A los 86 años de aquellos terribles acontecimientos podría parecer que la revolución de Asturias se había olvidado por completo.

Si así fuera, este libro preparado por Jordi Amat, vendría a recordárnosla con viveza sobresaliente.

En el prólogo, «Una verdadera pesadilla», frase formulada por Julián Besteiro a Largo Caballero en discusión interna pocos meses antes de que se produjera el desastre, sitúa el suceso y sus posibles causas y, sobre todo, nos presenta a los tres cronistas de lo sucedido, la mirada literaria de tres escritores cuyas crónicas y reportajes son ejemplo de ese periodismo que se va haciendo más grande conforme pasa el tiempo, hasta el punto de que leído hoy parece que fuera escrito ayer mismo.

La mitad del volumen está integrado por la edición del reportaje novelado Octubre rojo en Asturias (1935) del periodista y diputado de Izquierda republicana, partido de Manuel Azaña, José Díaz Fernández que moriría a los 42 años exiliado en Toulouse en la más extrema pobreza (el libro estaba firmado por un tal Jose Canel, pseudónimo de Díaz Fernández que con su nombre firmaba el prólogo. Este prólogo se incluye como epílogo en esta edición). El libro se imprimió el 29 de junio de 1935, ocho meses después de los hechos. También se comenzó a publicar por entregas en el Diario de Madrid desde el 24 de julio, con una publicidad a la altura de su contenido: «El primer relato de la revolución de Asturias que se publica en la prensa española, hecho por un revolucionario». Sin embargo, creemos que esta singular crónica, por sus características y su tratamiento, debería haber sido publicada en edición aparte, aquí chirría al lado de los reportajes enviados por Chaves y Pla.

Díaz Fernández ya había trabajado la crónica y el reportaje de largo alcance en sus días de la insurrección del Rif; crónicas publicadas en El Noroeste que posteriormente convertiría en relatos recopilados en El Blocao (1928) cuyo tono y planteamiento narrativo serán el que usará para contar la insurrección asturiana. Octubre rojo en Asturias quizá sea uno de los relatos más intensos y estilizados de aquellos trágicos días; no cabe duda de que tras el periodista había un gran narrador.

Doce son las crónicas que Josep Pla envía desde el norte de España (también cubrió y contó los sucesos acaecidos en el País Vasco) para La Veu de Catalumya, órgano de comunicación de la Lliga regionalista, plataforma del catalanismo conservador. A diferencia de Chaves Nogales, además de comentarista político, Pla también era reconocido desde hacía tiempo como una figura de referencia de la literatura y cultura catalanas. Después de unos años como corresponsal por la Europa de entreguerras, a finales de los años veinte, se había convertido, como bien señala Amat, «en un publicista orgánico del catalanismo conservador». Pla siempre tuvo un pie en el periodismo y otro en la literatura; a mediados de 1933 publica en forma de dietario un espléndido reportaje sobre el período, Madrid. L´adveniment de la República, donde se puede comprobar que su lucidez y escepticismo se van convirtiendo poco a poco en pesimismo ante la conciencia de que se iba a producir una gran crisis.

El día 21 de octubre Pla está en Bilbao para cubrir la huelga general en el País vasco. Finalizado allí su trabajo, pasa a Asturias, «He podido llegar a Gijón, vía Santander–Llanes… Es el único camino natural y practicable para llegar a Oviedo. Dudo que ningún periodista haya podido llegar por un camino diferente», afirma en su crónica del 24 de octubre. Chaves, sin embargo, había entrado un día antes por el frente sur, por Pajares, acompañando a las columnas del ejército que venía de León al mando del general Bosch (poco después le sustituiría el general Balmes). Pero, aparte de estos matices puntuales, la diferencia sustancial en el modus operandi de ambos reporteros para elaborar sus crónicas es que Pla acude como fuente primaria a sus viejos contactos y colegas de la prensa local asturiana que le facilitarán toda la información y, también, a sus conocimientos personales, tanto socialistas como monárquicos: en su crónica del día 26, dice Pla, «Gracias a la ayuda que me han prestado los compañeros del diario La Prensa de Gijón y a la amabilidad de las autoridades militares,  hemos podido, el redactor Valdés, de La Prensa, y yo, ser los primeros civiles en entrar en las citadas poblaciones (se refiere a Oviedo, Mieres y Sama de Langreo) después de quince días de incomunicación». Y en su magnífica y última crónica, publicada el día 30, finaliza con estas palabras: «Agradezco desde estas columnas a los compañeros de La Prensa de Gijón y de la Voz de Asturias de Oviedo las innumerables atenciones que tuvieron conmigo, las orientaciones que me dieron y su inolvidable hospitalidad». Chaves, cuyo lema era «Andar y contar es mi oficio», operaba en cambio de otra manera; acudía a las fuentes directas, a las personas, a los pueblos, a los cuartelillos saqueados y hasta a los enterradores (como es el caso del de Turón, el único pueblo de la cuenca donde los miembros del primer comité revolucionario no pueden hacer nada para salvar a los prisioneros ante la violencia de los miembros del segundo comité; lo cuenta en su estremecedor relato «Hay que poner las cosas en su sitio»). Ya en su primera crónica, publicada en Ahora el día 24, arranca de esta memorable manera: «Voy recorriendo uno a uno los pueblecitos de la zona minera de Asturias. Al borde de la carretera me paro a charlar con los mozos, que, mano sobre mano, miran recelosos el ir y venir de los convoyes militares y las camionetas cargadas de guardias… Donde me dejan procuro hablar con los prisioneros. Donde no me dejan, interrogo a las madres y a sus mujeres… Al pie de los altares, humeantes todavía, los párrocos me cuentan llorando cómo ardieron las imágenes, y junto a las ruinas de sus casas devastadas aprietan los puños… los propietarios desposeídos, al referirme cómo fue el despojo».  Y más adelante concreta su método de trabajo: «Para contribuir en lo posible en dar una sensación exacta de lo que ha sido la intentona revolucionaria, no encuentro más camino que el de ir acumulando testimonios para que cada cual, con arreglo a su conciencia, pueda formular su veredicto».

La toma y caída de Oviedo fue tan terrorífica que, para tener, si ello fuera posible, una visión cabal y completa de lo que allí pasó, conviene hacer el ejercicio de releer de seguido las crónicas de los tres periodistas: las de J. D. Fernández, «VI. Avance sobre Oviedo» y «VII.  Oviedo en llamas»; «La ciudad destrozada: Oviedo» de J. Pla, y «El martirio de Oviedo bajo el imperio de la dinamita» de Chaves Nogales. Puestos a elegir unas líneas que sinteticen tanta tragedia y destrucción, elijo estas de Chaves: «No creo que haya habido una ciudad en la que una revolución haya hecho tantos destrozos como la rebelión de los mineros ha causado en Oviedo… Costó mucho menos implantar el bolchevismo en las calles de Moscú de lo que ha costado a Oviedo resistir a los mineros. Aquellos famosos diez días “que conmovieron al mundo” fueron positivamente menos espantosos que los diez días de la revolución en Oviedo».

La última crónica de Chaves, publicada en Ahora el día 28 de octubre, es una entrevista al general Ochoa titulada «La liberación de Asturias contada por el general López Ochoa», entrevista escueta, con preguntas claras y desnudas y respuestas sobrias y contundentes.

Este libro nos trae un capítulo clave en la historia española del pasado siglo. Nos pone ante los ojos las crónicas de los mejores periodistas del momento que estuvieron allí para contarlo.

 

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