Que llueva siempre.  Luis Miguel Rabanal. Ed. Huerga y Fierro. Precio: 12 €.
Que llueva siempre. Luis Miguel Rabanal.
Ed. Huerga y Fierro. Precio: 12 €.

Además de un testimonio sobrecogedor, este poemario supone un punto y aparte. La clausura de un lugar al que no volver.

Algo inaugural: una nueva forma de ver las cosas, una vez cerrada la puerta, saldadas todas las cuentas, al pasado mitificado desde la vivencia del dolor. 

En el año 2015, Luis Miguel Rabanal editó en Renacimiento unas obtras completas que, bajo el título de Este cuento se ha acabado, recogía sus veintidós libros hasta ese momento publicados. Ofrecía así al lector el corpus de una amplia obra que, más allá de su evolución interior, permitía percibir su gravitación alrededor de un momento concreto de la existencia del poeta, que no vamos a eludir porque ni él ni sus textos lo hacen: el desgraciado accidente que le produjo una parálisis progresiva hasta convertirlo en un ser atado a la dependencia. Hay un escritor distinto, como no podía ser de otro modo, antes y después de aquel hecho.

El poeta de Obdulia y de Olleir, el de los caminos que se pierden en el monte o desembocan en el río, el de la infancia de balones y niñas contempladas con devoción y distancia, ese poeta que leíamos en nuestra formación como poetas como a un René Char leonés, atrevido y clásico a la vez, ese pasó a la historia ya hace tiempo, convirtiéndose en otro que se conduele del deterioro y añora, en la voz de un cuerpo lacerado por la mala fortuna, en una sensibilidad inmóvil y presciente, algo así como un brujo o chamán de la tribu, investido de la autoridad que otorga escribir únicamente con palabras que queman. Adelgazando, afilando su mirada, clavando sus garras en la propia carne, volviéndose solo voz: un cuerpo que desaparecía al ritmo de su sacrificio, inmolado en la hoguera ―que no altar― de las palabras, sin evitar ni hacer protagonista al propio dolor postrado. Contándonos con naturalidad una metamorfosis tan súbita como la de Gregorio Samsa, no menos kafkiana, aquella que lo transformó en un hombre junto a un límite.

Afortunadamente, tras aquel libro, que desde su cubierta parecía indicarnos que la escritura se había acabado, Luis Miguel Rabanal ha dado a la imprenta tres títulos más, que conforman una especie de trilogía del adiós a la poesía. Bajo el marbete de Postrimerías, se compone de Los poemas de Horacio E. Cluck, Matar el tiempo y el recién aparecido Que llueva siempre, que le pone fin a un ciclo compuesto de poemas que el propio autor considera para pasar desapercibido, poemas para nada.

En consonancia, anuncia Luis Miguel Rabanal que este es su último libro de poemas: quizá haya percibido que está agotada la veta de la que ha venido extrayendo hasta ahora sus versos. Desde luego, en este libro se saldan cuentas no sólo con lo que pudo ser y no fue sino con todo el pasado. La despedida se hace presente en los poemas: se nos presenta a Obdulia sin su azul (Anita o Angelines son algunos de sus nombres), se enuncia el cansancio de olvidarse mientras se aspira a pronunciar algún día «palabras felices», la memoria se descompone minuciosamente en los diversos «grumos del olvido» que todavía siguen vivos, alentando instantes de melancolía. Puede que este poemario con vocación de despedida sea uno de los libros más duros de un autor que nunca se ha andado con chiquitas a la hora de aplicarse a sí mismo el escalpelo de la ironía y el microscopio de la impiedad.

Con estos mimbres, sumados a la declaración tan contundente del poeta, resultará extraño que a uno le parezca ver precisamente en estos poemas de postrimerías una nueva etapa que se abre en la poesía de Rabanal. Estos tres últimos libros me hacen pensar en un acontecimiento casi tan importante como lo fue para su escritura y su vida el accidente que sufrió. Hay algo nuevo por venir. Y no será la muerte literaria, sino una nueva modulación tras el adiós a todo eso que hasta ahora ha nutrido sus versos que escenifica este volumen en toda su crudeza descriptiva.

La crítica ha resaltado algo que no pasa desapercibido a cualquier buen lector: que el autor no utiliza en Que llueva siempre la primera persona, se diluye en la tercera sobre todo, uno piensa que acaso ya esté viéndose como desde fuera, diciéndonos que es consciente, además de «sufriente», de una muerte en vida. No creo que sea distanciamiento, sino visión extracorpórea, un desdoblamiento de la conciencia propia y ajena que le obliga a presentar al poeta sobreviviente como a un ser póstumo.

Además de un testimonio sobrecogedor, este poemario supone un punto y aparte. La clausura de un lugar al que no volver. Algo inaugural: una nueva forma de ver las cosas, una vez cerrada la puerta, saldadas todas las cuentas, al pasado mitificado desde la vivencia del dolor.

 

 

Un hombre que dice adiós
A nadie le convence su rostro estropeado
por las brumas agoreras del último invierno.
Nadie conversa con él de las muchachas desvestidas
y de los libros sin un porqué discernible.
Es el apestado que sobrevive a su propia
y profunda mala suerte.

No hay otro procedimiento que verle llorar
cuando se esconde
al paso del amigo, después frota sus ojos
y sobrevendrá la noche.
Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor,
con solo hacer burla de sus piernas que no existen
tampoco o con susurrarle al oído un nombre de niño
sofocado, y ya estaría en nuestro poder su vida.
Es el enfermo que sonríe pues algo macera su corazón
y lo extenúa, lo mismo que una contienda exagerada
con el desangelado dragón de la memoria.
Si pudiese ofrecernos su explicación nos hablaría
de países que limitan al norte
con su sangre, de la Tejera
y Ceide, de los muertos que se le han adelantado
en ese tranvía casi fantasma que toman los adivinos
para mejor destruirlo todo cuando vienen.

No grita su pesar, únicamente dice adiós
a quien merodea su desidia,
se levanta entre pausas y murmura
un nombre: M. bañado en lágrimas.
Sin embargo no desea nada, ni el abandono
que es justo y acertado buscar al final de un viaje,
ni los labios más rojos que el amor ha dibujado
una tarde para él, sin vergüenza y sin el inmundo
oficio de los cuerpos.

Es el personaje que tose desde su silla
ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío.
Nos ha mirado con pena y nos señala
por casualidad las flores.

 

Aléjate del fuego
Sin ninguna piedad, como se desviste
al enfermo y es amarga la sed y tiene color
su boca de inminente y trágico peligro,
así rememorarías aquellos años de jugar tú solo
al borde del fangal, al borde de una imagen
con hogueras y humo azul para las lágrimas.
Debiste proteger mejor tu cuerpo entonces.
Hoy ya es tarde para deambular a ciegas
los lugares que dispuso la rutina ante tus ojos.
Mírate si no, esta edad no puede ser la tuya,
ni el amigo que ayer asesinaron, tan poca cosa,
y que nunca más verás no siendo en tu corazón,
cuando lo sueñes, y sea una batalla
sin sangre tu corazón de niño turbio.
Como si todo hubiera terminado,
ahora que comienzas a recordar su nombre
y no hay razón para haberlo escrito en los tabiques.
De aquel tiempo te queda una tormenta
que pasó y pasó y borró las nubes.

  

Con alguna desidia
Nada sabíamos, de aquella, de la vida.
Es cierto que casi habíamos llegado al final
sin pestañas de la noche, que soñábamos
jugar el último partido de la niñez escasamente
con los mismos defensas,
y que en el bosque ni siquiera hubo
hombres con los sacos nutridos de muchachos.
La vida era otra cosa y apetecía encararla
desnuda, violenta o agotada, quitándose el vestido,
y muy cerca de nosotros oler su piel
como si nos perteneciese, aún, un poco.
Con alguna desidia rasgamos hoy el pacto
aborrecible que quisimos tachar antes,
cuando el tiempo era el lunático
que nos tiraba piedras y el amor una chica
sin nombre ni estatura en un día de sol
de agosto, desamparada en la nieve.
Ya las horas aturden y nos contempla el niño,
el vástago más tierno, quien ha olvidado su propia
sinrazón en una calle probablemente triste. 

Luis Miguel Rabanal

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