La guerra. Ana María Shua.
Páginas de espuma. Precio: 16 €.

“Los humanos prefieren asesinar en estado de autocontrol  y cordura.”

“Fingimos con talento desear la paz, pero admiramos y endiosamos a los señores de la guerra.”

Me he permitido apropiarme (sólo un ratito) del título de una novela de curiosa significación en la obra del escritor español, Antonio Muñoz Molina, pues de eso trata el libro de la escritora argentina, Ana María Shua, del ardor guerrero que ha acompañado a la especie inteligente desde el principio de los tiempos. Si echamos la vista atrás (y deberíamos hacerlo quizá con más frecuencia para reforzar la importancia de lo que hablamos) comprobaremos que la evolución desde los primeros homínidos hasta la época digital ha estado salpicada de guerras, se mire a donde se mire; en la realidad, pero también como motivo artístico y literario. La guerra es el elemento más definitorio de las sucesivas sociedades que en el mundo se han constituido desde la antigüedad más antigua; no hay que mirar muy lejos de todas formas. Dudoso privilegio si no tenemos en consideración que, en muchos aspectos, la guerra ha provocado un parecido grado de repulsión y de fascinación, antes, por supuesto, de la destrucción, la ignominia, de la violencia sin aristas que se elevan después de las batallas: los campos sembrados de sangre que fueron, son y serán. No hay mayor placer que el de infligir la derrota, sea cual sea el motivo por el que se guerrea contra propios o extraños; ni siquiera el sexo, que se obtiene fácilmente en los territorios saqueados, la violación y el despotismo.

La guerra es un conjunto de mini-cuentos que, en manos de  Ana María Shua, considerada una de las máximas exponentes del micro-relato en nuestra lengua (sin desmerecer la aportación, tanto teórica como creativa, de autores como José María Merino, miembro de la RAE), nos enfrentan a un asunto primordial en la configuración de la naturaleza humana sobre el que conviene reflexionar y hubiera convenido reflexionar; y no digo que no se haya llevado a cabo este ejercicio de autocrítica, pero es muy difícil aplacar el ardor guerrero y los intereses que confluyen en la decisión de guerrear son y han sido demasiado contundentes y explícitos como para detener en su momento lo que habría tenido remedio en circunstancias distintas. Pero las circunstancias son lo que han sido y las guerras se han venido sucediendo y, sin necesidad de ser agorero, el miedo persiste, pues estamos viendo lo que pasa aunque a veces lo veamos por la tele y creamos que no existe.

Ana María Shua dice que el ser humano es el único animal que tiene la capacidad de mentir y no es difícil deducir de esto que también es el único con capacidad para creerse las mentiras, incluso sus propias mentiras. Las guerras se apoyan en mentiras que corren como la pólvora. La presión, violenta en muchos casos, la fascinación del poder y la supremacía sobre los otros, el territorio, convierten la mentira en la posibilidad de creer en que dicha mentira sea la única verdad y llegar a la ignominia más atroz. Ejemplos tenemos de sobra.

El arte y la cultura en general han dado buena cuenta de este fenómeno (que, en muchas ocasiones, no ha tenido nada que ver con la supuesta condición maldita de los que pertenecemos a ese gremio que adopta le mentira como si fuera la única verdad; verdad de siglos), pero o mucho me equivoco o no ha sabido resolverlo y menos evitarlo. Hay una fascinación implícita en el mal que, enterrados los cadáveres, cauterizadas las heridas, pervertida la memoria, han sido un buen motivo para la literatura.

No obstante, aunque la ficción no sirva para las vidas que ya han muerto, fósiles en muchos casos, al menos nos enfrentan de cara con una lacra que nos perseguirá mientras no cautericemos la herida antes de que se produzca; lo que no es lo mismo que decir poner la venda antes de que se produzca la herida, puesto que sería aceptar la mentira germinal en toda su extensión.

Cuentos, mini-cuentos o micro-relatos, los textos de La guerra, nos colocan de nuevo ante lo que, sin duda, es un problema si dejamos de creer en las mentiras que nos cuentan y hacerlas nuestras.

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