Salir a comprar el pan se ha convertido en una experiencia hipnótica: la calle vacía tiene la perspectiva de la calle de un sueño. Una calle que puede ser interminable o en la que puede abrirse de repente un abismo bajo el que late un mar en el que naufragan galeones en llamas.

Las casas parecen extravagancias expresionistas en medio de un vacío: el gabinete descoyuntado del doctor Caligari.

(Y unos pasos apresurados, como si quisieran huir de ese sueño, y que, sin embargo, se adentran más en él.)

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