Andreas Malm, El murciélago y el capital, Errata Naturae, Precio: 19,90 €.
Andreas Malm, El murciélago y el capital
Errata Naturae, Precio: 19,90 €.

“El hombre ha alterado lo que Fraser llama “la gramática interna” de la naturaleza y los desastres se desencadenarán, salvo que haya un cambio de paradigma.”

“Hemos entrado en un estado de emergencia crónica.”

En consonancia con su viraje editorial, en cuanto a la edición física de los libros, consecuencia a su vez del parón con motivo de la pandemia y la apertura de un periodo reflexivo, sustanciado en escritos que bien merecerían ver la luz en soporte de papel, los responsables de Errata Naturae han estrenado su nueva etapa con un título de candente actualidad, que aborda los orígenes y consecuencias del virus COVID-19, detonante de su cambio de rumbo: El murciélago y el capital, del activista del ecologismo sueco Andreas Malm, cuya tesis de fondo es que la soberbia capitalista y tecnológica de nuestro mundo ha despertado la hybris de la naturaleza, en una espiral probablemente sin retorno, hasta el punto de que, como respaldan muchos virólogos, «hemos entrado en una era de emergencia crónica». El hombre ha alterado lo que Fraser llama «la gramática interna» de la naturaleza y los desastres se encadenarán salvo «que haya un enorme cambio de paradigma mundial hacia la sostenibilidad».

El ensayo comienza con la aparición del coronavirus, presuntamente en un mercado de Wuhan, ciudad china casi desconocida, al menos para mí, desde entonces en el centro del huracán mediático, si bien debido al hermetismo del régimen comunista ultracapitalista poco sabemos de ella, de lo que allí sucedió y está sucediendo. Malm lo pone en paralelo, aunque no puedan parangonarse, con los simultáneos y devastadores, dantescos incendios de Australia —«se cobraron la vida de treinta y cuatro personas y más de mil millones de animales»— y una voraz plaga de langostas, de las mayores y más catastróficas que se recuerdan, que asolaba por aquel entonces el este de África y el oeste de Asia. Luego, menciona inundaciones en Irán o la sequía pertinaz en el centro de Chile. Establece, pues, de entrada, una correspondencia entre la pandemia y el deterioro del medio ambiente, que atribuye a la crisis climática, rápida e impredecible, por lo que conviene prepararse para cambios inminentes y traumáticos, lejos «de lo que habíamos imaginado hasta ahora según nuestra visión lineal y tradicional del mundo».

En este sentido, vayan por delante dos extractos de las declaraciones de hace unos días en un medio digital del zoólogo británico, experto en zoonosis, Peter Daszak: «Los cambios en la forma en que usamos la tierra, la expansión e intensificación de la agricultura y el comercio, la producción y el consumo insostenible alteran la naturaleza y aumentan el contacto entre la vida silvestre, el ganado, los patógenos y las personas. Este es el camino hacia las epidemias». Apreciación que remachaba luego: «Las mismas actividades humanas que impulsan el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad también generan riesgo de epidemias a través de sus impactos en nuestro medio ambiente».

Creo que Malm, uno de los pensadores fundamentales del ecologismo actual, tal y como señala la contraportada del libro, suscribiría a pie juntillas ambos enunciados, tan tajantes como, por desgracia, tan certeros al poner en relación los patógenos con los impulsores del calentamiento global. En medio de los confinamientos —otra de las muchas virtudes del libro: está escrito al calor de los acontecimientos— con el capitalismo tardío y el incontrolable y estresante business as usual en suspenso, parte de dos hipótesis contradictorias: o bien, como nos recalcaban al principio, la pandemia pasará, aunque con muchísima pena y ninguna gloria, y volveremos a la fiesta desenfrenada del consumo aniquilador como si no hubiera sucedido nada, o bien la irrupción en nuestras vidas del coronavirus será el heraldo de otros males apocalípticos para la civilización, al ser «el primer bumerán de la sexta extinción masiva que se estrelló en la frente de la humanidad»

En esta línea de pensamiento, sostiene Malm que el colapso ambiental será muchísimo peor que el sanitario, aún más demoledor y letal para la humanidad, lo que pasa es que por ahora se toma erróneamente como «una amenaza lejana e incierta», cuando no «una posibilidad remota», por lo que no ha encontrado de momento, a diferencia en general de las sucesivas oleadas del virus, una respuesta contundente por parte de los gobiernos e instituciones internacionales. Aquí quizá yerre en su juicio, casi da por controlado el virus y eso no está tan claro. Y tal vez cargue en exceso las tintas cuando, a cuenta de un efecto colateral beneficioso del confinamiento concluye que «la limpieza del aire salvó unas veinte veces más vidas de las que se perdieron por culpa de la propia covid-19».

En su pormenorizado y completísimo recorrido, repasa epidemias anteriores, con la mal llamada gripe española a la cabeza; se remonta a los orígenes chinos de la presente, con los infames mercados húmedos, auténticos «semilleros de zoonosis»; y contempla su inmediata y acelerada expansión, impensable sin la globalización, a su vez propiciada por el determinismo tecnológico, que no aborda. Con la seguridad de que «la expansión inherente al capital ha adoptado tal desenfreno que pone toda la civilización humana en jaque», no falta un examen de las crecientes posibilidades de transmisión viral de las especies ni de los murciélagos como reservorio, sendas necrológicas del anarquismo y la socialdemocracia o un recordatorio de una ficción profética, la anticipatoria Liquidación, de Ling Ma.

No puede decirse, por lo demás, que Malm no se moje a la hora de aportar soluciones. Propone revertir la situación cerrando las empresas destructoras, reforestando y repoblando las regiones tropicales devastadas y respetando los hábitats silvestres y la biodiversidad, así como reducir el consumo de carne, café, chocolate, soja y aceite de palma, eliminar el comercio y tráfico de animales salvajes, controlar a los señores del petróleo, acabar con la aviación de masas, eliminar los residuos hasta reducir a cero las emisiones contaminantes…, e incluso medidas que parecen de ciencia-ficción como el rociado de la atmósfera con aerosoles de azufre o de nanocristales de sal oceánica. En esta sin duda exigente, pero necesaria, dinámica de contención activa, nada utópica, en todo caso «exactamente igual de utópica que la naturaleza», se enmarcaría la sostenible y responsable decisión editorial de aplicar estrictos criterios ecológicos para la concepción, producción y difusión del libro con la que empezamos, que aplaudimos y esperamos cunda.

Sea como fuere, lo que no se puede negar al ensayo es su rigor, apuntalado en un aparato bibliográfico y una batería de citas de impresión. Tanto las fuentes consultadas como los datos que se aportan para demostrar la tesis de fondo de que «el coronavirus puede ser un efecto del cambio climático» son apabullantes y eso que con humildad científica el autor se lamenta en la nota final de agradecimientos de que en su análisis tal vez falten investigaciones relevantes. No lo creo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *