Luz del instante. César Rodríguez de Sepúlveda. Ommpress Poetas.  Precio: 9,45 €.
Luz del instante. César Rodríguez de Sepúlveda.
Ommpress Poetas. Precio: 9,45 €.

Todo artista tiene la tarea de reflexionar sobre las relaciones que ejercen entre creador y lo creado. La mayoría exploran en sus creaciones y se interrogan por su significado. 

Esa búsqueda, ese cuestionarse marca el compromiso con el objeto creado. César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1969) se ha marcado, en su opera prima, Luz del instante, un libro cuyos lectores estamos gozando por mostrarnos la plenitud de esos momentos, la integridad en la forma de indagar, el tratamiento, en suma, de la expresión poética. Una obra comprometida con la auténtica poesía.

La Luz del instante nos obsequia, ya, desde el comienzo, con hallazgos intertextuales: … «Yo no viví: soñé. Fueron mi vida / no los leves cuidados de mi hacienda, / ni el ocre sucederse de los días / […] sino los esplandianes y amadises». César Rodríguez, a través de fulgurantes metáforas y de inteligentes imágenes, se volcó en la escritura de este libro, organizado en tres secciones bien cohesionadas. El sujeto rastrea en obras literarias y pictóricas el fluir del tiempo. Como si el fluir del tiempo no fuese tan relevante como vivir o acaso soñar. Desde el lenguaje César Rodríguez nos invita a la reflexión diaria, a capturar la belleza, una propuesta existencial a disfrutar conscientemente de la vida.

En la primera sección, en un ejercicio de introspección que funciona como perfecto soporte para aliar la expresión al rescate de la memoria, el sujeto evoca el período de aprendizaje de niño y el paso a la etapa adulta, así vienen los recuerdos en avalancha emocional, como muestra una de las composiciones más interesantes de este apartado, la serie «Desahuciados del alba»: «asomarse / al futuro y su vértigo: // El final de la infancia coincidía / con el advenimiento del reloj». Para escarbar en el pasado se usa el estilo narrativo-descriptivo, donde la perplejidad tiene igual de cabida que un léxico escogido (rezongos, pugilato, recuas, en pos) o el empleo de la ironía. A pesar de todo, el poeta madrileño selecciona las partes de mayor tensión, como se lee en «Un santo de verdad».  Las estructuras empleadas son las tradicionales, vemos, por ejemplo, cuatro cuartetos intercalados en el poema «De santos y de cantos».

La sección nuclear, «Belle Dame sans merci, corresponde al título de la conocida balada de John Keats. César Rodríguez establece conexiones con el Romanticismo y el Barroco, el tono de los poemas se transforma en sombrío, en un estuche oxidado. El anclaje en las ruinas, que puede leerse en «Ulaca», se disfruta como el espeleólogo que encuentra placer en muestras antiguas recién halladas. El mensaje es pesimista, porque el azote del tiempo flagela, como significativamente concluye «Desolación»: «Ahora en el vacío / de estas cuatro paredes / un silencio florece hecho de muerte». Revistiendo los paisajes, permanecen en el tiempo las obras literarias, de ahí el recuerdo de Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik o Cesare Pavese. Los homenajes a la amistad se manifiestan en textos de largo desarrollo, como vemos en «Cascada de la Araña» y «Tendrá tus ojos». En el primero de los citados el verso se quiebra porque la expresión es inefable, pues no recopila toda la carga sentimental; tanto es así que el poeta lo resuelve con puntos que sugieren lo que no dicen: «cada vez que te evoco, / amigo, cuando entonces…».

Por último, la expresión se ocupa de obras artísticas. La reflexión de lo contemplado deviene en composiciones que pueden interpretarse en clave metapoética. Es el sujeto el que pone el foco de atención en la cotidianidad de las creaciones, de ese hilo de vida, al fin y al cabo. En «Bajorrelieves» el símil del interior da pie al sentido de la propia escritura antes de que el tiempo ejerza su crueldad: «la forma brota de lo informe, / de lo oscuro la luz, / de la nada / el sentido». Como puede apreciarse en estos versos, la primera aventura poética de César Rodríguez es una intensa y generosa invitación para acercarse a la palabra y a la reflexión del poeta madrileño, si es que ambos lados pertenecen a una misma entidad. En la misma línea podríamos situar dos composiciones de carácter ecfrástico, «Venus dormida», «Retrato de Inocencio X». El trenzado armónico que continúa provocando pensamientos ensambla «El entierro del conde de Orgaz», el recuerdo al cantante Al Green en «Soul music» y el homenaje a Rubén Darío, «De volcán y de jungla». Y, para terminar, no se queden con las ganas, lean «Second line», entenderán porqué.

 

DESAHUCIADOS DEL ALBA

        2

En aquel mundo, por igual ajeno
al miedo y la esperanza,
tan colmado de sí, tan confinado
en su propio vivirse,
se sabía, no obstante,
que un día llegaría distinto de los otros,
temido y anhelado en su blancura irrepetible,
su inundación de pétalos, su música
latiendo presurosa por los ríos
oscuros de la sangre.

                Y ese día
el niño, que dejaba de ser niño,
recibía de pronto, entre los parabienes
y felicitaciones,
                sumergido
en la dulce avalancha de objetos deseados,
una gravosa herencia,
la obligación de ser adulto o, cuando menos,
de empezar a pensar con orgullo y con miedo,
que un día habría de serlo,
                asomarse:
al futuro y su vértigo: 

El final de la infancia coincidía
con el advenimiento del reloj.

 

BAJORRELIEVES
Cincela la memoria
la oscura roca inerte
del pasado:
                de la obstinada ceguedad
de la piedra
escenas sucesivas van naciendo,
como los historiados capiteles
de una iglesia románica:
la forma brota de lo informe,
de lo oscuro la luz,
de la nada
el sentido.

                Después,
el tiempo arrasará
cincel, figuras, escultor, poema.

César Rodríguez de Sepúlveda

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