«Los espíritus temen al enemigo vencido. El secreto que se pierde en el sabor de los frutos variados, y los versos sin rima, se arrastran como serpientes huyendo de la Gloria. Pensamientos desesperados y árboles erguidos por el placer del rechazo a los proverbios del infierno. Creación que desaparece con el dolor de la insatisfacción.  Ceguera para contemplar la musculatura que sostiene la sabiduría. Se pierden los Paraísos, los Paraísos perdidos, se perdieron”.

Con estas palabras comienza el tratado que encontró un tal Arte y Ur en un lugar desconocido, aunque podemos pensar que tomó su apellido de la ciudad donde nacieron sus antepasados, y eso nos traslada al sur de Mesopotamia.

Ur fue una antigua ciudad y, uno de los hallazgos más sorprendentes de este lugar, fue una serie de dieciséis sepulturas, llamadas las Tumbas Reales de Ur.  Destacaba la sepultura de una reina, con los cuerpos de cinco hombres armados y diez mujeres acompañadas por la magnífica Arpa de Ur, rematada con la cabeza de un toro en oro. Un carro y dos bueyes, joyas y mantos, incrustaciones, y una hermosa copa de oro. Quizá el mencionado tratado apareció entre las ruinas, aunque dada la lejanía, es más probable que todo sea fruto de un viaje imaginario en el que se atisba la necesidad que Arte y Ur tenía de rodearse de belleza.

Foto: ©juanluisgx 2020
Foto: ©juanluisgx 2020

Durante mucho tiempo, intentó descifrar el significado de las palabras encontradas, nubladas por el recuerdo y la incertidumbre entre lo real y el fruto de su imaginación. Pensó en los hemisferios creados para gestar la belleza con talento, claridad y delicadeza, pero necesitó muchos años y mucha calma para ver la luz. Tenía muy claro que no podría vivir en un mundo sin Paraísos, prestó atención al susurro misterioso de la vida y creyó en la magia hacia un mundo de sensaciones.

Estudió, meditó, reflexionó y, con minuciosidad, buscó alguna respuesta. Y, al fin, descubrió con emoción, que la filosofía del gusto por la belleza es la esencia que penetra a través del sentimiento y consigue un estado anímico repleto de sueños e ilusiones. El proceso, a partir de ese momento, tuvo para siempre una razón de ser; la música, el placer del silencio, el recuerdo amable de lo vivido, el aroma de las cosas buenas, y sobre todo el gusto por la calma que la vida requiere.

Foto: ©juanluisgx 2020
Foto: ©juanluisgx 2020

Recordando el Arpa de Ur, construyó una espléndida vihuela, rematada con la cabeza de un ángel en bronce. El roce de sus dedos con las cuerdas le resultó de lo más sugerente, y los sonidos que llegaban a sus oídos hicieron que jamás se apartase de la música. Cautivado por esta sensación, escuchó hasta la saciedad a Rachmaninov, Grieg, Shostakovich, Malher.  Rodeado de libros (y de música), leyó a los grandes y valoró, como el que más, la dificultad que encierra enredar las palabras de manera comprensible. Cada día estaba más impactado con el descubrimiento de sus sentidos, sin comprender cómo hasta esos momentos de su vida habían podido pasar tan desapercibidos. Disfrutó con las técnicas culinarias, viendo con sus propios ojos la enorme creatividad de esta disciplina; esencias, sabores, pigmentos, brillos. El color rojo de las uvas fermentadas, y los impactantes bodegones que se creaban sin esfuerzo, quedaron en su retina para siempre; más tarde los plasmó en sus primeros lienzos. Nunca los consideró naturaleza muerta.

Decidido a enterrar para siempre su indiferencia ante la belleza de las cosas, creó unas sepulturas de piedra que llamaron su atención por su forma, tamaño, rugosidad, dureza, e incluso temperatura. No tenían color, y la impresión del tacto le conmovió.

Foto: ©juanluisgx 2020
Foto: ©juanluisgx 2020

El pleno reconocimiento y desarrollo de todos los sentidos, hizo que los Paraísos empezasen a brotar en sus propias entrañas. Los regó, y poco a poco crecieron hasta límites incomprensibles. Rodeado ahora de serenidad, calma y sosiego, decidió compartir tan maravilloso descubrimiento, y repartió las semillas a manera de pequeños (y grandes) hallazgos con formas extrañas que se asemejan a unicornios, caballeros, gárgolas y dragones.

Con la visión creativa de Arte y Ur, todo lo que veía era útil. Le divertía la controversia entre lo útil y lo inútil, y durante un tiempo se rodeó de útiles inútiles, hasta que recordando las riquezas encontradas en las Tumbas Reales de Ur, decidió enterrarlos. Pensó en el impacto que causarían si eran descubiertas entre los escombros, y se decidió a añadir documentos explicativos sobre la regeneración de los Paraísos. Quizá cayeran en manos de algún incauto como él.

Ahora que ha pasado el tiempo, sabemos que Arte y Ur es escribano de afición en legajos exquisitos. La simbología que utiliza en sus creaciones llena la escena de relieves agradables al tacto; sensaciones que hacen soñar. Con un manto de colores arenosos y calientes nos hace descubrir el valor de nuestra mirada.

Con el olor de la verdad, estos recuerdos perdurarán con el paso de los años, y nos traerán a la memoria que hubo un tiempo en el que los Paraísos estaban perdidos. Gracias Arte y Ur (donde estés) por este viaje imaginario. Las semillas para las futuras generaciones permitirán seguir desarrollando el imperio de los sentidos; verdadera riqueza del ser humano. Pero debemos correr la voz, ya que no todo el mundo sabe de su existencia, y sería un fracaso para la humanidad, que algunos siguieran con la credibilidad de que todo está perdido.

 

Foto: ©juanluisgx 2020
Foto: ©juanluisgx 2020

Juan Carlos Uriarte en la actualidad posee las semillas de sus antepasados, y grita a los cuatro vientos el mensaje heredado con el único afán de mantener el canal de sabiduría a través del arte y sus evocaciones. La idea comunicativa nace con el proceso que enlaza la materia prima y la magia, abocado sin remedio, hacia un mundo de emociones.

El magnetismo de la transformación funde cuerpo y alma, como un juego abstracto que atrapa con placer la belleza de lo que fue. Valioso proceso de reciclaje que cuida la mejoría elaborando cualidades excelentes, y que al cambiar el carácter inicial consigue sin esfuerzo florecer de la nada. La satisfacción por la forma en movimiento en alguna de sus obras armoniza con una razonada sensatez que dobla, pule y suelda, mejorando el equilibrio al desprenderse la brisa que provoca el suave balanceo.

A lo largo de su realidad podemos disfrutar de numerosas creaciones encuadradas en su inconfundible estilo:

Foto: ©juanluisgx 2020
Foto: ©juanluisgx 2020

Las obras de Uriarte sugieren historias que nos permiten desplegar nuestras alas y volar hacia otras épocas o lugares deseados desde siempre, con el único afán de concluir las creaciones en la mente, adecuándolas a nuestros anhelos o necesidades de complacencia. El desarrollo de la imaginación proporciona un placer a veces desconocido, como el que surgió del recorrido inesperado por la ciudad antigua de Ur para poder describir con nitidez y admiración las andanzas de este sublime maestro, o el viaje hace tres mil trescientos años a Trundholm para describir la energía de su Carro del Sol.

En su última exposición «amecer» hace un homenaje a tiempos pasados en los que comunica con un gusto exquisito su forma de ver la vida a través de diferentes parámetros. De ahí la maravillosa palabra que da título a esta presentación, un vocablo en desuso que significa mezclar y combinar el orden de las cosas.

 

Foto: ©juanluisgx 2020
Foto: ©juanluisgx 2020

La muestra está ubicada en un tranquilo espacio de estabilidad, armonía y bienestar. El magnetismo de la belleza sobrecoge formando un vínculo lleno de trasparencias y lealtades que miran a través de arcos y ventanales. Un agradable recorrido en un hermoso lugar en plena naturaleza como es el «Centro del Clima de la Vid» (La Pola de Gordón, León) que, con sus amplias paredes y exquisita iluminación, hacen posible recrear la vista trasladándonos a diferentes épocas y así poder «amecer» con alborozo.

Foto: Belén Ordóñez Badiola
Foto: Belén Ordóñez Badiola

Esta exposición tiene lugar gracias a:

Excma. Diputación de León (ILC)

Excmo. Ayuntamiento de La Pola de Gordón (León)

Comisario de la exposición: Pablo Martínez. Galería Espacio-E.

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