El hijo culebra. Ángela Álvarez Sáez. InLimbo. Precio: 13 €.
El hijo culebra. Ángela Álvarez Sáez.
InLimbo. Precio: 13 €.

Existir es adentrarse en las aguas de lo desconocido. El acto creativo va a la raíz, al núcleo mismo de la existencia.

La escritura muestra la propia identidad y la poesía se convierte, entonces, en hogar.

Tras una decena de libros de poemas publicados, algunos de ellos logrados con importantes premios (La torre de las tortugas, La estación de las moras, Libro de la nieve, La tierra frágil o Palabra vegetal), Ángela Álvarez Sáez (Madrid, 1981) vuelve a emocionar con su talento en El hijo culebra, que inaugura la nueva colección de poesía, InLimbo, coordinada por la escritora manchega, Ana Martínez Castillo.

El hijo culebra es una obra polimórfica con distintas voces y estilos expresa el desasosiego que conlleva la maternidad inducida. El discurso poético de Álvarez Sáez es suculento y experimentador al mismo tiempo.

La estructura de este libro no se parece en nada a los anteriores, como ella mismo afirmaba en una entrevista, «si no cambio la forma de escribir, me aburro». Nueve capítulos conforman el encuentro entre la madre y el hijo, aunque no sean estos los únicos protagonistas, las únicas voces que discurren por este canto de la existencia. El lector advertirá la heterogeneidad de materiales, el acarreo de las orillas de la narración y de la poesía, pero también del contrato y del diario. El aparato textual se suma como un añadido significativo en el entendimiento de este libro: cada capítulo se inicia con una cita que cuadra el círculo de la creación.

Ya en el primer capítulo se muestra la visión experimentadora de Álvarez Sáez, una composición, que nos pone en contexto: «no hay carne ni cuerpo / en este poema. Sólo un río / que nace de mamá y nos desborda. / Sólo la oscuridad». Al que le sigue un contrato de maternidad subrogada.

El asombro se proyecta en el segundo capítulo en forma de diario. Álvarez Sáez crea imágenes donde la voz siente, escucha y padece, pero también sueña y recuerda, vivir, al fin y al cabo. La poesía se encarga de reconstruir o de imaginar un escenario probable a fuerza de ricas imágenes líricas: «Ha echado flores la placenta vacía. Miro cómo eclosiona en el silencio hacia la lentitud. Miro el patio. Resuena la lluvia en los balcones. Aunque no llueve. Y yo no tengo hijo».

«Poemas deformes» traza líneas en los vértices del padre, de la madre y del hijo. En distintas muestras de esta sección podría determinarse el interés que palpita este libro. Interés que se efectúa cuando la poeta madrileña integra el motivo del propio hecho poético. Así, en un diálogo entre el hijo y la madre leemos: «No escribas más poemas sobre el abandono. / No escribas. No me abandones. / No escribas». Como si, al escribir sobre un elemento, se terminase creando, porque a ojos de un niño o de un provocador, la poesía tiene una intensa capacidad genésica. Interés que palpita uno de los requisitos indispensables de la auténtica poesía, el temblor, en algún caso de índole becqueriano: «Y yo, expuesta, / me duermo como un himno gigante»; o en forma de analogía de la otredad borgiana: «Estoy al otro lado mirándome».

En la parte central del libro, dos capítulos dedicados a la madre. El IV está compuesto por concisos textos en prosa, formados por oraciones que, raudas, impactan en las emociones. El proceso de inseminación, la infertilidad, el sufrimiento, la esterilización, el contrato, todo ello se recoge en estas composiciones. La elipsis del sujeto nos retrotrae a momentos de derrumbe: «No hay salvación. No hay hijo». Y en otro, a la propia poesía: «Estoy atrapada en una oscuridad de manos y cuerpos. Los poemas que surgen son deformes. Yo soy el poema deforme». En el V el terreno inexplorado es transitado por la madre como si fuera una vía ancestral: «Por la noche saltan los perros / la cancela. Buscan alimento. / Yo me ofrezco, pero me rechazan. / Husmean. Babean sobre mi cuerpo. / Bajan al río y vuelven / con algo a lo que cuidar».

En las secciones VI y VII cambia la voz, parece más íntima si cabe. Ahora es el hijo. En «El hijo», un texto en un único párrafo, responde con un lenguaje más propio de la criatura a unas necesidades básicas. Sin embargo, rescato algunas expresiones, que muestran el propio misterio de la poesía. La autora como una incomprendida ante su propia obra: «Devoro. Soy un monstruo comiéndome la vida de mis padres. […] Me desintegro en poemas. […] Papá, dices que no entiendes mis poemas. Quiero una prosa clara. Quiero escribir sin machetes. Pero escribo el poema que no buscaba». Así, continúa en la siguiente, va mucho más allá del manido tópico del hijo-poema: «¿Dónde termina la palabra y empieza el poema? / ¿dónde terminas tú y empieza mamá?». Dos imágenes visuales e insondables se corresponden: si en un poema, «Mamá es esa grieta»; en otro, «cuando muera yo seré el giro».

En el intercambio de palabras entre el hijo y la madre en la octava sección, constituida por un breve diálogo en el que el hijo-poema llega la incomprensión de su propia forma, y la madre responde: «Hijo, tu eres el río y la culebra». Y tratando de hallar el significado, el hijo responde: «Mamá, entonces el poema es desarraigo».

Llegamos al capítulo final, con un único poema en forma de monólogo, donde el tono ha cambiado, tiñéndose de oscuridad y consternación. La voz conduce al escalofrío: «No hay luz en este poema». Las metáforas y las imágenes visuales se tornan en negrura: «Las palabras son linternas ciegas». Entre medias, la duda existencial sobre la muerte y la capacidad de quien sobrevive. La expresión se acorta y el significado se adensa antes de llegar a una conclusión terrible, cuya última página reproduzco: 

¿A dónde iremos cuando seamos tierra?

Acaso habrá salvación.

Habito el cuerpo de mis hijos.

Habito el cuerpo de mis hijos.

Habito la costra del padre.

El poema viene y no nos salva.

 

El hijo culebra, un libro de estructura compleja que encierra un gran disfrute en el tránsito del vaivén emocional, en el hecho incierto que provoca, siempre y tan desmedido, la creación.

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