay amor −el de Almudena por Benina y el de Benina por todos los que necesitaban su ayuda−, pero no hay Revolución; y no hay revolución porque no hay Educación y Concienciación; y no hay educación porque a los que pueden facilitarla, sostenerla y desarrollarla formativa y económicamente, no les interesa. Y, en fin, no les interesa porque no sienten Amor, el amor que, como responsables del Gobierno de su país, deberían sentir, deberían tener y fomentar. En Celín, antes se dijo, Diana es conducida hacia su transformación moral por mediación del amor, que primero siente por el huérfano y desamparado niño y después por la “arrogancia y hermosura de su compañero” (VII, 271). En realidad, es algo parecido a lo que sucede en la novela de Galdós, El Caballero Encantado (1909), donde, a partir del amor que Tarsis siente por Cintia, el joven experimenta un proceso de purificación, pasando de la prepotencia a la humildad, del estoy por encima al estoy a tu lado.

De otra parte, durante ese cambio que va sucediéndose en Diana, la propia joven presenciará un auto de fe, algo que parece propio del siglo XVI, y que va acompañado de una fiesta en la ciudad: van a quemar a setenta personas entre judíos, blasfemos, falsificadores y sargentos. Se trata de personas en donde se mezclan distintas épocas y, al mismo tiempo, este auto de fe es símbolo, utilizando palabras de Alan E. Smith, del “fanatismo que se cebó en tantos inocentes tres siglos antes” (cfr. op. cit., p. 62). Diana, en la inercia del olvido de su pasado burgués, no podría por menos que decir que siente lástima por la “animación y la alegría de Turris” (V, 254). Y es que el cambio que se produce en el corazón de Diana en una ciudad que todavía tiene un edificio de la Inquisición, donde se hacen torneos medievales y existe un barrio de judíos, no puede ser ni más ni menos que una transformación a muerte. Suerte que el divino Celín le impide semejante final. Los reductos ponzoñosos del primer feudalismo que se entrelazaron y sumaron al más tardío medievalismo, no se extinguieron fácilmente en el tiempo ulterior, ni a las puertas del siglo XX, sino que con paso lento pero implacable empezarían a tomar efecto las vacunas del Conocimiento y del Amor.

El futuro que Galdós visualiza es de este perfil, porque al “informal” río Alcana, “de variable curso” (símbolo de Vitalidad, Amor y Libertad), le intentan sujetar y encadenar, porque la que fuera hija única del marqués de Pioz se debate entre la soga social, a la que le ataba su posición, y la nueva realidad que la arrastra con Celín quien, como él mismo dice “es la vida, el amor honesto, fecundo” (VII, 271). Ambos factores terminarán rompiendo en la conciencia de la damita todo asomo de recato y vergüenza ante su hermosa figura.

Si hay algo que Misericordia y Celín tienen de significativo es la confluencia de ambas ciudades protagonistas de los restos del pasado. Pero en el cuento, el resquebrajamiento de dicho pasado se está poniendo en marcha y, por el contrario, en la novela aún es patente el conformismo e integración en el sistema, independientemente de los tímidos brotes de protesta.

Galdós intenta mostrarnos en Celín una ciudad que rompe los esquemas del burgués racionalista del siglo XIX que aparece en Misericordia, donde no tenía tantos problemas como para perder el control del sistema del cual se nutre. Turris, como ciudad cambiante, hace las veces de laberinto para la mentalidad cuadriculada del burgués, y necesita de un pregonero (como elemento estructural de la narración), que todos los días le informe de los cambios producidos. El control sobre la población depende de esa sutil información que inevitablemente varía cada día. El único que no necesita conocer tal información es Celín, pues, como mensajero de Libertad, conoce perfectamente el mapa de esta futurista ciudad para guiar a la desorientada Diana.

 

Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Eposición
Fotos: Esneda C. Castilla Lattke: De la Exposición «Benito Pérez Galdós. La Verdad Humana» (Madrid. Centenario).

Presente y Futuro

Cabe decir que Celín se distancia de Misericordia en cuanto al contenido y la forma presentados, pero La novela en el tranvía, otro cuento fantástico de Galdós, va más allá de las coordenadas planteadas en Celín, si bien el entrecruzamiento entre realidad y ficción, sueño y vigilia, se dan en ambos. Si en la novela la ciudad aparece limitada, cerrada, aprisionada de todo punto, y en el cuento que vimos se nos muestra una Turris cambiante, en la cual se traba una lucha entre la libertad y el control del pasado, en La novela en el tranvía el Madrid descrito por Galdós es un Madrid que no contempla ya ningún límite. La idiosincrasia del mismo la representa el tranvía, que en esta ciudad comienza a funcionar el mismo año en que el cuento salió a la luz, en 1871. El tranvía presentado, que une el barrio de Salamanca (el de las clases más altas) con el de Pozas (un barrio obrero) es símbolo de modernidad y el viajero-narrador atraviesa, durante el recorrido, no sólo barrios urbanos, sino, en términos de Alan E. Smith, “verdaderas barriadas de la realidad y la imaginación fabuladora” (cfr. op. cit., p. 62). El punto en común que Misericordia guarda con La novela en el tranvía es el hecho de que, tanto lo que Benina había inventado sobre don Romualdo, como lo que el viajero-narrador recrea en su mente, acaba haciéndose real. Como diría Benina: “lo que una sueña […] son cosas verdaderas de otro mundo, que se vienen a éste…” (XII, 140).

En ambos casos tampoco queda muy claro qué de cierto o dudoso tiene esa traslación de un mundo imaginado a un mundo real. En la novela, Benina se pregunta si el cura es otro don Romualdo, y más tarde afirma que “es otro que se parece a él como se parecen dos gotas de agua” (Final, 317). Y en el cuento, la recurrencia del narrador a utilizar verbos como “parecer” o “creer”, o afirmaciones como la de que contempla a un “objeto de cuya existencia real no estamos muy seguros” (“La novela en el tranvía”, en Cuentos fantásticos, III, 84), también están presentes. Sin embargo, hay algo en lo que ambas historias se diferencian, en concreto con respecto al final sobre el que influye determinantemente el tratamiento galdosiano de los dos planos de la realidad. En el caso de Misericordia, la transformación del invento, en realidad, influye negativamente en la protagonista, porque ella también es real, pero no tiene medios ni materiales ni de conciencia para luchar contra ello. Pero en La novela en el tranvía, lo que, supuestamente, se hace real, es decir, tanto los personajes de la novela folletinesca que lee el viajero-narrador, como los personajes que, en el vagón del tranvía, parecen, para el lunatic fellow (en términos del autor), relatarla como hecho verídico, no repercute negativamente sobre nadie que pertenezca al plano de la realidad desde donde parte lo narrado, pues hay un momento en que se afirma que el suceso, −el cual a nuestro lunático viajero le parece, a veces, cobrar forma en el mundo real−, es “mitad soñado, mitad leído” (íbid., VII, 102). El narrador, al final, dirá que es producto de una “borrachera moral producida por uno de sus pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva” (VII, 104). Afortunada locura sería si el escritor entendía el Sueño, en el amplio sentido de la palabra y del ejercicio, como una magia especial para cambiar el mundo (o para vislumbrar que ya lo está haciendo), tal y como lo expresaba el escritor alemán Hermann Hesse en sus Cartas:

«La magia del sueño falla con frecuencia durante el día, porque hasta el mejor soñador, cuando está despierto, toma el mundo exterior más en serio de lo que debiera. Los locos lo consiguen mejor, se declaran emperadores, dicen que su celda es un palacio y todo concuerda maravillosamente bien.»

«Nuestra meta es transformar mágicamente el mundo exterior, pero sin volvernos locos.»

«No es fácil; pero, en cambio, hay poca competencia.»

En cualquier caso, la confusión a que da lugar este juego al procurar entender la intención del novelista respecto a los hechos relatados, invita a que se lleven a cabo múltiples explicaciones que son esfuerzos por comprender la compleja y cambiante realidad que el pensamiento moderno de Galdós, le hacía intuir, percibir, interiorizar y dar a conocer. Cervantes encontraría en él una efectiva competencia.

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