Un sí menor José Mateos
Editorial Pre-Textos Precio: 13 €

En la religiosidad antigua, había un nombre secreto de las cosas cuyo conocimiento estaba puesto bajo salvaguarda de un reducido número de personas igual que si tratase de un tesoro. Era el apelativo sagrado, cuyo conocimiento daba poder sobre lo nombrado, recordemos por ejemplo el nombre secreto de Roma, que nunca se ha llegado a saber, puesto que poseerlo abriría de par en par las puertas de la urbe a quien quisiera conquistarla. Por ese motivo, el pueblo del Lazio comenzaba sus asedios bélicos invocando los apodos de todos los dioses conocidos por si alguno era el de la ciudad que se proponía asaltar.

Algo de ese pensamiento mágico late en uno de los primeros poemas de este Un sí menor del poeta jerezano José Mateos, un libro breve pero mayor en su trayectoria. Nos dice en «Principio»: «Palabra / que me pronuncias desde antes / de mis palabras, // todo se hará silencio / si consigo nombrarte». Uno cree apreciar ahí el mismo latido espiritual del mundo antiguo: el choque con la palabra hallada remite al oasis del silencio pretendido, la paz a la que aspira el buscador y poeta, un llegar «al silencio de donde nace el poema», a la fuente o aguazón primero. En sus ensayos, como Soliloquios y divinanzas o Un mundo en miniatura, Mateos se había mostrado anteriormente como un pensador inquieto por la ausencia de espiritualidad de nuestro tiempo. Se trata de una preocupación en que le acompañan otros poetas, como Antonio Colinas, José Luis Puerto o Vicente Gallego, por citar a algunos.

Puesto bajo la invocación de una cita de San Juan de la Cruz, el patrono de los poetas españoles, perteneciente a Subida al Monte Carmelo, se abre el poemario: «No a lo más, sino a lo menos». Es una propuesta de desnudez y desapego terrenal la del carmelita descalzo tanto como de impotencia, pues, como remataba el de Fontiveros, «el que por ello pasa lo sabrá sentir, más no decir». O, como escribe José Mateos: «palabras que son sólo palabras». Imposibilidad del nombre exacto de las cosas. En Soliloquios había escrito: «Gracias al silencio existe la música. Gracias a aquello que nunca puedo expresar, puedo expresarme».

Algo hay de peregrinación al origen del canto también en el aspecto formal. Abundan ―igual que en sus últimos poemarios― versos de ritmo par y estrofas de arte menor, romances, unas soleares, estructuras que parecen remitir a una reviviscencia neopopular. Y decimos que lo parece nada más, porque la hondura conceptual en algunas composiciones, o el impresionismo en otras, niegan ese impulso por debajo de lo epidérmico o aparente. Es la suya una poesía que avanza a contracorriente de la contemporaneidad también en esto.  

El sí de José Mateos es menor porque está matizado, es incompleto, duda, un poco como ese álamo que en uno de sus poemas parece alzarse firme pero cuyas hojas tiemblan ante la presencia de cualquier viento. Porque aspira a que el pasar por la existencia sea tan leve como el de unas nubes peregrinas. Su «no mayor» es al miedo, al ruido, a todo aquello que nos aparta de lo espiritual, de «la parte sensitiva del alma». Lo que hay no es suficiente: somos seres que aspiramos a algo más que la materia, lo que el mundo ofrece a través de los sentidos no es bastante, corremos el peligro de transformarnos en «almas que vagan como si no existieran». El poeta nada más lo canta, sin proselitismos. En Un año en la otra vida, un diario donde el dolor y la alegría se daban la mano, como en este poemario, el autor nos entregaba la clave de su poética: «Quizás la tarea de un escritor no consista en otra cosa que en hacer silencio alrededor de quien lo lee».

En la primera parte de las tres de que consta el libro, tiempo y naturaleza, la emoción de lo que encontramos y nos dona mucho más que su simple presencia, lo que hay ahí fuera. En la segunda, el yo y la existencia, el pensamiento sobre el mundo, el hombre que medita con gravedad y hondura sobre «el ser para la muerte» heideggeriano y sobre las verdades difíciles que se nos rompen entre las manos, las que no alcanzan, las que se pierden. La tercera parte poetiza la enfermedad y pérdida de la madre, dialoga con la hermana muerte, que no consigue que el yo poemático maldiga los dones de la vida.

Un sí menor se mueve entre el asombro y la pregunta que no espera respuesta, asomándose a un límite: el de desaparecer en el poema para que el poema ocurra y sea («para que nada del todo / desaparezca conmigo»). Nos invita a acariciar la oscuridad.

 

 

 

El álamo
Duro, quieto, indiferente
al río y la muerte. 

Asceta de la ribera,
te desmienten
tus hojas que tiemblan. 

8 / 18
Sentado al pie de tu cama
me puse a reflexionar
en la frontera indecible
que es siempre la enfermedad.

Era de noche. Tu mano
se iba hundiendo en alta mar.
Yo estaba allí como en sueños.
No la podía alcanzar.

 

12 / 18
Todo termina así:

                                 unos destellos
de memoria que caen hacia lo hondo
y el cuerpo como un traje envejecido
que casi da vergüenza.

No insistas, corazón,
                               inútilmente:
nunca
maldeciré la vida.

José Mateos

 

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