Ana Merino, ya la felicitó Epicuro en su momento, ganó el Premio Nadal con su novela El mapa de los afectos.

En un mundo globalizado donde el mal campa por sus respetos conviene fijarse en los seres individuales que luchan contra él hasta que sus recursos se terminan.

Leí la novela de Ana Merino pocos días antes de decretarse el estado de alarma por las autoridades gubernamentales españolas; aunque la alarma ya hacía semanas que repicaba en las ventanas de todo el mundo. Escribo estas líneas desde el encierro impuesto por el criterio de la necesidad de sobrevivir al coronavirus, el covid-19, ese bicho imperceptible que nos sitúa en el atávico dilema entre la vida y la muerte. Sigue siendo sorprendente cómo un virus, invisible y contagioso como pocos, puede revolucionar al mundo entero, colocarlo al borde del abismo económico y abocarlo al aislamiento individual y colectivo. Y, aunque no sea la primera vez −si es verdad la información que recibimos tratando de descartar las sospechas de confabulación de los laboratorios−, sin la ayuda inestimable del ser humano en su incontrolado y vertiginoso avance hacia no se sabe dónde. Vivimos rodeados de noticias, consejos prácticos para vencer al virus, pero sobre todo para ayudarnos a sobrevivir a nosotros mismos, a la soledad incierta, al control de nuestras emociones incluso por encima de nuestros afectos y deseos, al miedo a vivir por miedo a morir.  Apabullados por el exceso de información que caracteriza la era de las nuevas tecnologías y, como consecuencia de estas, expuestos a fake news de muy distinto pelaje y procedencia: vía libre para la mentira y la propaganda interesada. Tampoco es nuevo.

No obstante, esta ya declarada pandemia –por su rapidez de propagación en todo el mundo, lo que agranda la proyección de su importancia− que nos afecta a todos, infectados o no infectados de momento, ha puesto el foco en factores esenciales de la vida y que, no por casualidad, entiendo, concurren como elementos sustanciales en la primera novela de Ana Merino: la capacidad e importancia para la sociedad de las personas individuales de hacer frente y sobreponerse a las dificultades, por graves que éstas sean, que se suceden a lo largo del camino. Y, entre ellos, dos principios fundamentales para el devenir de cualquier sociedad en cualquier lugar del mundo, aunque muchas veces pasen desapercibidos –ya se sabe que los grandes espejos, por más que los contengan, suelen velar a los más pequeños−: la bondad y la generosidad.

La pandemia del coronavirus nos ha impuesto una perspectiva humanista porque –más allá de las estadísticas de fallecidos e, incluso, de que sea un virus que ataca por igual a hombres y mujeres, razas y posición social; salvo en el caso de edades avanzadas con patologías previas− se han puesto en valor esas cualidades del ser humano que cobran más fuerza cuando la estructura de la vida cotidiana se tambalea: la bondad y la generosidad y, en lo que toca a la sanidad y las fuerzas de seguridad, el agradecimiento espontáneo. Cierto que siguen existiendo los grandes marcos políticos, macroeconómicos, médicos, científicos, financieros, tecnológicos, picarescos  y de comunicación y que todos deben ponerse al servicio de la solución del problema, no para su agravamiento; pero, la verdad es que todas las coordenadas de esa solución van a confluir al compromiso individual desde el espacio cotidiano.

El mapa de los afectos –escrita mucho antes de que ni siquiera se pudiera intuir una crisis semejante; lo que refuerza su valor− parte también desde una perspectiva humanista, como conviene a una autora que creció con la lectura y la práctica de la poesía; se formó en el cómic y siempre buscó la esencia de las cosas que se esconde en la palabra. Desde un pequeño pueblo en el Medio Oeste americano, salpicado de referencias a España, crea un microcosmos de individualidades que, gracias a valores como la bondad y la generosidad, unidos al deseo de luchar contra lo inexorable de la vida, el destino que se refleja en cada piedra del espacio cotidiano, se proyecta hacia lo universal.

En ese mundo también hay políticos, maldad, grandes intereses, asesinatos, manipulaciones, violencia –como en todos−; pero priman los individuales y, sobre todo, el deseo de ser mejores en un mundo más justo a partir de la conciencia de que se puede conseguir.

No es una novela de género; sino de emociones, que son las que hacen grande a la literatura. Y de afectos. Para descubrirlos hay que leerla.

Agradezco a Ana Merino la posibilidad de haber leído El mapa de los afectos en un momento de vulnerabilidad del mundo y comprender que el futuro depende de cada uno de nosotros y de nuestra capacidad para la bondad y el sacrificio. Sólo así podremos hacer de las dificultades superadas un mundo más justo. También agradezco la posibilidad de escribir sobre una novela que confirma que estamos ante una buena escritora de novela. De poesía y cuentos ya lo sabíamos.

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