Decir asombro donde otros dicen costumbre, dijo Borges, una enseñanza que Alfonso Brezmes tiene más que asimilada.

Redescubrir la vida a través del amor. Solo las palabras precisas para conmover.

Además de adiestrado fotógrafo, Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) nos ha entregado cinco libros en una trayectoria poética imbricada a la editorial Renacimiento: La noche tatuada (2013), Don de lenguas (2015), Ultramor (2017) y el más reciente, Sed (2020), además del publicado en Buenos Aires, Vicios ocultos (2019), con un buen número de lectores y cierto reconocimiento de la crítica, además del libro de artista que aúna poesía y fotografía, Postales desde el futuro (2009). La antología bilingüe Marginal Notes en la editorial Comerstone press (Universidad de Wisconsin, 2020). En resumidas cuentas, en cada libro Brezmes crea un espacio de libertad propia y reconocible, donde la escritura es una zona de búsqueda empleando la claridad expositiva, el juego de palabras y el trazo irónico: «Si escribo esto es porque no lo sé: / si lo supiese, iría justo al grano / y no perdería mi poco tiempo aquí». La óptica desde la que se mira esta realidad es la del asombro. Decir asombro donde otros dicen costumbre, dijo Borges, una enseñanza que Alfonso Brezmes tiene más que asimilada.

En el madrileño la creación es una forma de ensoñación: «Escribo porque estoy dormido / y no sé otra forma de volver». Y, en consecuencia, la mezcla de sueños y realidad en el coctel de un niño sienta «esta fascinación por lo intangible / y que la temperatura de mi vida / habría que medirla en adelante, / más que por su ardiente realidad, / por la persistencia de los sueños»; a esa fascinación por no anclarse en lo cotidiano respondía el bonaerense tanto en sus relatos como en sus poemas. Para resumir el proceso creativo de Brezmes retomamos la reseña crítica por José Luis Morante acerca de Ultramor, «la escritura por tanto no testifica, no es un ideario objetivo de percepciones sino un proceso indagatorio que concede una nueva identidad, que abre puerta al asombro y la iluminación, que deja entre las manos los signos dispersos de un bosque invisible».

Sed encierra una cuidada reflexión estructural, formando una entidad orgánica. El libro está organizado en cuatro apartados, según los puntos cardinales. Todos se abren con unos versos del autor en letra cursiva, un guiño al lector que ya pusiera en práctica en La noche tatuada. Cada apartado consta de catorce composiciones, bien cohesionados por Brezmes, cuya extensión no sobrepasa la página salvo en contadas ocasiones, lo que cabría ver como rasgo distintivo: la concentración y la esencialidad del lenguaje. La estructura interna de los poemas obedece a una idea felizmente organizada, siendo frecuente que el poema aparezca dispuesto entre una y tres estrofas exceptuando dos casos. El ritmo mantenido es constante, el tono y el tema están felizmente compenetrados a lo largo de las páginas. A medida que el lector se deje conducir por esas coordenadas, tal vez se sienta un tanto desorientado, debido a la desazón del deseo.

Como puede verse al inicio y se aclara en la página final consagrada a las dedicatorias, Sed está dedicado a su hija Marta. Tras el horizonte literario de este libro se ocultan Jorge Luis Borges, Miguel d´Ors o Luis Alberto de Cuenca. Como ellos, el escritor madrileño concibe un espacio meditativo tras el desgaste de lo cotidiano que venga a ser el deseo renovado por vivir y amar. En ese proceso de búsqueda, recibimos, los lectores, el culebreo del sujeto poético, quien se presenta extraviado y, como siempre, expuesto: «Dejé mi corazón en cualquier parte / y ahora voy por el mundo / –ya lo veis– a pecho descubierto». A partir de anécdotas o claves íntimas, el poema supera el tono confesional trascendiendo el curso de los días gracias al empleo de palabras que connotan otras realidades, con las que los lectores llegamos a identificarnos. Entonces, se destila la alquimia de la poesía.

La mayor prueba de nuestra existencia no cabe duda de que se encuentra en la capacidad amatoria. Recordemos cómo Brezmes se alejaba del tópico en Don de lenguas: «Te amo / como aman las cigüeñas / a las viejas catedrales: / fieles aves que regresan / al milagro de sus nidos, / sin una pizca de fe». En Sed este desplazarse del yo al nosotros destila temor e incertidumbre en el poema «El canto de Ulises»: «Como quien teme y desea un incendio, / así he pronunciado tu nombre». En la persistencia pone en la balanza la sed y el dolor: «Dos cosas aprendí de mi sed: / que se parece mucho al dolor / y que no se separaría de mí». La distancia del dolor es motivo de la analogía entre la ceguera y el amor en el poema «Miopía»: «No hay mayor amor que el que nos ciega». Esa luz se convierte en pura ironía: «Ahora ya podemos mirar: / vivir fue solo esta fotografía». El juego de tensiones afecta al fluir temporal, ya que la existencia es finita y lo que es posible se prolonga o, lo que es lo mismo, en el conflicto cernudiano entre la realidad y el deseo tiene lugar en uno de los grandes poemas de este libro, «Ciruelas maduras». El resultado se advierte en la sentencia concluyente del poema «Un deseo»: «No lo olvides: / de todos los lugares del futuro, / el deseo elige siempre el más lejano».

Si el pulso del amor es el eje de los poemas, los latidos resuenan en la capacidad metalingüística y metapoética de varios de ellos. Ese afán por apresar el anhelo llevó a D´Ors a domesticar lo cotidiano, a vencer el curso de los días estoicamente aplicando el sentido irónico; a extrañar la costumbre y proyectarla en imágenes laberínticas en Borges. Una poética, en el caso de Alfonso Brezmes, que busca redescubrir la vida a través del amor. El sentido del desgaste de los días está presente en su misma poética, donde cobra espacio lo callado, lo no dicho pero sugerido: «Ayer había aquí un poema, / pero ahora ya no está: / en su lugar está su ausencia». En el uso del neologismo se comprueba que no hace falta gritar sino evocar: «El arte de escribir no es difícil: / lo difícil es decir las palabras / sin aullarlas». El poema se crea como un artefacto depurado: solo las palabras precisas para conmover. El sujeto es sabedor del poder genésico del lenguaje, pero también de su inefabilidad, porque no conoce el dolor: «hay algo roto en las palabras». En el poema «Así la poesía» el elemento de perplejidad queda evidenciado en el entendimiento de la poesía de Brezmes: «O, mejor aún, un no-lugar / al que no poder volver / sin un ligero escalofrío». En aras de crear ese espacio de comunicación de mayor libertad con el lector, se despega de lo escrito y lo incita «a seguir estas palabras sin dueño». Ese acercamiento es invocado genialmente en el poema «Punto de encuentro». Sin embargo, al acercarse a la verdad de la poesía, a su inmensa fragilidad, nos advierte con un guiño irónico: «Tal vez Platón acertase / y la poesía, como la verdad, / sean tan solo una sombra».

Hay un elemento llamativo en la poética de Brezmes para llegar al meollo: el distanciamiento. En uno de los poemas de Vicios ocultos podía leerse «No tapar la grieta, rodearla; / descender por ella, explorar / los bordes del misterio». En Sed, en cambio, la barrera entre lo sucedido y el porvenir es eliminada, por lo que los conceptos del tiempo, la herida y el amor son difuminados. «Todo requiere perspectiva / –me digo, al ver cómo te alejas–; / todo lo que se va, vuelve de nuevo», escribe en «Geografía de la sed». El apartamiento de la superficie posibilita perforar la capa de la herida, como se deduce de la lectura de poemas como «Mi vida» o «La apuesta». Acaso el anhelo encuentra su correspondencia en dos planos temporales distintos: lo que se ha deseado y lo que se desea. Lo que se ha deseado tiene un barniz de irrealidad, como si el deseo estuviese todavía en bruto, intacto: «Cuándo entenderás de una vez / que, si no estoy ahora a tu lado, / es porque todavía no existes». Asimismo, afecta a que la duplicidad quede reflejada ya desde los mismos títulos: «Arriba y abajo», «Ida y vuelta», entre otros. En algunos versos el plano de la perspectiva se transmuta, pero el recuerdo siempre tiende a volver: «Al horizonte no se va; / del horizonte se vuelve. / Somos nosotros los que nos alejamos». En estos poemas el lenguaje adquiere la forma sentenciosa, rayando en el aforismo: «Toda belleza es ajena. // Los paisajes entran en nosotros / cuando salimos de ellos». Queda claro que lo peor es anular todo sentimiento: «Lo que mata de la sed no es el sentirla, / lo que mata, amor, es no sentir la sed».

Entre la caída y la exaltación, lo que fertiliza y emerge, bascula en el poema «El sonido de la felicidad», que se muestra como uno de los mejores, donde se recoge el deslumbramiento que nos causa la perplejidad, presentándose allí los distintos rasgos de la poética de la fragilidad de lo cotidiano: «Un día soñé el sonido de la felicidad. / Pero de eso hace ahora tanto tiempo / que podría escribir mil poemas». La felicidad corresponde al instante pasado, por eso mismo apenas se intuye. Las composiciones muestran un alto grado de exigencia creativa, paralelamente, al afán de existir. Algunos poemas existenciales, elocuentemente reflexivos, se nos muestran desoladores, tales como «Poema incompleto», «Equipaje», «Cuando yo no estoy» e incluso en «Descartes», donde tras una enumeración de negativas, se pregunta: «Si al menos lo supiera antes de morirme: / qué pinto yo aquí, en esta maravilla». Sin embargo, el doble plano temporal no impide que la comunicación vuelva a darse, aunque también el sentido nos lleve a leerlo en clave metapoética: «Yo te hablo desde el pasado / y tú me lees en el futuro: / dos lugares por suerte inexistentes».

Todas estas reflexiones, en suma, aparecen desplegadas en palabras concentradas cuya expresión busca el doble sentido a través de paradojas que enriquecen el texto, llevando a los lectores a un universo fácilmente identificado a poco que miren adentro. En Sed Alfonso Brezmes ha vuelto a lograr que la poesía surja en esta entrega de composiciones conmovedoras que el lector habrá de degustar sin prisas, en cada página, como si fuese fruto de una ensoñación, un acto necesario que nos empuja a no saciarnos.

 

GEOGRAFÍA DE LA SED 

El agujero en el mapa
permite soñar su ausencia;
la estela del barco en el agua
deja imaginar otros barcos;
el mar, en mí, no es el mar,
sino la suma de todos los mares
que ya he contemplado antes. 

Todo requiere perspectiva
-me digo, al ver cómo te alejas-;
todo lo que se va, vuelve de nuevo.

El mundo no es redondo por azar.

 

IN NOMINE NOMINIS 

Decir corteza es un milagro
no menor que la corteza
que preserva del árbol la ternura;
yo mismo soy peor
que si solo digo yo y me resumo. 

El poder de un nombre es su memoria,
igual que el del espejo es su olvido.
Mas hay algo roto en las palabras:
no saben cómo podrían saberlo–
si el rostro de la mujer que amo
se parece a un zorro o a una ardilla;
ignoran el gemido de la seda
al caer al suelo su vestido;
contienen todas las letras de la ausencia,
pero solo de oídas conocen su dolor. 

 

DOS COSAS SÉ DE MI SED

Dos cosas aprendí de mi sed:
que se parece mucho al dolor
y que no se separaría de mí
–mi semejante, mi sombra, mi perro–
ni por toda el agua del mundo.

Alfonso Brezmes

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