Después de San Valentín, todavía por poco en el mes del amor, previo a la llegada de la primavera, reivindicamos el amor sin barreras; porque somos amor.

El amor siempre será el rincón al que acudir cuando nos sintamos perdidos, el hogar donde ir cuando todo esté bien o mal, el sentido mismo de la vida.

“Esto es una catarata, me voy quedando en todos los ojos y a todo le hallo su núcleo, su yema esencial o meritoria que me lo hace deseable”, escribió el poeta Vicente Aleixandre al pintor Gregorio Prieto, dejando de ocultar aquello tan verdadero que le llenaba el pecho. Somos amor. Y por esta razón, el amor siempre será el rincón al que acudir cuando nos sintamos perdidos, el hogar donde ir cuando todo esté bien o mal, el sentido mismo de la vida. Porque somos eso, amor. Y por naturaleza, siempre iremos hacia aquello de donde vinimos.

El amor es la nota más elevada, el propósito de nacer y también el del final. Amar es un arte, lo decía Erich Fromm, el guía de varias generaciones que dio en la diana con muchas de sus respuestas acerca del significado de amar. El psicoanalista y filósofo hace una aproximación llena de castidad -bajo mi punto de vista- cuando nos explica que “el amor no es sólo una relación personal, sino un rasgo de madurez que se manifiesta en diversas formas: amor a uno mismo, amor erótico, amor fraternal, amor filial, y, al parecer, un largo etcétera de amores.” Y como siempre es momento de analizar para entendernos, tal vez haya que señalar el estado de confusión que, con insistencia, parecemos vivir en cuanto al amor. Un estado que nos va enredando entre ideas románticas, fugaces y utilitarias del asunto. Posturas que sitúan en lo absurdo mientras nos alejan de la semilla que importa. La interpretación que Disney hizo del amor es una idea más que se ha visto muy reforzada por las grandes marcas que han decidido crear «la única verdad». Pero si nos detenemos y conseguimos ser honestos con el verdadero fruto que somos, podremos ver, con cierta claridad, que el amor diseñado no puede durar mil años, porque está carente de verdad y porque sus ausencias son vitales, de raíz, como las faltas de capacidad en la entrega, olvidos de sí o, simplemente, carencias en el núcleo. Pero si nos sacudimos todo esto ¿qué nos queda? Como no somos sino amor, siempre es tiempo de mirarlo, de sentir ese amor libre, como concepto, que tanto defendió Beltrand Russell y por el que le llamaron “indecente” en su época. Todo este amor es cuanto nos queda, es cuanto es y es aquello que siempre ha sido. Porque somos eso. Y permanecer atentos para depositarnos en esa observación que amplíe nuestra mirada, ya será el comienzo de todo proceso amoroso. Porque el amor no es un estado, y si tuviera alguno señalable, sería líquido, como la sociedad que señala Zygmunt Bauman, un amor que cambia para evolucionar desde la acción libre.

También es sabido que su ausencia es el origen de la mayoría de los problemas, y su presencia, la solución. Rusell innovó en su época y apostó  por un amor libre regalándonos la llave que nos abría a entender el verbo. El que fuera uno de los pensadores más destacados del siglo XX y que obtuviera hasta 79 nominaciones para el Nobel de la Paz, nos hizo una entrega repleta de valor y de verdad. Fueron muchos los países que se sumaron a la cuestión de analizar “el amor libre” durante el siglo XX. En Reino Unido fue un tema de discusión entre una minoría de librepensadores y feministas. En Australia también había interés por el amor libre entre la izquierda de finales del siglo XIX, y en Estados Unidos los movimientos pro amor libre anarquistas continuaron durante el comienzo del siglo veinte en los círculos bohemios de Nueva York. Japón, Francia, URSS o Alemania, experimentaron importantes movimientos sociales, especialmente empujados por lo cultural y el feminismo. La mayoría de ellos, decididos a impactar las sensibilidades de la sociedad en la que habían crecido. Querían hablar de amor y de la evolución del concepto. Y es que, en realidad, siempre es momento de vivirlo y de definirlo, porque el amor evoluciona, como lo hace la consciencia colectiva por viva. El amor, ni llega ni pasa, como nos hacen creer. El amor es y está porque es vida, somos cada uno de nosotros y, sin duda alguna, es libre. Amar de verdad es el mayor acto de libertad que podamos experimentar. Una libertad que es un arte, como señalaba Fromm, o algo que será fruto de un aprendizaje por madurez. 

Venimos a ello, a amar, a reconocernos en ello. Primero, a nosotros mismos, y luego, hacia lo otro, a lo externo que miramos como si fuera algo separado de nosotros. “El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo, el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo”, decía Fromm. Así que volvamos. Vayamos nuevamente a conectar con la pureza nuclear del humano. Traspasemos los límites de la pura moral, dejémonos arrastrar por el amor, volvamos al interior desafiando a la modernidad, cumpliendo la finalidad del universo hasta el último rincón. ¿Amor y libertad? Todo que ver, aunque muchos sigan insistiendo en separarlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *