“No creo que saquemos ninguna enseñanza de lo que nos está pasando. Somos demasiado egoístas.”

“Mi padre murió el 19 de abril. Recogí sus cenizas y no hubo nada más. Parece que no ha sucedido.”

Entrevistamos al escritor hasta ahora de una ya amplia serie de diarios, todos publicados en Eolas, pero no podemos obviar que eres «el fiscal que anima a los pequeños delincuentes a leer», el que les recomienda la lectura «para elevar el listón de la vida».

Alguien hizo de correveidile y le fue con ese cuento a Juan Cruz, el periodista de El País: «Hay un fiscal en León que a los jóvenes que infringen la ley les dice que lean más, o de lo contrario les pone orejas de burro y mirando contra la pared». Y me hizo esa entrevista que se publicó en el periódico a finales de febrero. Me llamó «yonqui de la lectura», y se lo agradezco. Y recogió muy bien el meollo de aquella larga conversación telefónica, transcribió lo que de verdad yo quise transmitir: la importancia de la lectura, de los libros, que nos hacen menos mediocres y sirven «para elevar el listón de la vida». Juan, fíjate qué casualidad, nació en La Ranilla, un barrio de pescadores del Puerto de La Cruz, en Tenerife. Allí viví yo siete años y un día, en una casa canaria con balconada a una palmera enorme que crecía en el patio de la Casa del Pueblo. En el piso bajo vivía el señor Antonio, todo el día asomado a la ventana: «Oh qué pasó», saludaba… Creo que me estoy yendo por las ramas. Ah los recuerdos; ya va uno teniendo años. Soy abuelo, mi nieta Libertad ha cumplido trece años. Es algo que deberían poner los editores en las solapas de mis libros, pero no lo hacen. En fin, Antonio, que la lectura es importante. Sabes que en el pregón de la Feria del Libro hace dos años di con eso la tabarra. La frase inicial fue: «He cedido a los libros gran parte de mi vida». El resto, uno se lo imagina.  Y en eso de combinar mi oficio con lo que escribo, yo entiendo que le atraiga a un periodista, pero yo me encuentro más a gusto cuando en los medios culturales no me preguntan por ello. No hay ósmosis alguna ni trasvase entre mi trabajo y lo que escribo. No pongo nada de las horas de oficina en mis renglones más o menos literarios. Y mira que hay materia en ese día a día… Que me digan «el fiscal que escribe» es un sinsentido, es como obligarme a salir de no sé qué armario.

En tus diarios se combinan alta cultura y referencias cotidianas, citas de ensayistas y anécdotas de bares, los libros y la calle. Todo forma parte de la vida, pero ¿tú eres más de calle o de Torre de marfil?

Esos dos mundos –que son un único mund­o– son una constante de mis diarios. Creo que es algo natural, «como la vida misma». Hay una frase de Blanchot –un escritor oscuro y a la vez intuitivo– que me gusta mucho: «El diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano». Escribes algo, y ese día y esa rutina parecen menos malogrados. Lo que pasa es que yo escribo un par de horas los viernes por la tarde, y se me quedan muchas cosas en el tintero. Para paliarlo se me ha ocurrido algo: escribir unas líneas cuando llego a casa o a primera hora de la mañana. Eso, si sale adelante, lo titularé Migas de pan. Algo así como las Virutas de taller de nuestro admirado Miguel d’Ors, aunque no quiero en absoluto compararme. Lo suyo es sesudo, inteligente, con la precisión de una prosa alimentada por la exactitud del poeta. Lo mío son sólo migas, notas simples, naderías para dar de comer a las palomas. Y, claro, razón tienes. Mis escritos se alimentan de mis días, mis noches –sabes que doy un paseo nocturno a diario– y de mis lecturas. Y es que me lo dan hecho, soy un modesto amanuense de toda la riqueza que está en la vida y en los libros. Encuentras materia en la frase de un noctámbulo, en la mirada de una mujer, en el reflejo de una torre de la catedral en un charco, en las nubes que pasan, en otras impresiones fugitivas, en un verso del libro que lees. Escribes de la vida, perlada por los libros; la vida a veces renqueante y a veces estremecida. En cuanto a las citas, a algunos les parecerá que eso es una limitación mía; algún bobo pensará que echo mano de ellas porque en ese momento no se me ocurre nada. Ya lo dije en el primer libro que publiqué, en su frase inicial: «Este es el diario de un lector agradecido». Si me alimento al cincuenta por ciento de lecturas, cómo no voy a citar a los maestros. Además, estoy con Brodsky cuando dijo: «Al fin y al cabo, en una nota a pie de página es donde la civilización sobrevive».

En Estatuas de sal (Franz) presentas una colección de treinta cartas urgentes que fuiste escribiendo durante el primer mes del estado de alarma. Alguien sostenía que en las cartas siempre hay dos personas, tú hablas de «la imaginación del tú por el yo que escribe».

El día trece de marzo, cuando amenazaban con encerrarnos y luego resultó que así fue, me puse con lo de las cartas. Yo no he visto que otros lo hayan hecho, y me parece la forma más normal de reaccionar ante una situación como esa. Ya no pueden verse los amigos, los amantes no quedarán citados para besarse en los parques, estarán lejos algunos familiares y no podremos visitarlos. Extiendes los brazos y no das alcance a nada. Entonces, les escribes. No los tendrás contigo para mirarlos a los ojos, pero les envías una carta, les diriges esa mirada. Tranströmer tiene un poema muy bonito, «Air mail», sobre una carta que cruza el Atlántico. Mira tú por dónde, tan de citas como soy y no he hablado de ese poema en el libro. Lo siento, ahora me da rabia. A veces me he imaginado esos periplos. Si yo fuera cartero me detendría un buen rato para mirarlas, acariciarlas, ver esa caligrafía, imaginar vidas. Lo cierto es que escribí una cada día, durante un mes y lo dejé, no sé por qué. Podría haber seguido. Creo que me demostré a mí mismo que podría haber sido un periodista con columna diaria. No quiero dejar de agradecer a Jordi Doce el excelente prólogo. Dice cosas de mí que yo no hubiera sospechado y me han hecho pensar. Otro que escribe desde la precisión que otorga la escritura poética. Y les agradezco a los destinatarios los buenos momentos que el escribirles me ha deparado. También es cierto que aquí hay algo de impostura, de trampa. Las cartas se iban haciendo públicas cada día en dos revistas digitales. Sabía que muchos ojos se posarían en ellas. Cada día fui, además, dibujando un bichito para acompañarlas. Una clara referencia a los putos virus, pero los míos eran bonitos, poéticos. Estaba hasta el gorro de la fraseología administrativa o de guerra de los políticos y tertulianos. No hay ninguno de esos términos tan repetidos (confinamiento, pandemia, estado de alarma…) en mis cartas, y no por ello deja de estar bien claro de lo que hablo.

En el paso de diario a epistolario, por cierto, las cartas aparecen fechadas, algo que no haces en las anotaciones de tus diarios. Además, has estado ensayando el abordaje a la novela en las entradas de un blog digital. ¿Se te ha agotado el diario como forma de expresión? ¿Tu escritura tiende a alejarse de la verosimilitud a que obliga el dietario y estás siendo tentado por la ficción pura?

Ya, eso de la fecha es evidente. Cuando has escrito una carta en la que no pongas, por ejemplo, «León, 17 de noviembre de 2020. Palomas en los tejados. Llueve». Hay que datarlas, encabezarlas. Eso es lo que dicen que hay que hacer también con los diarios. Yo no lo hago. Si escribo los viernes al atardecer sobre ese día, pero también sobre otras jornadas o sobre los recuerdos de dos semanas atrás… Eso no le gusta a García Martín. Le daré una sorpresa en mi próximo diario: llevo escritas unas treinta entradas con su fecha y todo. También José Luna Borge ha escrito sobre ello. A él –que ha dicho cosas elogiosas de los míos– le gusta que en los diarios se consigne el día y el año en que fueron pergeñados. Y no le gustan los que han sido reelaborados bastantes años después de haber acontecido. José, que es un estupendo diarista, es también partidario del diario íntimo o confesional, del que se escribe para no ser publicado. Si los escribes con vocación de serlo, es que mientes. Ahora que lo pienso, no sé si eso podría decirse también de mis cartas. Si no he mentido, algo sí me habré callado. En cuanto a lo que dices de la novela, ¡qué va! Eso que me traigo entre manos, El Cuaderno naranja, es un divertimento, una coña. Quiero hacer una especie de parodia de los manuales para escritores. Pero no niego que estoy disfrutando. Con lo de la «ficción pura» supongo que te refieres a Calendario, esos cuarenta textos breves de «prosa poética». Lo publicarán esos exquisitos de la editorial Días contados, en Barcelona. Ese es el libro que he estado buscando durante mucho tiempo; en ese hijo bien amado tengo puestas todas mis esperanzas. Pero no quiero ilusionarme demasiado. Cuando me preguntan por ello, echo balones fuera, digo que estoy muy contento y que debo de ser un escribidor importante, porque en el catálogo de esa editorial –hay cosas muy interesantes– soy el único autor vivo. Toco madera, pero eso me llena de orgullo.

Estatuas de sal nos presenta esos primeros días de una pandemia que no sabíamos que duraría tanto como «un mundo en el aire». Lo cierto es que leyendo entre líneas estas cartas parece que afrontaste esa primera cuarentena o estado de alarma como una pequeña muerte: ves todo tu pasado ante ti, haces balance de la vida, hablas de brochazos de angustia que todo lo embadurnan… son expresiones que aparecen en tus epístolas.

Lo que opino sobre esos días y, si esto que estamos pasando puede servir para algo, lo expuse en el capítulo final de Estatuas de sal, en esa coda, que se publicó en Epicuro. Soy pesimista en cuanto a que podamos sacar alguna enseñanza de todo lo que nos está pasando; vamos viendo a diario que somos bastante egoístas y necios. Además, todo está dejando más al descubierto los descosidos de la vida política, las miserias de esos tipos a los que pagamos para que sean nuestros servidores, para que gestionen mejor nuestros intereses.  No lo pasé mal en ese primer encierro. Incluso pude salir a la calle por motivos laborales. Pero era un presente raro, tenía todo el tiempo del mundo, pero sin acotar, sin límites, y por ello, a veces, me abotargaba o me impacientaba. Esos días haces balance y te asaltan algunos miedos. Yo pensaba a veces en mi familia, en mis hijos ¡y en mi biblioteca! Todos esos libros por leer. Y en todo Bach, y en la tetralogía de Wagner…  El peor momento fue la muerte de mi padre, el 19 de abril. A veces pienso que sigue por aquí, revoloteando. Estuve a solas con él un par de días en el hospital. Recogí sus cenizas y no hubo nada más. Parece que no ha sucedido. Tendré que escribir algo sobre el día que llevamos las cenizas al cementerio un par de meses después, sobre las gotas de lluvia que cayeron, sobre las palabras de mi hermano, sobre el vacío de Dios, que no estaba por ninguna parte. Puede que la escritura sirva para consolar, que ayude a sobrellevar los malos tragos. Para aflojar ese nudo que se te pone en la garganta.

Siete meses después, seguimos conviviendo con la covid y el estado de alarma. ¿Añadirías algo ahora? ¿Tendrías ánimos para redactar otras cartas?

Diría lo mismo, no creo que nada haya mejorado. Seguiría viendo el mundo como lo hace una liebre sorprendida por los faros de la curiosidad. Esta frase no es mía, es de Jordi Doce en ese prólogo al libro de las cartas. Seguiré alimentándome de lecturas y de imágenes. ¿Te has dado cuenta de que se nos ha cambiado el mirar? He sorprendido tantas miradas hermosas de mujeres por la calle… Ayer escribí unos renglones sobre eso: «Las calles están llenas de párpados y pestañas de mujer. Miradas. Que atraviesan el aire con su fulgor, tristeza, descaro». Los hombres seguimos con ojos de ternero, un tanto bovinos. En cambio, ellas… Ya lo dice nuestro admirado Christian Bobin, las mujeres no son por completo Dios; les falta muy poco para serlo.

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