La vida moderna es como deslizarse sin frenos por una ladera nevada.

Antes de aprender a correr bien, hay que aprender a detenerse.

Cuando eres adulto y acudes a un monitor a que te enseñe a esquiar, lo primero que intentará enseñarte es a que te pares. Tiene lógica: si te sitúas con los esquíes orientados hacia el valle, te deslizarás sin remedio, irás aumentando tu velocidad, terminarás dejándote caer al suelo o dándote un trompazo y te costará mucho que tu sistema nervioso olvide la sensación de descontrol y el pánico consiguiente. De hecho, lo normal es que tu aprendizaje se retrase de forma ostensible.

Yo encuentro un paralelismo entre el esquí y la vida moderna. La vorágine de obligaciones y el ruido procedentes de las pantallas, de las redes sociales, de la publicidad, del bullicio del mundo, someten al sistema nervioso a una sacudida tras otra. A mí me recuerdan mucho a un descenso sin frenos, a velocidad creciente e imparable. Por eso, la primera actividad que propongo a mis alumnos es que se paren. Lo hago el primer día de clase, tras explicar brevemente lo que vamos a hacer durante el curso. Una relajación, para entendernos.

Siempre se sorprenden, claro. «¿Pero qué tiene que ver esto con la Gimnasia?», preguntan. Tengo que explicarles, una vez más, que la Educación Física es una asignatura que trabaja con solo dos herramientas: el cuerpo y el movimiento. «¿El movimiento? Pero si tú nos propones que nos estemos parados», protestan. «Claro, les digo, porque la ausencia de movimiento forma parte del movimiento, del mismo modo que el silencio forma parte del ruido y por supuesto de la música. Son inseparables».

De modo que les hago que se tumben boca arriba, para que sus espaldas permanezcan rectas sin esfuerzo, guiadas por la superficie del suelo. Luego les pido que doblen las rodillas porque con las rodillas extendidas la parte baja de la espalda está tensa. «Fijaos, les digo, como cabe la mano entera debajo de los lumbares, o de los riñones, que también andan por ahí». «¿Pero, ¿qué más da?» «Se trata de que el aire no encuentre obstáculos para entrar y salir, pero también de que el diafragma esté completamente liberado».

Algunos llaman al diafragma el músculo de la felicidad. Se tensa y se nos abrocha, cuando estamos crispados, impidiendo que renovemos el aire en la parte baja de los pulmones. Decimos entonces, para expresar la sensación, que tenemos «un nudo en el pecho». Se anuda porque vamos de tensión en tensión, y siempre aspirando el aire: nos dan un susto, y aspiramos, llevamos prisa, y aspiramos, tenemos miedo, y nos encogemos aspirando. Quien fuma aspira también y se despreocupa de espirar. El humo sale solo.

Relajarse es normalizar la respiración, reequilibrarla, alargar la espiración. Ni siquiera hace falta esforzarse. Basta con estar pendientes de que el aire salga. Solo escuchar el ir y venir del aire en el abdomen. A los niños de la guardería les piden que lleven su «amigo de peluche» y se lo ponen en la barriga para que presten atención a su ligero vaivén. Es una manera de iniciarlos. Que sepan atender a esa realidad mucho más real que cualquier pensamiento abstracto que nos produce emociones artificiales. Atender al propio cuerpo es pararse, detener el deslizamiento, recuperar el ritmo.

La relajación es la calma del cuerpo. La meditación es la calma de la mente, un estado más avanzado de la calma que abarca también el cuerpo. En Occidente se aplica desde los años veinte del siglo pasado, con la relajación muscular progresiva de Jackobson y el entrenamiento autógeno de Schultz. Ahora hay muchas técnicas y casi todas valen. Desde la atención plena (mindfulness), que va relajando, parte a parte, zonas del cuerpo, mientras se toma conciencia de cada una de ellas; hasta la meditación trascendental, que consiste en repetir mentalmente un mantra, una palabra sin sentido, o que ha perdido el sentido. Rezar el rosario, por ejemplo, es una meditación trascendental.

Yo utilizo la meditación zen. A lo mejor sería más fácil aplicar otra técnica, pero les insto a mis alumnos, cuando están tumbados, a que se concentren en su propio abdomen y estén pendientes de qué pasa ahí. Por supuesto, antes tienen que cerrar los ojos, por los que se fuga el 85% de la atención. Una musiquilla suave, o simplemente el silencio, completan el clima necesario. No hace falta más. A veces, sin embargo, para ayudarles, les guío hablando con mucha parsimonia. Les digo que están tumbados a la orilla del mar en una mañana tibia y que lo que están contemplando son las olas que van y vienen con calma. Que cada vez que se va una ola, se hunden un poquito más en la arena.

Para terminar, intento que no vuelvan de golpe, que antes de abrir los ojos vayan chequeando uno por uno los demás sentidos. Y acabo pidiéndoles que se desperecen, «ahora que nadie mira». Aunque apenas tengamos tiempo, unos minutos bastan para que se froten los ojos y se levanten con las energías renovadas.

Por supuesto, no siempre caen en la relajación y suele haber alguno que es demasiado inquieto para estarse parado. Pero basta que lo intenten. «De hecho», les digo, «todo el mundo, hasta el Dalai Lama,  se despista; el trabajo es volver a intentarlo cada vez que nos damos cuenta de que se nos ha ido la atención a otra cosa; tantas veces como se nos vaya la atención; el verdadero ejercicio es ese». Y surte efecto.

Hacerlo una vez está bien. Dos también. Pero el fruto verdadero se obtiene cuando uno se disciplina y consigue hacerlo seis días a la semana, al menos unos veinte minutos cada vez. Se ha demostrado que en tres meses cambia la arquitectura de tu cerebro, mejora tu atención, relativizas más tus preocupaciones, tu sistema autoinmune también se beneficia e incluso mejoran tus habilidades sociales. Hay un sinfín de investigaciones que lo corroboran y que no dejan de asombrarnos. Yo me conformo con que mis alumnos sepan que se puede detener el mundo, que no tienen que seguir deslizándose sin frenos por el vértigo que los rodea.

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